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BiBUOTSCd Miró éste en silencio- á aquel chicuelo que pretendía- igualarse con él; se encogió de hombros, nos saludó y se marchó á paso vivo, golpeando el- suelo- con su, largo bastón. Pepe le miraba alejarse; luego, el repórter se volvió hacia nosotros con cara alegre y triunfante. ¡Le venceré! -nos dijo. -Venceré al gran FedencoXarsán, por poderosQi que sea; los venceré á todos... ¡Rouletabiíle sabe más que todos ellos... Y el gran, Federico... Federico el único. razona como! un bodoque... como- un bodoque... Y esbozó un paso de baile pero se detuvo casi en seguida. Mis ojos siguieron sus ojos, y éstos se clavaban en Darzac, quien con cara descompuesta miraba el sendero, la señal de sus pasos al lado de la señal del paso elegante ¡EN NADA SE- -Venga usted- -dijo; -se está muy bien aquí. En efecto, había una hermosa lumbre de leña en el hogar. Nos acercamos y tendíanos nuestras manos al calor del fuego, pues ya comenzaba á sentirse la llegada del invierno. La pieza era bastante espaciosa; dos mesas de madera, algunos asientos, un mostrador, en el que había botellas de jarabes y de alcoholes: éstos eran los muebles. Tres ventanas daban á la carretera. En la pared, un cromo- reclamo celebraba, bajo los rasgos de una joven parisiense que levantaba descaradamente su vaso, las virtudes aperitivas de un nuevo vermut. Sobre el ancho plano de la chimenea había jarras de barro y de porcelana. -Hermosa lumbre para asar un pollo- -dijo Pepe. -No tenemos polla alguno- -contestó el posadero, -ni siquiera un mal conejo DIFERENCIABAN! -Ya sé- -replicó mi amigo con voz zumbona, que me Creímos que iba á desmayarse; sus ojos, agrandados por el espanto, se clavaron, furiosos, en el espacio, mientras su í ano sorprendió, -ya sé que ahora tendremos que comer carne del derecha, con movimiento espasmódico, daba tirones al co- matadero. Confieso que no comprendía la frase de Pepe. ¿Por qué llar de barba que rodeaba su honrado, dulce y desesperado rostro. Por fin e do. oinÓ, nos saludó y con voz demudada nos le decía á aquel hombre: Ahora tendremos que comer carne del matadero... ¿Y por qué el posadero, no bien oyó dicha dijo que tenía que regresar al castillo y marcharse. frase, dejó escapar una palabrota que en seguida tragó á me- Diablo. -exclamó Pepe. También parecía estar consternado el repórter. Sacó de su dias y se puso á nuestra disposición tan dócilmente como Rocartera un pedazo de papel blanco como el que ya le había yo üfci io Darzac cuando oyó estas palabras fatídicas: El presvisto y con sus tijeras recortó los contornos de pies elegan- biterio no ha perdido nada de su encanto, ni el jardín de su tes del asesino, cuyo modelo estaba allí sobre la tierra. Des- lozanía... Decididamente, mi amigo poseía el don de hapués transportó esta nueva suela de papel sobre las huellas cerse comprender de las gentes con palabras del todo incomde la bota del Sr. Darzac; la adaptación era perfecta, y Pepe prensibles. Se lo hice observar, y se sonrió. Hubiera preferido que se dignara darme alguna explicación, pero tenía puesse levantó repitiendo: ¡Diablo! dedo la sólo no No me atrevía yo á pronunciar una palabra; de tal manera to un nada, sobreque boca, lo cual significaba que no silencio. diría sino me recomendaba que guardara me imaginaba que era grave lo que en aquel momento ocurría Mientras, el hombre, empujando una puertecilla, había gritaéh la cabeza de Pepe. do que le trajesen media docena de huevos y el pedazo de Dijo: solomillo Pronto quedó cumplido el encargo por una mujer- -Sin embargo, creo que el Sr. Darzac es un hombre hon- joven y simpática, con admirable pelo rubio, y cuyos hermorado... Y me llevo á la posada del castillejo, que se veía á un ki- sos ojos azules nos miraron con curiosidad El posadero le dijo con voz ruda: Jómetro d V r en la carretera, al lado de un grupo de- -fVete! ¡Y si viene el