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R. -Sí, por la misma razón. P. ¿Acostumbra- á omer en el laboratorio? R. -Rara vez. P. ¿Xo podía, el asesino saber que aquella noche comerían ustedes en el laboratorio? El Sr. Stangerson. -Supongo que no, señor... A las seis, cuando regresábamos al laboratorio, fue cuando tomé tal resolución. En aquel momento se llegó á nosotros mi guardabosque, quien me retuvo un momento para pedirme que le acompañara hasta un sitio del bosque cuya tala había ordenado. No podía seguirle en aquel momento y dejé para el día siguiente la visita. Aproveché el que estaba allí aquel hombre para pedirle que se llegara al castillo y que le dijera al maestresala que comíamos en el laboratorio. El guardabosque se marchó, y 30 me fui á juntar con mi hija, á la que había dado la llave del pabellón; en efecto, la llave estaba en la puerta, uor fuera. Mi hija estaba ya trabajando. P. ¿A qué hora, señorita, penetró usted en su cuarto mientras su padre seguía trabajando 0 Matilde. -A media noche. P. ¿Había el tío Santiago penetrado aquella noche en el cuarto amarillo? R. -Para cerrar las contraventanas y encender la lamparilla, como todas las noches... P. ¿Xo notó nada sospechoso? R. Nos lo habría dicho. El tío Santiago es un buen hombre que me quiere mucho. P. ¿L sted afirma. Sr. Stangerson, que después no se ha movido del laboratorio el tío Santiago? El Sr. Stangt rson. -Lo afirmo. Xada sospecho de él. P. -Señorita, cuando usted entró en su cuarto cerró en seguida su puerta con llave, corriendo además el cerrojo... Muchas precauciones son esas, sabiendo que su padre y su criado estaban tan cerca. ¿Temía usted algo? R. -Mi padre no iba á tardar en regresar al castillo, y el tío Santiago en ir á acostarse Además, sí, temía algo. -Tanto, que tomó usted el revólver del tío Santiago sin decírselo á él. 7? -Cierto; no quería asustar á nadie, tanto más cuanto que muy bien podían ser pueriles mis temores. P. ¿Y qué es lo que temía usted? R. -No podría decirlo fijamente. 1! -de hacía vanas noches me parecía oír en el parque y fuera del parque, alrededor del pabellón, ruidos insólitos, á veces pasos, crujidos de ramas. La noche antes del atentado, noche en que no me acosté hasta las tres de la madrugada, al regresar del Elíseo estuve i. m rato en mi ventana creí ver sombras... P. ¿Cuántas sombras? R. -Dos sombras que andaban alrededor del estanque... Después se ocultó la luna, y ya no vi nada. Ningún año había tardado tanto en regresar al castillo, pues en él duermo durante el invierno; pero este año me propuse no dejar el pabellón hasta que terminara mi padre, para la Academia de Ciencias, el resumen de sus trabajos sobre la Disociación de la materia Xo quería que esa obra considerable, que iba á quedar terminada dentro de pocos días, sufriera un retraso por un cambio cualquiera en nuestras costumbres. Comprenderá usted que no haya querido decirle nada á mi padre de mis temores infantiles, y que nada le dijera tampoco al tío Santiago, quien no hubiera podido sujetar su lengua. De todas maneras, como sabía que el tío Santiago tenía un revólver en su mesilla de noche, aproveché un momento en que el buen hombre se ausentó durante el día para subir rápidamente á su desván y coger el arma, que puse en el cajón de mi mesa de noche. P. ¿Cree usted tener algún enemigo? R. -Ninguno. P. -Comprenderá usted, señorita, que tanto lujo de precauciones sorprendan... El Sr. Stangerson. -Claro que sí. hija mía; tantas precauciones parecen inconcebibles. R. -Xo: les repito que desde hacía noches no estaba tranquila. El Sr. Stangerson. -Debiste haberme hablado de eso. Es imperdonable. ¡Habríamos evitado esta d sgia. ua! I P. -Una vez cerrada la puerta del cuarto amarillo, se acostó usted. ¿No es así, señorita? R. -Sí; y como estaba muy cansada, me dormí en seguida. P. ¿Quedó encendió la lamparilla? R. -Sí; pero la claridad que esparce es muy tenue... P. -Bien; pues ahora sírvase, señorita, decirnos lo que ocurrió. R. -No sé si hacía mucho que estaba dormida; pero de repente me desperté... lancé un grito fortí imo... hl Sr. stangerson. -Si, un grito horrible... ¡Oiu me matan... Aun lo estoy oyendo. P. -De modo que dio usted un grito fortísimo... R. -Había un hombre en mi cuarto. Se precipito sobre mí, me agarró la garganta y trató de estrangularme Ya nx ahogaba; en esto, mi mano consiguió sacar del entreabu rto cajón de mi mesilla de noche el revólver puesto- allí por mi. Ln aquel preciso momento, el hombre me tiró al suelo blandió sobre mi cabeza una especie de maza. Pero ya había o disparado. En seguida me sentí herida por un terrible golpe en la cabeza. Todo esto, señor juez, duró menos de lo qtv tardo en decírselo á usted, y ya no sé nada más. P. ¿Nada... ¿No se figura usted cómo pudo el asesino escap arse de su cuarto de usted? i? -No acierto á explicármelo... Xo se nada más. El que está muerto no sabe lo que ocurre en torno suyo. P. -El hombre, ¿era alto ó bajo? R. -Sólo vi una sombra que me pareció formidable... P. ¿No puede usted darnos alguna indicación mas? R. -Señor, lo único que sé es lo que he dicho: un hombre se precipitó hacia mí, disparé contra él... Es cuanto puedo decir... Aquí terminó la declaración de la Srta. Stangerson. Pepe esperaba con impaciencia al Sr. Darzac. No tardó éste en aparecer. En una pieza vecina del cuarto de Matilde había estado escúchamelo interrogatorio, y venía á referirlo á mi amigo, con una exactitud y una docilidad que me sorprendí una vez 9