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-Almorzaran ustedes conmigo aquí- -se apresuró á decir Roberto. -No, gracias- -contestó Pepe. -Almorzaremos en la posada del Castillejo -Comerán muy mal... No encontrarán nada. ¿Usted cree... Espero encontrar algo- -replicó Pepe. Después de almorzar nos pondremos de nuevo al trabajo; haré un artículo que tendrá usted la bondad de llevar á la redacción... -Pero ¿no regresa usted conmigo á París? -No; pasaré la noche aquí... Me volví hacia Pepe. Hablaba en serio, y Roberto no pareció extrañado... Pasábamos entonces delante del castillejo y oímos gemidos. Pepe preguntó: ¿Por qué han sido arrestadas esas personas? -Alguna culpa tengo- -dijo Darzac. -Ayer hice notar al juez de instrucción que es inexplicable que los porteros hayan tenido tiempo suficiente para oir los tiros de revólver, vestirse recorrer el espacio bastante extenso que separa sus habitaciones del pabellón, todo ello en dos minutos, pues no más de dos minutos han transcurrido entre los tiros de revólver y el momento en que fueron hallados por el tío Santiago. -Sí, es sospechoso- -afirmó Pepe. ¿Y estaban vestidos... -Eso es lo increíble... estaban vestidos... por completo sin que les faltara una prenda. La mujer tenía zuecos, pero el hombre llevaba zapatos. Ahora bien, declararon que se habían acostado á su hora de costumbre, á las nueve. Al llegar esta mañana el juez de instrucción, que se había provisto en París de un revólver del mismo calibre que el del crimen (pues no quiere tocar al otro) hizo que su actuario disparara dos tiros en el cuarto amarillo, con ventana y puerta cerradas. Estábamos con él en el cuarto de los porteros, pero no oímos nada... no puede oirse nada. De modo que los porteros han mentido; eso está fuera de duda... Estaban listos; se hallaban no lejos del pabellón, en espera de algo. Desde luego. no se les acusa de ser los autores del crimen, pero muy bien pudieran resultar cómplices... En seguida mandó el Sr. de Marquet que los arrestaran. -Si hubieran sido cómplices- -dijo Rouletabille, habrían llegado á medio vestir ó, mejor dicho, no hubiesen llegado Quien se precipita en brazos de la justicia cargado de tantas pruebas de complicidad, es que no es cómplice. No creo que- haya cómplices en este asunto. -Entonces, ¿por qué estaban fuera á media noche? Oue lo digan. -Parece probable que tengan interés en callarse. Trátase de saber qué interés es ese... Aun cuando no sean cómplices. la cosa puede tener su importancia. Todo cuanto ocurre en casos semejantes tiene importancia. Acabábamos de pasar por un puente establecido sobre el foso y entrábamos en la parte del parque llamada el Robledal Allí había robles seculares. El otoño había arrugado ya sus hojas amarillas, y sus altas ramas negras y serpentinas parecían horrendas cabelleras, nudos de reptiles gigantes entremezclados, como los que la escultura antigua puso sobre la cabeza de Medusa. Aquel sitio, habitado en verano por la señorita Stangerson por parecerle alegre, nos apareció entonces triste y fúnebre. El suelo estaba negro, embarrado por las recientes lluvias y por el fango que formaban las hojas caídas; los troncos de los árboles estaban negros; el cielo, por encima de nuestras cabezas, estaba de luto, surcado por espesas nubes. En aquel retiro sombrío y desolado vimos los blancos muros de! pabellón. Extraño edificio, sin una ventana visible desde el punto en que lo mirábamos. Sólo una puertecita designaba la entrada. Hubiérase dicho una tumba, un vaste mausoleo en el fondo de un bosque abandonado... A medida que nos acercábamos, adivinábamos su disposición. Aquel edi fic; o recibía del Mediodía toda la luz que necesitaba; es decir, del otro lado de la finca, del lado del caiínpo. Una vez cerrada la puertecita del parque, el Sr. Stangerson y su hija debían estar allí en una prisión ideal para dedicarse á sus habituales tareas. Ademes, voy á dar el plano del pabellón. Sólo tenía planta ht ja, á la que se llegaba por unos peldaños, y un desván bastante elevado, del que para nada hemos de ocuparnos 1 De modo que lo que do al lector es el plano de la planta baja en toda su sencillez. Ha sido trazado por Rouletabille mismo, y he visto que no faltaba ni una línea, ni una indicación capaz de ayudar á la solución del problema que por entonces preocupaba á la justicia. Con la leyenda y el plano, los lectores disponen, para llegar al conocimiento de la verdad, de cuanto disponía Pepe 4 J cuando penetró por primera vez en el pabellón y cuando cada cual se preguntaba ¿Por dónde habrá podido salir del cuarto amarillo el asesino? Antes de sabir las tres gradas del pabellón, Pepe nos detuvo y preguntó á boca de jarro al Sr. Darzac: -Y el móvil del crimen, ¿cuál es? -Para mi, no hay duda alguna acerca de eso, seúoi nno- contestó muy entristecido el futuro esposo de la Srta. Stangerson. -Los rastros de los dedos, los profundos arañazos que en el pecho y en el cuello tiene la Srta. Stangerson, demuestran que el miserable que estaba en su cuarto trató de cometer un horrendo atentado. Los médicos peritos que examinaron ayer dichas huellas afirman que son de la misma mano cuya ensangrentada imagen ha quedado sobre la pared una mano enorme y que no cabría en mi guante- -añadió Darzac con amarga é indefinible sonrisa... -Esa mano roja- -interrumpí, ¿no podría ser el rastro de los dedos ensangrentados de la Srta. Stangerson, que en el momento de caer hubiesen hallado la pared, dejando en ella, al deslizarse, una imagen agrandada de su mano llena ele sangre? No había una sola gota de sangre en las manos de la señorita Stangerson cuando fue levantada del suelo -contestó Darzac- -Ahora- -proseguí, -ya nadie duda de que la Srta. Stan- gerson se sirvió del revólver del tío Santiago, puesto que hi- rió al asesino. Por lo visto, ¿temía algo ó á algún- -Es probable... ¿No sospecha usted de nadie? -No... -contestó Darzac mirando á Pepe. Entonces me dijo éste: