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BIBLIOTttA DtL bldRIO A B C gedia... Pero nada dice usted de la boina i del pañuelo que han sido hallados, tío Santiago. -Sin duda que los ha cogido el magistrado- -contestó con vacilación el interpelado. El repórter le dijo muy gravemente: -No he visto ni la boina ni el pañuelo, y, no obstante, puedo decirle á usted cómo son. -Muy vivo es usted... Y el tío Santiago tosió inquieto. -El pañuelo es un pañuelo de tela basta, azul con rayas encarnadas, y la boina es una vieja boina como las que usan los vascongados, en todo semejante á la que usted lleva- -añadió Pepe. -En efecto, así es... es usted brujo... El tío Santiago trató de reir, mas no pudo conseguirlo. ¿Cómo sabe usted que el pañuelo es azul con rayas encarnadas? Porque, de no haber sido azul con rayas encarnadas, no se habría hallado pañuelo alguno. Sin ocuparse más del tío Santiago, mi amigo sacó de su bolsillo un pedazo de papel blanco, abrió unas tijeras, se agachó sobre las huellas de los pasos y comenzó á recortar. De esa manera consiguió una suela de papel cuyo contorno tenía gran precisión, y me la dio, pidiéndome que no la perdiera. Después se volvió hacia la ventana, y designándole al tío Santiago á Federico Larsán, que no se apartaba de las orillas del estanque, preguntó si no había examinado también el DOticía el cuarto amarillo. -No- -contestó Roberto, quien, desde que Pepe le dio el papelito medio tostado, no había pronunciado una palabra Pretende que no necesita ver el cuarto amarillo, que el asesino ha salido del cuarto amarillo de una manera muy natural, y que esta noche dirá su parecer sobre esto. Al oirle decir tales cosas, Pepe- -cosa rara- -palideció. ¿Estará Larsán en posesión de la verdad que no hago mas que presentir? -murmuró. -Larsán es muy hábil... mucho... y le admiro... Pero hoy se trata de algo más que de probar que es uno un buen sabueso... de algo más que lo que enseña la experiencia... Trátase de ser lógico pero lógico, entienda usted bien, como Dios cuando dijo: 2+ 2 4... ¡SE TRATA DE PRESENTAR ARGUMENTOS Y PRUEBAS IRREFUTABLES! El repórter se precipitó hacia fuera, desesperado de pensar que el famoso Larsán pudiese presentar antes que él la solución del problema del cuarto amarillo. Conseguí alcanzarle en el umbral del pabellón. -Vamos, cálmese... -le dije. ¿No está usted contento? -Sí- -me confesó arrojando hondo suspiro. -Estoy muy contento. He descubierto muchas cosas... ¿De orden moral ó de orden material? -Algunas de orden moral y una de orden material. Esta; por ejemplo. Y rápidamente sacó del bolsillo de su chaleco una hoja de papel que sin duda había guardado durante su investigación debajo de la cama: el papel contenía un cabello rubio de VIII EL TUEZ DE INSTRUCCIÓN INTERROGA Á LA SEÑORITA STANGERSON Cinco minutos después, Pepe se agachaba sobre huellas de pasos descubiertos en el parque, bajo la ventana misma del vestíbulo, cuando un hombre, que debía ser algún servidor del castillo, vino á nosotros con celeridad y gritó al Sr. Darzac. que bajaba del pabellón: -Don Roberto, el juez de instrucción está inter roa ando á la señorita. Darzac nos pidió excusa y echó á correr con dirección al castillo; el hombre corrió detrás de él. -Si el cadáver habla- -observé. -el apunto va á resuítar muy interesante. -Es preciso que lo sepamos- -dijo mi amigo. -Vamonos al castillo Un gendarme colocado en el vestíbulo nos prohibió la entrada de la escalera del primer piso. Tuvimos que esperar. Mientras, he aquí lo que ocurría en la habitación de la víctima. EJ médico de la familia, al ver que Matilde estaba mucho mejor, pero temiendo al mismo tiempo una recaída fatal que no permitiera ya interrogarla, creyó que era deber suyo avisar al juez de instrucción, quien había resuelto proceder inmediatamente á un interrogatorio. A éste asistieron el señor de Marquet, el actuario, el Sr. Stangerson y el médico. Más tarde, en el momento del proceso, pude lograr el texto de dicho interrogatorio. Helo aquí en su sequedad jurídica: Pregunta. -Sin que se canse usted demasiado, ¿está usted en situación, señorita, de darnos algunos detalles necesarios sobre el horrendo atentado de que ha sido usted víctima? Respuesta. -Me siento mucho mejor, caballero, y voy á decirle lo que sé. Cuando penetré en mi cuarto no noté nada anormal. P. -Perdone, señorita; si usted permite, voy á dirigirle yo preguntas, á las que contestará. Esto la cansará menos que un largo relato. i? -Como usted guste. P. -Sírvase decirme el empleo de la jornada aquel día. Lo deseo muy detallado; quisiera que no omitiera usted nads. i no es pedirle demasiado. R. -Me levanté tarde, á las diez, por haber regresado tarde mi padre y yo, después de la comida y de la recepción ofrecidas p or el presidente de la República en honor de los delegados de la Academia de Ciencias de Filadelfia. Cuando salí de mi cuarto, á las diez y media, ya estaba mi padre trabajando en el laboratorio. Trabajamos juntos hasta las doce; dimos un paseo de media hora por el parque y almorzamos en el castillo. Media hora de paseo, hasta la una y media, como de costumbre, y de nuevo volvimos al laboratorio. Allí vimos á mi doncella, que acababa de limpiar mi cuarto y hacer la cama. Entré en el cuarto amarillo para dar algunas órdenes sin importancia á dicha criada, quien salió del pabellón en seguida, y de nuevo me puse á trabajar con mf padre. A las cinco fuimos á dar otro paseo y tomamos té, como de costumbre. P. -Al salir, á las cinco, ¿entró usted en su cuarto? R. -No, señor; mi padre fue quien, á ruego mío, entró en mi cuarto para coger mi sombrero P. ¿Y no vio- nada sospechoso? El Sr. Stangerson. -Nada, señor. P. -Además, es casi seguro que no estaba aún debajo de la cama el asesino en aquel momento. Cuando usted se marchó, señorita, ¿quedó cerrada con llave la puerta del cuarto? R -No, ningún motivo teníamos para hacerlo... P. ¿Cuánto tiempo faltaron ustedes dos del pabellón esta vez? R. -Una hora, próximamente. P. -Durante esa hora es cuando el asesino se introdujo enel pabellón. Pero, ¿cómo? No se sabe. Se ven en el parque huellas de pasos que regresan de la ventana del vestíbulo, pero no se descubren pasos que vayan hacia ella ¿Notó usted si estaba abierta la ventana del vestíbulo ruando salió con su padre? R. -No recuerdo. El Sr. Stangerson. -Estaba cerrada. P. ¿Y cuando regresaron ustedes? La Srta. Stangerson. -No me fijé. El Sr. Stangerson. -Seguía cerrada... Lo recuerdo muy bien, pues á nuestro regreso dije en voz alta: Mientras estábamos fuera, bien podía el tío Santiago haber abierto esta ventana... P. ¡Extraño! ¡Extraño! Recuerde usted, Sr. Stangerson, que el tío Santiago, estando ustedes ausentes, y antes de salir, la había abierto. ¿De modo que á las seis regresaban ustedes al laboratorio y reanudaban su tarea? Matilde. -Si, señor. P. ¿Y ya no salió usted del laboratorio hasta el momento en que entró en su cuarto? El Sr. Stangerson. -Ni mi hija 1 1 yo, señor juez. Tanta 1 prisa corría lo que estábamos haciendo, que no perdíamos un minuto. Tanto, que descuidábamos todo lo demás P- ¿Comieron ustedes en el laboratorio?