Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
BIBLIOTECA BEL MARIO A B C más. Merced á los rápidos apuntes tomados con un lápiz, pudo reproducir casi textualmente las preguntas y las contestaciones. Parecía el Sr. Darzac el secretario de mi joven amigo, y obraba como si nada pudiera rehusarle; más aún, como si hubiera trabajado para él El hecho de la ventana cerrada le llamó mucho la atención al repórter, así como se la había llamado al juez de instrucción. Además, Pepe le pidió al Sr. Darzac que una vez más le repitiera el empleo del tiemp del Sr. Stangerson y de su hija el día del drama, tal como Matilde y su padre lo habían declarado ante el juez. La circunstancia de la comida en el laboratorio pareció interesarle en sumo grado, y se hizo repetir dos veces, para mayor seguridad, que únicamente el guarda 1 sabía que el padre y la hija comerían en el laboratorio, c e qué manera lo había sabido el guarda. Cuando hubo terminado el Sr. Darzac, dije yo: -E e li. i rogatorio no aclarará mucho el proceso. -I o (nmai aña- -asintió Darzac. -L -r n? -dijo, pensativo, Rouleto, -íle. IX REPÓRTER Y POLICÍA. Volvuacb io nes hacia el pabellón. A unos cien metros del edificio nos cLiuvo el repórter y, designándonos una espesura á nuestra de: adía, nos dijo: -De ahí salió el asesino para entrar en el pabellón. Como Había otras espesuras parecidas en el robledal, pregunté por qué había escogido el asesino esta más bien que otra; Pepe me contestó designándome el sendero que pasaba cerquísima y que conducía á la puerta del pabellón. -Como ustedes ven- -dijo, -este sendero está cubierto de grava. Es preciso que el hombre haya pasado por aquí para ir al pabellón, puesto que no se encuentra rastro de sus pasos á la ida sobre la tierra blanda. Ese hombre no tiene alas; ha andado; pero ha andado sobre la grava, la cual rodé bajo su calzado, sin conservar huellas de éste: esa grava, en efecto, ha sido rodada por otros muchos pies, puesto que ese sendero es más directo para ir del pabellón al castillo. En cuanto á la espesura, formada por plantas que no mueren en invierno, suministró al asesino resguardo suficiente mientras llegaba el momento de dirigirse al pabellón. Oculto en esa espesura, el hombre vio salir al señor Stangerson y al tío Santiago. Hay grava casi hasta la ventana del vestíbulo. Una huella de los pasos del hombre, paralela á la pared, huella que notábamos antes y que ya he visto, prueba que no- ha tenido más que dar un paso para hallarse frente á la ventana del vestíbulo, dejada abierta por el señor Santiago; y ya sao tuvo más que alzarse con los puños y penetrar en el vestíbulo. -Después de todo, es muy posible eso- -dije yo. r- -Después de todo, ¿qué? Después de todo, ¿qué... -exclamó Rouletabille, dando rienda suelta á una repentina ira inocentemente desencadenada por mí. ¿Por qué dice usted: después de todo, muy posible es eso... Le pedí que no se enfadara; pero ya lo estaba demasiado para escucharme, y declaró que admiraba la duda prudente con que muchas personas consideraban desde lejos los más sencillos problemas, sin arriesgarse jamás á decir: esto es ó esto no es de suerte que su inteligencia alcanzaba exactamente al mismo resultado que se obtuviera caso de habérsele olvidado á la Naturaleza poner un poco de materia gris en su cráneo. Al verme torcer el gesto, mi joven amigo me cogió del brazo y me concedió que no había dicho aquello por mí y que me profesaba particular estima -Pero lo cierto es- -añadió- -que es á veces criminal el no razonar con fijeza, siempre que se puede... De no razonar así con esa grava, tengo que razonar con un globo; pero la ciencia de la aerostación dirigible no está aún lo suficientemente desarrollada para que admita yo que el asesino vino por el aire. No diga usted, pues, que una cosa es posible cuando es imposible que sea de otra manera. Ahora sabemos cómo entró el hombre por la ventana y también sabemos en qué momento entró. Entró durante el paseo de las cinco. El hecho de la