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-No sé quiénes son ustedes, ustedes que me han dicho: cudriñados con esmero. No habíamos descubierto nada. No Ahora tendremos que comer carne del matadero Pero si había nada que descubrir. El señor de Marquet parecía estar en algo les interesa lo que voy á decir, allá va: ese que acaba muy contento, y no cesaba de repetir: de salir, ese es el asesino. ¡Qué asunto, señor maestro de obras, que asunto! ¡Ya Dicho esto, el lío Mateo nos dejó. Pepe se fue al hogar, verá usted cómo no conseguimos saber cómo salió del cuarto el asesino! y dijo: De repente, el señor de Marquet recordó que su deber era- -Ahora vamos a asar el biftec. ¿Qué tal le parece la sidra? tratar de comprender, y llamó al sargento de la guardia civil. Un poco fuerte, como á mí me gusta. Aquel día ya no vimos más al tío Mateo, y reinaba gran- -Sargento- -le dijo, -sírvase ir al castillo y pida al señor silencio en la posada cuando salimos de ella, después de dejar Stangerson y al Sr. Darzac que vengan al laboratorio, así cinco francos sobre la mesa, como pago de nuestro festín. como al tío Santiago, y mande usted á dos guardias que En seguida me hizo andar Pepe cerca de una legua alrede- traigan aquí á los porteros. dor de la finca del profesor 5 tangerson. Se detuvo diez minuCinco minutos después, todas esas personas estaban reunitos á orillas de un camino todo negro de hollín, al lado de las das en el laboratorio. El jefe de Seguridad, que acababa de covachas de carboneros que hay en la parte de la selva de llegar al castillo, se juntó á nosotros. Estaba yo sentado ante santa Genoveva, fronteriza al camino que va de Epinay á la mesa del Sr. Stangerson, dispuesto á escribir, cuando el seCorbeil, y me confió que ciertamente había pasado por allí ñor de Marquet nos dijo este discursito, tan original como el asesino, en vista del estado del calzado tosco antes de inesperado: penetrar en la finca y de ir á esconderse en la espesura. -Si les parece á ustedes bien, señores, puesto que nada- ¿No cree usted que esté complicado el guarda en el asun- práctico dan los interrogatorios jvamos á abandonar, por to? -interrumpí. una vez, el antiguo sistema de los interrogatorios. No les haré- -Más larde lo veremos; por ahora no me interesa lo que venir á mi presencia uno después de otro, no. Vamos á queel posadero ha dicho de ese hombre. Ha hablado así impulsa- darnos todos aquí: el Sr. Stangerson, D. Roberto Darzac, el do por su odio. No es por el hombre verde por lo que le tío Santiago, los dos porteros, el señor jefe de Seguridad, el señor actuario y yo... Todos estaremos con un solo fin, para he llevado á usted á esa posada. Dicho esto, Rotiletabille, con grandes precauciones, se des- conversar y ver de dar con la verdad; los porteros tendrán á lizó, siguiéndole yo, hasta la construcción que, cerca de la ver- bien olvidar por un momento que están arrestados. De modo ja, servía de habitación á los porteros, arrestados aquella mis- que vamos á conversar. Estamos en el sitio donde se cometió ma mañana. Con una destreza que me admiró, se introdujo el crimen: ¿de qué hablaríamos sino del crimen? ¡Pues haen la casita por una ventana trasera que había quedado abier- blemos del crimen! ¡Hablemos de él Con abundancia, con ta, y salió diez minutos después, diciendo estas palabras, que inteligencia ó con estupidez. Digamos cuanto nos pase por la cabeza. Hablemos sin método, puesto que ningún resultado en su boca significaban tantas cosas: ¡Ya lo decía yo! En el momento en que de nuevo íbamos á emprender el ca- da el método. ¡Dirijo una ferviente súplica al dios Azar, el mino del castillo, se produjo gran movimiento en la verja. azar de nuestros conceptos! ¡Comencemos... Llegaba un coche, y del castillo acudían á recibirlo. RouletaAl pasar delante de mí me dijo en voz baja: bille me mostró un hombre que bajaba del coche. ¿Qué dice usted de esta escena? ¿Habría usted imagina- -Es el jefe de Seguridad; vamos á ver lo que tiene dentro do semejante