hombre verde, que no te vea yo! árboles La mujer desapareció. Pepe se apoderó de los huevos, que le trajeron en un tazón, y de la carne que le fue servida en un X plato; colocó todo ello á su lado en la chimenea, descolgó una sartén y unas parrillas que colgaban del hogar y comenzó á AHORA ILSSJJUL. iíOS QUE COMER CARNE DEL MATADERO prepaiar la tortilla, disponiéndose á asar luego el biftec. También pidió dos botellas de sidra de la mejor, y parecía ocuparse La posada del Castillejo no tenía- gran apariencia, pero tan poco del posadero como el posadero se ocupaba de él. Aquel hombre, tan pronto miraba á mi amigo y tan pronto me gustan esas casuchas de vigas ennegrecidas por el tiempo el humo del hogar, esas posadas del tiempo de las diligen- me- miraba á mí, con una ansiedad que le costaba mucho tray cias, construcciones medio desvencijadas, las cuales no serán bajo disimular. Nos dejó preparar nuestra comida, y puso (pronto- más que un recuerdo. Se relacionan con el pasado, es- nuestro cubierto junto á una ventana. De repente le oí murmurar: tán emparentada s con la historia, continúan algo y hacen pen- Ahí está! car en los antiguos cuentos de camino, cuando ocurrían aventuras á los caminantes. Con la cara demudada y expresando odio implacable, fue En seguida vi que la posada wel Castillejo tenía dos si- á colocarse frente á la ventana, mirando al camino. Le seguí. Un hombre, vestido por completo de terciopelo verde y cuglos, ó quizá más. En varios sitios se había descascarillado- ¿J robusto armazón fie madera. Por encima de la puerta de bierta la cabeza con gorra del mismo color, se adelantaba entrada, una muestra de hiern gemía bajo el viento de oto- tranquilamente por la carretera, fumando su pipa. Llevaba ño. Un artista de la localidad había pintado en aquella mues- una escopeta colgada del hombro y mostraba en sus movitra una especie de torre dominada por un tocho puntiagudo mientos una soltura casi aristocrática. Podía tener unos cua. y por una linterna como la del castillo de Glandier. Bajo aque- renta y cinco años. El pelo y el bigote eran grises. Era notablella muestra, en el umbral, un hombre de cara adusta parecía mente hermoso. Llevaba lentes. Al pasar frente á la posada, sumido en pensamientos sombríos, á juzgar or las arrugas pareció vacilar, miró hacia nosotros, sacó algunas bo añadas de su frente y por la espe a línea negra one formaba la unión de humo de su pipa, y con idéntico- paso lento prosiguió su paseo. de sus tupidas cejas. Cuando ya estuvimos á su lado, nos miró gravemente y nos Pepe y yo miramos al posadero. Sus ojos fulgurantes, sus preguntó, de manera muy poco atenta, si necesitábamos algo. puños cerrados, su boca iracunda, nos informaron respecto de Aquél era, sin duda, alguna, el poco amable amo de aquella los sentimientos tumultuosos que le agitaban. linda posada. Al manifestarle la esperanza de que tendría á- ¡Ha hecho bien en no entrar hoy! -exclamó como silbien darnos de almorzar, nos contestó que nada había- en su bándole las palabras. casa y que no podía servirnos, y mientras hablaba nos iriraba- ¿Qué- hombre es ése? -preguntó Pepe dándole i aelta á con ojos cuya desconfianza, no- acertaba yo á comprender. su tortilla. -Puede usted, abrirnos de par en par su puerta- -le dijo- ¡El hombre verde... -rugió el posadero. ¿No le coPepe, no- somos de la Policía nocen ustedes? Eso van ganando, pues no merece ser cono- -No temo á la Policía- -contestó el hombre; no temo á cido. Bueno, pues es el guarda del Sr. Stangerson. nadie. -No parece usted quererle mucho- -observó el repórter Hice, señas á. mi amigo de que no insistiera; pero Pepe, volcando la tortilla en un plato. que por lo visto lenía empeño en entrar en aquella posada, se- -Nadie le quiere por aquí, señor mío; además, es un ordeslizó por detrás del posadero y entró en la sala. gulloso, que ha debido de ser rico en otro tiempo, y no le m mmiii uriniimir m