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CARTAS A PEPE Me dices que estás la mitad del día en el fondo de tu mina; me refieres pequeños odios que te angustian, y me pides un rayo de arte que te anime y entone. ¡A. y, querido amigo! Aun cuando parezca mentira, mayores son las negruras que se observan á flor de tierra que las que tú padeces. En medio de tus trabajos de ingeniero, la conteiap ación de la penosa vida obrera más te ha de alentar que deprimir, y los odios que puedas observar en torno tuyo no son tan tlo orosos como los que adiv: naíuos eu ÍOÍ rastros sonrientes, por los cuales cruzan los lívidos relámpagos, de la envidia. El odio franco y despiadado es una forma del amor, trata de aniquilar y destruir; pero conseguido su anhelo suele traasformarse á veces en noble afecto. Así ocurre en las grandes guerras. Día llega en que ios í. eros combatientes se abrazan. Pero el vibrar obscuro de la carcoma oculta no produce ningún bien. Al enemigo franco se le combate; podemos vencerle ó sufrir el ven cimiento; pero contra el falso amigo que, aparentando favorecernos, nos calumnia ion perfecta impunidad y nos desprecia aparentando protección, ¿cómo defendernos le él? Los mentirosos convencionalismos que on diversos nombres aleccionan á centenares de malvados, disfrazados de hombres de bien, en el maquiavélico arte de odiar con fruto constituyen la causa más positiva y eficaz de la degeneración contemporánea. ¡Cuántas veces, con facies lacrimosa y compungido acento, simulando una falsa y piadpsa compasión por nuestros defectos ó errores, los agrandan, convirtiendo en calaminoso descrédito lo que parecía dolorida y amaute lamentación! Esos hipócritas no quieren oir la risa sana y regocijada, que califican de pueril; así como el dolor tierno es para ellos sensiblería morbosa. Y á pesar de sus esfuerzos, late en nuestro ser de modo inconscientemente intenso x o noble y lo bueno. Hace pocos días, el gran público ha preoenciado en el teatro dosj cuadros bien distintos. Uno de ellos lo trazaron con su maestría habitual los simpáticos poetas hermanos Quintero, quienes saben hacer pensar hondas cosas con sencillos procedimientos. En sus Amores y amoríos descubren la infantil y eterna candidez del alma humana, ansiosa de paz, de afectos y ternuras sinceras y dulces que hagan soportable la vida. Su teatro es un tónico dulce y agradable que todos saborean con deleite. El otro cuadro tiene la grandeza de lo bíblico, esa historia sangrienta en la que á través de las tnás espantables aberraciones humanas se destaca la irritada voz del bien justiciero. El trágico episodio de la decapitación del Bautista se representa con toda la esplendidez del arte, y por la escena se arrastran todas las concupiscencias y lascivias fustigadas por el precursor de Jesús. El odio intenso y la pasión momentánea forman el fondo sombrío del cuadro, más negro y espantable que las entrañas de tus ninas. Cuando e! Tetrarca, espantado de su obra y huyendo de la mala fémina encarnada en Salomé, manda que la aplasten como á un reptil venenoso, cundió por los espectadores un estremecimiento singalar. A través de sus rostros pintados palidecerían ciertos O OÍOS Y AMORES seres capaces de tales abominaciones, y aun los hombres más despreocupados y escépticos sentirían, ó el remordimiento de no haber realizado acto parecido, ó el terror ante la idea de tener que realizarlo. Estos dos rayos de arte, bien diferentes, ¡cuánta luz despiertan en nuestro corazón agitado por odios y amores! EL NIÑO DEL OBRERO Kfingún cuadro es tan interesante como el á de una familia obrera. El hombre, fornido y enérgico, se conmueve ante aquel pedazo de su carne, que íe inducirá á trabajar con mayores anhelos; la mujer, paciente y sumisa, acoge con júbilo una obligación más en el modesto hogar, dando por buenos los dolores sufridos. Si es digno de respeto y afecto el obrero, ¿cómo no lo ha de ser su hijo? La sociedad contemporánea, no tan sólo se preocupa del bienestar de esos simpáticos seres por fi- lantropía 6 candad, sino por egoísmo, pues la vida nacional de ellos depende. Por esta causa, además de velar p o r l s higiene de la vivienda, favoreciendo por todos los medios posibles la condición del trabajo penoso, todos los hombres de co razón se esfuerzan en indicar á ¡os obreros las causas de degeneración. Entre ellas, la más importante consiste en el abuso de las bebidas alcohólicas, y para ello se difunden preceptos que conviene reproducir. El aguardiente y los aicoiioies no poseen ningún valor nutritivo, no producen fuerza, excitan y dau momentáneo calor; pero bier pronto abaten y enfrían el cuerpo, disminuyendo la fuerza muscular, entorpeciendo ei uso de las manos y aniquilando la inteli gencia. El alcohol, usado á diario con exceso, favorece la tuberculosis, es causa de la mayor parte de los accidentes del trabajo y conduce al vicio y al crimen, origina la t íí EL RECIÉN NACIDO. CUADRO DE ANDRE G 1 LL