cosa? Lo convertiré en un actito para el VauFederico Larsán, y si es tan listo como dicen... deville. Detrás del coche del jefe de Seguridad venían otros tres Y se refregaba las manos con júbilo coches, llenos de reporters, que quisieron también entrar en Miré al Sr. Stangerson. La esperanza que le daban los méel parque. Pero pusieron dos gendarmes en la verja, con pro- dicos de que probablemente sobreviviría su hija á sus heridas hibición de dejar pasar. El jefe de Seguridad calmó su im- no había borrado de aquel noble rostro las huellas del más paciencia comprometiéndose á dar aquella misma noche á la profundo dolor. Prensa cuantos informe pudiera, sin perjudicar el curso de Aquel hombre había creído que su hija estaba muerta, y la instrucción. aun estaba todo trastornado. Sus ojos azules, tan dulces y tan claros, estaban entonces tristísimos. En más de una ocasión, XI en ceremonias públicas, había yo visto al Sr. Stangerson. Desde el primer momento me había llamado la atención su mi EN DONDE FEDERICO LARSÁN EXPLICA CÓMO PUDO EL ASESINO rada, tan pura que parecía la de un niño: mirada de ensueño, mirada sublime é inmaterial, de inventor ó de loco. SALIR DEL CUARTO AMARILLO En estas ceremonias, detrás de él ó á su lado, veíase siempre Entre los papeles: documentos, memorias, extractos de pe- á su hija, pues nunca se separaban, según decían, comparriódicos, piezas de justicia de que dispongo tocante al Miste- tiendo las mismas ocupaciones desde hacía muchos años. rio del Cuarto amarillo se halla un trozo de sumo interés: Aquella virgen, que- entonces tenía treinta y cinco años y que es el relato del famoso interrogatorio de los interesados, que apenas representaba treinta, consagrada por completo á la se efectuó aquella tarde, en el laboratorio del profesor Stan- ciencia, producía admiración por su sin par belleza, aun ingerson, en presencia del jefe de Seguridad. Dicho relato es tacta, sin una arruga, victoriosa del tiempo y del amor. ¿Quién debido á la pluma del Sr. Maleine, el actuario, quien, á imi- me hubiera dicho entonces que, en día no lejano, había de tación del juez de instrucción, dedicaba sus ocios á la litera- verme á la cabecera de su cama, con mis papelotes, y que la tura. Ese trozo esiaba destinado á formar parte de un libro vería, casi expirante, contarnos, con esfuerzo, el más hoque nunca salió á luz y que había de titularse: Mis interro- rrendo y misterioso atentado de cuantos he conocido hasgatorios Me lo dio el actuario en persona, algún tiempo des- ta la fecha? ¿Quién me hubiera dicho que, en tarde como ésta, pués del inaudito desenlace de aquel proceso, único en los me hallaría frente á un padre desesperado que en vano trata fastos jurídicos. de explicarse cómo el asesino de su hija pudo sustraerse á u Helo aquí. No se trata ya de una escueta transcripción de justa venganza? ¿De qué sirve, pues, el trabajo silencioso, en preguntas y respuestas. A veces añade el actuario sus impre- el fondo del obscuro retiro de los bosques, si no exime de siones personales. esas grandes catástrofes de la vida y de la muerte, generalmente reservadas á los hombres que frecuentan las pasiones El relato del actuario. Hacía una hora que el juez de instrucción y yo nos hallába- de la ciudad (j) mos en el Cuarto amarillo con el maestro de obras que, so- -Vamos á ver, Sr. Stangerson- -dijo el señor de Marquet 1 bre el plano del profesor Stangerson, había edificado el pabe- con cierta importancia, -coloqúese usted exactamente en e sitio en que se hallaba caando la Srta. Stangerson le dejó para llón. El maestro de obras había venido con un obrero. El señor de Marquet había ordenado al obrero que arrancase todo entrar en su cuarto. el papel que cubría las paredes. Golpes de pico y de azadón á transcribir la prosa dados en varios sitios nos habían demostrado la ausencia de del (1) Recuerdo al lector que me limito nada de su amplitud y actuario y que no he querido quitarle una abertura cualquiera. El piso y el techo hatiían sido es- de su majestad.