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El Sr. Stangerson se levantó, y, colocándose á cincuenta centímetros de la puerta del Cuarto amarillo dijo con voz insegura, con voz que calificaré de muerta. -Estaba aquí. A eso de las once, después de haber procedido, en los hornillos del laboratorio, á un corto experimento de química había corrido mi mesa de trabajo hasta aquí, pues el tío Santiago, que empleó la velada en limpiar algunos de mis aparatos, necesitaba todo el sitio que había detrás de mí. Mi hija trabajaba en la misma mesa que yo. Cuando se levantó, después de haberme dado un beso y de haberse despedido del tío Santiago, tuvo, para entrar en su cuarto, que deslizarse con cierta dificultad entre mi mesa y la puerta. Esto le dice á usted que yo estaba muy cerca del sitio en que iba á cometerse el crimen. -Y esa mesa- -interrumpí yo, tomando parte en la conversación con lo cual obedecía á los deseos de mi jefe... -esa mesa, no bien oyó usted, Sr. Stangerson, gritar: ¡Que me matan! y cuando sonaron los tiros de revólver... esa mesa, ¿qué fue de ella? El tío Santiago contestó: -La echamos contra la pared, aquí, casi en el sitio que ocupa ahora, con objeto de poder precipitarnos fácilmente sobre la puerta, señor actuario... Seguí mi razonamiento, al que, por cierto, sólo concedía valor de débil hipótesis: Tan cerca del cuarto estaba la mesa, que un hombre que saliera encorvado del cuarto y se deslizara bajo dicha mesa hubiera podido pasar inadvertido... -Olvidan ustedes una vez más- -interrumpió el Sr. Stangerson con marcado cansancio- -que mi hija había cerrado su puerta con llave y cerrojo, que la puerta quedó cerrada que estuvimos luchando contra esa puerta desde que comenzó el asesinato, que estábamos forcejeando para abrirla mientras continuaba la lucha del asesino y de mi pobre hija, qué aun llegaban á nosotros los ruidos de dicha lucha y que oíamos la jadeante respiración baj. o el apretón de los dedos cuya señal se ve aún en su cuello Por rápido que haya sido el ataque, tan rápidos como él hemos sido, y en seguida estuvimos detrás de esa puerta que nos separaba del drama. Me levanté y me fui á la puerta, examinándola con sumo esmero. Después volví á mi sitio descorazonado. -Imaginen- dije- -que el cuarterón inferior de esa puerta haya podido ser abierto sin tener por ello que abrir la puerta y quedaría resuelto el problema... Pero, por desgracia, esta hipótesis es inadmisible después de examinada la puerta, pues se trata de una resistente puerta de roble, hecha de tal manera que constituye un todo inseparable... A pesar de los destrozos que ha sufrido, se ve claramente lo que digo. ¡Ya lo creo! -exclamó el tío Santiago. -Como que es una antigua y fortísima puerta del castillo... una puerta como ya no se hacen hoy. Hemos necesitado esta barra de hierro para forzarla, entre cuatro que éramos, pues la portera ayudó como una valiente, señor juez. No puedo hacerme á ver presos á esos infelices... N No bien hubo pronunciado el tío Santiago esta frase de piedad y de protesta, cuando de nuevo dieron rienda suelta los porteros á sus lloriqueos y á sus quejas; nunca he visto acusados tan llorones; la verdad, me daban asco (i) Aun admitiendo su inocencia, no comprendía que dos seres pudieran hasta ese punto carecer de carácter ante la desgracia. Una actitud resuelta vale más, en semejantes momentos, que todas las lágrimas y todas las desesperaciones, las cuales, las más de las veces, son fingidas é hipócritas. ¡Repito que basta de jeramiadas! -exclamó el señor de Marquet, -y dígannos, en su interés, qué hacían ustedes bajo las ventanas del pabellón en momentos en que intentaban asesinar á su ama. Pues estaban ustedes cerquita del pabellón cuando el tío Santiago les encontró... ¡Veníamos en socorro de la señorita! -gimió la pareja. Y la- mujer, entre sollozos, dijo: ¡Si tuviéramos entre las manos al asesino, ya sabríamos despacharlo... Y nos fue imposible sacar de ellos dos frases sensatas seguidas. Siguieron negando con obstinación, jurando por Dios Textual. y por los santos que estaban acostados cuando oyeron el primer tiro de revólver. -Mienten ustedes, pues son dos los tiros disparados. De haber oído uno, debieron de oir el otro. ¡Sólo oímos uno, el segundo, señor juez! Dormíamos aún cuando tiraron el primero. -Dos fueron los disparos, no hay duda en eso- -afirmó el tío Santiago. -Todos los cartuchos de mi revólver estaban in- tactos; hemos encontrado des cartuchos quemados, dos balas, y oído dos tiros detrás de la puerta. ¿No es así, Sr. Stangefson? -Sí, dos tiros: uno sordo y el otro muy sonoro. ¿Por qué seguir mintiendo? -exclamó el señor de Marquet volviéndose hacia los porteros. -Todo prueba que estaban ustedes fuera, cerca del pabellón, en el momento del drama. ¿Qué hacían ustedes allí? ¿No quieren decirlo? Su silencio prueba su complicidad. Y yo- -dijo volviéndo se liada et Sr. Stangerson- -no puedo explicarme la huida del asesino más que por la ayuda de estos dos cómplices. Una vez forzada la puerta, mientras usted, Sr. Stangerson, se ocupaba de su desgraciada hija, el portero y su mujer facilitaban la huida del miserable, que detrás de ellos se ocultó, llegó hasta la ventana del vestíbulo y de ahí saltó al parque. El portero volvió á cerrar la ventana y contraventanas. Porque, en fin, esas contraventanas no se han cerrado solas... Este es mi parecer; si á alguien: se le ocurre otra cosa, que lo diga El Sr. Stangerson intervino: -Eso es imposible. Ño creo en la culpabilidad ni en la complicidad de mis porteros, aunque no comprendo qué hacían en el parque á esas horas. Digo es imposible porque la portera tenía la lámpara en la mano y no se movió del umbral del cuarto; porque yo, una vez forzada la puerta, me arrodillé cerca del cuerpo de mi hija, y era imposible salir ó entrar en aquel cuarto sin pasar por encima del cuerpo de mi hija y sin atrepellarme á mí Es imposible, porque el tío Santiago y el portero acudieron en seguida á mirar bajo 12