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eso de las cinco y media... mientras la señorita y su padre daban un paseíto antes de comer aquí mismo, pues comieron en el laboratorio. Al día siguiente, cuando vino el juez, pudo ver todos los rastros de los pasos en el suelo, que parecían tinta sobre papel blanco... Bueno; pues ni en el laboratorio ni en el vestíbulo, que estaban limpitos, pudo nadie dar con sus pasos... con los pasos del hombre... Y, puesto que se notan ipasos cerca de la ventana, fuera sería menester que hubiese agujereado el techo del cuarto amarillo, que pasara por el desván, que agujereara el tejado y que bajara justo al lado! de la ventana del vestíbulo, dejándose caer... Y es el caso que no hay agujero en el techo del cuarto amarillo, ni en mi des, ván... ¡claro que no lo hay... En cuyo caso, de sobra ve usted que nadie sabe nada... pero lo que se dice nada... y que nunca sabrá nadie nada... ¡Es un misterio del diablo! De repente, Pepe se arrodilló de nuevo casi frente á la puerta de un cuartito tocador que abría en el fondo del vestíbulo. En tal postura quedó lo menos un minuto. ¿Qué? -le pregunté cuando se levantó. -Nada extraordinario; una gota de sangre. El joven se volvió hacia el tío Santiago. -Cuando se puso usted á lavar el laboratorio y el vestíbulo, ¿estaba abierta la ventana del vestíbulo? -Acababa de abrirla porque había encendido carbón de encina para el señor sobre el hornillo del laboratorio; y como lo había encendido con periódicos, había humo; de modo que abrí las ventanas del laboratorio y. la del vestíbulo para establecer corriente; después cerré las del laboratorio, dejando abierta la del vestíbulo; hecho esto, salí un instante para ir al castillo, pues necesitaba con qué lavar, y á mi regreso, es decir, á eso de las cinco y media, como ya se lo he dicho á usted, me puse á. limpiarlos baldosines. Terminada mi faena, me marché, pero dejando abierta la ventana del vestíbulo. Por fin, á mi regreso al pabellón, la ventana estaba cerrada y ya el señor y la señorita estaban trabajando en el laboratorio. ¿De modo que la ventana fue cerrada por esos señores cuando volvieron de su paseo? -Sin duda. ¿No se lo preguntó usted? -No... Después de profunda mirada al gabinetito tocador y al hueco de la escalera que conducía al desván, Pepe, para quien parecíamos haber dejado de existir, penetró en el laboratorio. Confieso que fue grande mi emoción al seguirle hasta aquel sitio. Roberto no perdía un gesto de mi amigo... Por mi parte, en seguida dirigí mi mirada á la puerta del cuarto amarillo. Estaba, encajada, ó más bien empujada sobre el laboratorio, pues en seguida, noté que estaba medio desvencijada y fuera de uso; los esfuerzos de los que contra ella habían pegado, en el momento del drama, la habían roto... Mi amigo, que proseguía con método sus investigaciones, examinaba, sin decir una palabra, la pieza en que nos, hallábamos... Era amplia y estaba bien alumbrada. Dos ari- chísimas ventanas, protegidas por rejas, recibían luz del campo. Un claro en medio de la selva; una vista soberbia sobre todo el valle, sobre el llano, hasta la ciudad, que en días de sol debía verse allá á lo lejos. Pero hoy sólo había lodo en el suelo, hollín en el cielo... y sangre en aquel cuarto... Todo un lado del laboratorio estaba ocupado por una vasta chimenea, por crisoles, por hornillos adecuados para experimentos de química. En algunos sitios, retortas é instrumentos de física; mesas atestadas de frascos, de papeles de legajos; una máquina eléctrica, pilas, un aparato, me dijo Roberto, empleado por el profesor Stangerson para demostrar la disociación de la materia bajo la acción de la luz solar etc. A lo largo de las paredes, armarios, ya cerrados, de cristales, dejando ver microscopios, aparatos fotográficos especiales, una increíble cantidad de cristalizaciones. Pepe examinaba la chimenea. Con la punta del dedo registraba los crisoles... De repente, se enderezó; tenía en la mano un pedacito de papel medio consumido... Vino á nosotros, cine estábamos conversando junto á una ventana, y dijo: -Consérvenos usted esto, Sr. Darzac. Me incliné sobre el pedazo de papel chamuscado, que Darzac acababa de tomar de manos de Rouletabille, y leí claramente estas únicas palabras, que seguían siendo legibles: presbiterio nada perdido encanto, ni el jar de su lozanía. Y debajo: 23 de Octubre. Ya dos veces, desde esta mañana, me intrigaban aquellas mismas palabras, para mí vacías de sentido, y por segunda vez vi que producían en el profesor de la Sorbona el mismo efecto terrible. Lo primero que hizo Darzac fue mirar hacia el tío Santiago; pero éste no nos había visto por estar ocupa- do en la otra ventana... Entonces el prometido de Matilde Stangerson abrió su cartera temblando, metió en ella el papel y suspiró: ¡Dios mío! Mientras, Pepe examinaba la chimenea. En pie sobre los ladrillos de un hornillo, miraba atentamente aquel hueco que iba estrechándose y que á cincuenta centímetros por encima de la cabeza se cerraba enteramente por medio de planchas de hierro empotradas en el ladrillo, dando paso á tres tubos de unos quince centímetros de diámetro cada uno. -Imposible pasar por ahí- -enunció el joven saltando aJ laboratorio. Además, con sólo que lo hubiera él intentado, todo eso se habría venido abajo. ¡No, no! No hay que buscar por ese lado... Pepe examinó después los muebles y abrió puertas de armarios. Luego acudió á las ventanas, acabando por declararlas infranqueables é infranqueadas En la segunda ventana halló al tío Santiago en contemplación. ¿Qué es lo que mira usted por ahí, tío Santiago? -Miro al policía, que no cesa de dar vueltas alrededor del estanque... ¡Otro vivo, que no verá sino lo que ven los demás, que no es mucho! ¡No conoce usted á Federico Larsán, tío Santiago! -dije? Rouletabille con melancólico gesto; -de conocerlo, no hablaría usted así. Si alguien de los que estamos aquí es capaz de dar con el asesino, ese alguien será Larsán, créalo usted. Y Pepe arrojó un suspiro. -Antes de encontrarlo será preciso saber cómo lo han perdido... -replicó el testarudo tío Santiago. Por fin llegamos á la puerta del cuarto amarillo. ¡Esta es la puerta detrás de la cual lia ocurrido algo! dijo Rouletabille con una solemnidad que en cualquiera otra circunstancia luiliera resultado cóm. cíi. 7