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MISTERIO SL CUARTO AMARILLO cómplice el portero... Esto que digo tómenlo como gusten, pero explicaría muchas cosas... Entre ellas, el hecho de que ni en el laboratorio ni en el vestíbulo hay rastros de los pasos hallados en el cuarto. Cuando transportaron á la Srta. Stangerson del laboratorio al castillo; el colchón, dejado un momento cerca de la ventana, pudo darle tiempo al hombre paraescaparse... ¿Y qué más? ¿Qué más? ¿Qué otra cos- i? -me lanzó Rouletabille, riéndose, desde debajo de la cama. Estas palabras me mortificaron un poco. Contesté: -Como nadie puede afirmar nada, todo parece posible... El tío Santiago dijo: -También se le ha ocurrido eso al juez, y ha hecho registrar el colchón. Resultado: que tuvo que reírse de su ocurrencia, como en este momento se está riendo su amigo de usted, pues el tal colchón no era de doble fondo... De haber habido un hombre en el colchón, ya lo hubiéramos visto... También yo tuve que reírme, y, en efecto, desde entonces adquirí la prueba de que mi dicho resultaba absurdo. Pero ¿dónde comenzaba y dónde acababa- lo, absurdo en semejante asunto? Únicamente mi amigo era capaz de decirlo... aunque quizá no. -Oiga- -exclamo el repórter, que seguía bajo la cama, -esta estera ha sido muy removida... -Por nosotros, señor- -explicó el tío Santiago. -Como no dimos con el asesino, nos preguntamos si no había un agujero en el piso... No hay ninguno- -contestó Pepe. ¿Hay bodega en este pabellón? -No, no la hay. Pero no por eso hemos dejado de buscar, y también el señor juez de instrucción, y sobre todo su actuario, quienes han visitado tabla por tabla el entarimado, como si hubiese habido bodega debajo! En esto reapareció el repórter. Sus ojos brillaban, las aletas de su nariz palpitaban; parecía un perro de raza de vuelta de un feliz acecho... Se quedó á gatas, como estaba. No podía compararlo mejor en mi pensamiento que con un admirable perro de caza siguiendo la pista de alguna pieza... Husmeó los pasos del hombre, del hombre que había jurado llevarle á- su amo. al director de l Epoque, pues no hemos de olvidar que nuestro Pepe Rouletabille era periodista... En tal postura se fue á los cuatro rincones de la habitación, oliéndolo todo, dando vueltas alrededor de todo lo que veíamos, que no era mucho, y de. cuanto no veíamos; que, según él, era inmenso. La mesa lavabo era una simple tabla sobre cuatro pies: imposible transformarla en un escondrijo... Ni siquiera un armario la Srta. Matilde tenía su ropa en el castillo. La nariz, las manos de Rouletabille subían á lo largo de las paredes. Ya que hubo terminado con las paredes y paseado sus ágiles dedos por toda la superficie del papel amarillo, llegando así al techo, que también tocó, subiendo sobre una silla. colocada sobre el lavabo y paseando por la pieza, aquella in- geniosa escalera; ya que hubo terminado con el techo, en donde examinó minuciosamente la huella de la otra bala, se acercó á la ventana y allí se puso á observar la reja y las contraventanas, fuertes é intactas. Por fin se mostró satisfecho y declaró que ahora ya estaba tranquilo ¡Ya habrá usted podido darse cuenta de lo bien encerrada que estaba la pobre querida señorita cuando nos la estaban asesinando, cuando nos pedía socorro... -gimió el tío Santiago. -Sí- -contestó el joven repórter enjugándose el sudor que bañaba su frente. -El cuarto amarillo estaba cerrado como una caja de caudales... -En verdad- -observé- -que éste es el misterio más sorprendente de cuantos conozco, aun en el dominio de la imaginación En el. doble asesinato de la calle de la Morgue Edgardo Poe no ha inventado nada semejante. El lugar del crimen estaba lo bastante cerrado para no dejar escapar á un hombre; pero aun había aquella ventana por la cual podía deslizarse el autor de los asesinatos, que era un mono. Pero aquí no puede tratarse de ninguna abertura de ningún género. Cerradas como estaban puerta y contraventanas, y cerrada también la puerta como sabemos, una mosca no podía entrar ni salir -j En verdad! ¡En verdad! -asintió Pepe, que seguía enjugándose la frente, pareciendo sudar menos por el esfuerzo realizado que por la agitación de sus pensamientos. ¡En verdad! es un misterio muy grande, muy hermoso y muy curioso... -Ni siquiera el Animalito de Dios -refunfuñó el tío Santiago, -ni siquiera el Animalito de Dios aun cuando fuera él el autorriel crimen, hubiera podido escaparse... ¡Escuchen... ¿Lo oyen ustedes... ¡Silencio! El tío Santiago nos hacía seña de que nos calláramos, y con el brazo tendido hacia la pared, hacia la selva vecina, escuchaba algo que nosotros no oíamos. -Se ha marchado- -acabó por decir. -He de matarlo... Es demasiado siniestro ese animal... pero es el nimaiito de Dios todas las noches va á rezar sobre la tumba de santa Genoveva, y nadie se atreve a hacerle nada por miedo á que la Arrodillada haga mal de ojo- ¿Qué tamaño tiene el tal Animalito de Dios -Así como un perro zarcero de los mayores... Le digo á usted que es un monstruo. Más de una vez me he preguntado si no ha sido él el que ha plantado sus zarpas en la garganta de la señorita... ¡Pero el Animalito de Dios no gasta zapatos, no dispara tiros de revólver y no tiene manos como ésa... -exclamó el tío Santiago designándonos la mana roja de la pared. -Además, hubiera sido visto, lo mismo que un hombre, y hubiera estado encerrado en el cuarto y en e! pabellón, lo mismo que un hombre... -Claro que sí- -dije. -Antes de ver el cuarto amarillo, también me había preguntado si el gato de la Arrodillada... -I También usted? -exclamó Pepe. ¿Y 7 Sted? -le pregunté. -Yo, nc ni siquiera por espacio de un minuto... Deíde que leí el artículo dtl Matin, sé que no se trata de un animal Ahora, juro que ha ocurrido aquí tina espantosa tra 8