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CUARTO AMARILLO pi luna á nadie el haberse tenido que meter á iado para vivir. Pues un guarda es un criado como otro cualquiera, ¿verdad? Di ríase que él es el amo en Glandier, que odas las tierras y todos los bosques le pertenecen. No le permitiría á un pobre sentarse sobre la hierba, sobre su hierba para comer un pedazo de pan. ¿Viene alguna vez por aquí? -Viene demasiado. Pero de sobra le haré yo comprender 111. su cara no me hace gracia. Hace sólo un mes, no venía á ¡asíidiarme; mi posada no existía para él, estaba harto ocupado con la posadera de los Tres Oses en Saint- Michel. Ahora, que estó reñido con dicha mujer, trata de pasar el tiempo en otro sitio. Es un faldero y un mal bicho... Ningún hombro honrado quiere nada con él. Sin ir más lejos, los porteros (Id castillo no podían ver ni en pintura al hombre verde -Entonces, ¿los porteros del castillo son gente honrada, señor posadero? -Llámeme usted tío Mateo, es mi nombre... Bueno, pues tan verdad como me llamo tío Mateo, sí, señor, los creo honrados. -Sin embargo, están arrestados. ¿Y eso qué prueba? Pero no quiera meterme en lo que iH! me importa. ¿Qué piensa usted del asesinato? ¿Del asesinato de esa pobre señorita? Una muchacha muy bu na, muy querida de todos. ¿Lo que pienso acerca de eso? -Nada... y mucho... Pero eso á nadie importa. ¿Ni siquiera á mí? -insistió Pepe. -Ni siquiera á usted... Como ya estaba lista la tortilla, nos sentamos á la mesa y nos pusimos á comer en silencio, cuando se abrió la puerta ti entrada y asomó una vieja harapienta, apoyada sobre un pilo; su cabeza, toda blanca, tenía un temblor senil. -i l lola, tía Arrodillada! Hace tiempo que no se la veía- -dijo el. posadero. -He estado muy enferma, á punto de morir- -dijo la vieia. ¿Tiene u- ted algo para el Animalito de Dios... Y entró, seguida de un gato tan enorme que no creía yo f no pudiese haberlos tan grandes. El animal nos miró é hizo c r un maullido tan desesperado que me estremecí. Jamás había oído tan lúgubre sonido. Cual si lo atrajera aquel maullido, un hombre entró detrás de la vieja. Era el hombre verde Nos saludó llevando la mano á su gorra y se sentó á la mesa vecina de la nuestra. -Déme usted un vaso de sidra, tío Mateo. Al entrar el hombre verde el posadero había estado á pioto de arremeter contra el recién llegado; pero, visiblemente, se dominó, y contestó: -Ya no queda sidra alguna: he dado á estos señores las dos últimas botellas. -En ese caso, déme un vaso de vino blanco- -dijo el hombre verde sin aparentar la más mínima extrañeza. -Tampoco hay vino blanco; no hay nada. Y con voz sorda repitió el tío Mateo: ¡No hay nada! ¿Qué tal sigue su señora? A esta pregunta del hombre verde el posadero apretó Jos puños y se volvió hacia el otro, con tan terrible ceño, que creí que iba á pegarle; por fin dijo: -Sigue bien, gracias. De modo que la joven de hermosos y dulces ojos á quien antes vimos era la esposa de aquel ser repugnante y brutal, cayos defectos físicos parecían estar dominados por este defecto moral: los celos. El posadero salió violentamente de la habitación, haciendo chirriar la puerta. Allí seguía la tía Arrodillada, apoyada sobre su palo, con el gato á sus pies. El hombre verde la preguntó: ¿Ha estado usted enferma, tía Arrodillada? Hace unos ocho días que no se la ve. -Sí, señor guarda. Sólo tres veces me he levantado para ir á rezar á r, anta Genoveva, nuestra buena patrona, y el txsto del tiempo lo he pasado tendida sobre mi jergón, sin más ayuda que el Animalito de Dios ¿No se ha apartado de usl. d? -Ni de día ni de noche. ¿Está usted segura? -Como del paraíso. -Entonces, ¿cómo se explica, tía Arrodillada, que se haya estado oyendo el maullido del Animalito de Dios durante toda la noche del crimen? La Arrodillada fue á plantarse frente al guarda, y, golpeando el suelo con su palo, dijo: -Ño sé nada; pero lo que sí puedo decir es que no hay en el mundo otro gato que tenga un maullido como el de éste... Bueno; pues yo también, en la noche del crimen, oí fiiera el maullido- del Animalito de Dios y, no obstante, estaba éste sobre mis rodillas, y no maulló una sola vez, se lo juro á usted. Cuando oí tal cosa, me santigüé como si hubiese oído al diablo. Miraba yo al guarda mientras hizo esta última pregunta, y mucho me engaño si no noté en sus labios una sonrisa de mala ley. En aquel momento llegó hasta nosotros el ruido de una viva disputa. Hasta creímos percibir golpes sordos, como si pegaran á alguien. El hombre verde se levantó y corrió resueltamente á la puerta; pero ésta se abrió, y asomándos el pr sadero le dijo al guarda: -No se asuste usted, señor guarda, es que mi mujer tiene dolor de muelas. Y esbozó una risita zumbona. -Tome, tía Arrodillada, ahí tiene usted bofes para su gato. Tendió á la vieja un paquete 3 ésta se apoderó ávidamente de él y salió, seguida de su inseparable gato. El hombre verde preguntó: ¿No quiere usted servirme nada? Ya no contuvo el tío Mateo la expresión de su odio: ¡No hay nada para usted! ¡No hay nada para usted. ¡Vayase... El hombre verde tranquilamente, atacó su pipa, la encendió, nos saludó v salió. Apenas estaba en el umbral, cuando Mateo cerró ruidosamente la puerta, y, volviéndose hacb nosotros, con los ojos inyectados en sangre y espumeando, nos dijo, con el puño tendido hacia aquella puerta que acababa, de cerrarse tras el hombre á quien él dctc- u? Vt: 11