presencia de la doncella, que acaba de asear H cuarto amarillo en el laboratorio, en el momento de regresar el profesor y su hija, á la una y media, nos permite afirmar que á la una y media no estaba el asesino en el cuarto, bajo la cama, á menos que haya complicidad de la doncella. ¿Qué dice usted de eso, Sr. Darzac? Darzac declaró que estaba seguro de la doncella, criada muy adicta á su ama. Y añadió: -A las cinco, el Sr. Stangerson entró en el cuarto en busca del sombrero de su hija. -También hay que anotar ese detalle- -dijo Pepe. -Admito- -dije- -que entrara el hombre por esa ventana en el momento que usted dice; mas ¿por qué volvió á cerrar la ventana, lo cual había por fuerza de llamar la atención de los que la habían abierto? -Puede ser que no haya sido cerrada en seguida la ventana- -me contestó el repórter. Pero si cerró de nuevo la ventana fue á causa del recodo que hace el sendero, guarnecido de grava, á veinticinco metros del pabellón, y á causa de los tres robles que se alzan en aquel sitio. ¿Qué quiere usted decir? -preguntó Darzac, que nos había seguido y que escuchaba á Pepe con jadeante atención- -Más tarde se lo explicaré, señor mío, cuando lo estime oportuno; mas creo no haber pronunciado palal as más importantes sobre este asunto si se justifica- mi hipótesis ¿Y cuál es esa hipótesis? -Sólo en caso de que resulte ser verdad la daré á conocer. Se trata de algo demasiado grave para que lo publique, mientras no pase de ser una hipótesis. ¿Tiene usted alguna idea acerca del asesino? -No, señor, no sé quién es el asesino; pero no tema usted nada por eso, Sr. Darzac, lo sabré Noté que Darzac estaba muy emocionado, y sospeché que la afirmación de Pepe no era de su agrado. Entonces, ¿por qué, si realmente temía que fuera descubierto el asesino (me dirigía yo á mi propio pensamiento) por qué ayudaba al repórter á encontrarlo? Pareció haber recibido mi joven amigo la misma impresión que yo y dijo bruscamente: ¿No le disgusta á usted, Sr. Darzac, que descubra si asesilao? ¡Quisiera matarlo con mi propia mano I- -exclamó el prometido de Matilde con arranque que me dejó asombrado. -De sobra lo comprendo- -dijo gravemente Pepe; -mas no ha contestado usted á mi pregunta. Pasábamos cerca de la espesura de que antes nos había hablado el joven repórter; entré en ella y le enseñé las huellas evidentes del paso de un hombre que se había ocultado allí. Unta vez más tenía razón Rouletabille- ¡Claro que sí... Nos las tenemos con un individuo de carste y hueso, que no dispone de medios distintos de los nuestros, y será menester que todo se arregle Creía yo que iba ahora á seguir la pista, los pasos de la huida del asesino desde la ventana del vestíbulo, pero nos lleTÓ bastante lejos hacia la izquierda, declarándonos que era inútil meter las narices en semejante fango, y que ahora sabía qué camino había seguido el asesino. -Ha ido hasta el final de la pared, a cincuenta metros de ahí, y luego saltó el seto y el foso; miren frente á ese senderito que conduce al estanque. Era ése el camino más rápido para salir de la finca é ir al estaque. ¿Cómo sabe usted que ha ido al estanque? -Porque Larsán está en sus orillas desde esta mañana. Debe de haber allí muy curiosos indicios. Algunos minutos más tarde estábamos cerca del estanque. Consistía éste en una no muy extensa capa de agua pantanosa rodeada de cañas y sobre ia cual flotaban aún algunas hojas de nenúfar. Acaso nos viera llegar Larsán, pero es probable que le interesáramos poco, pues no se cuidó de nosotros y continuó 1 emoviendo con la punta de su bastón algo que no veíamos. -Miren- -dijo Pepe, -ne ahí de nuevo los pasos de la huida del hombre aquí se alejan del estanque, aquí vuelven á él, y por fin desaparecen cerca de la orilla, delante de ese sendero que conduce á la carretera de Epinay. El hombre lia proseguido hasta París... ¿Qué es lo que motiva su creencia de usted- -interrumpí -puesto que ya no ven pasos en el sendero. e n Mi, n nl ni i; nninii: iii; miiTaii m r r