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DSL bldRIO A B C moso artículo que le hice cuando las barras de oro Una palabrita de usted al Sr. Darzac. Graciosa en verdad resultaba la cara de Rouletabille en aquel momento. Reflejaba tan irresistible deseo de franquear aquel umbral, detrás del cual ocurría algún prodigioso misterio suplicaba con tal elocuencia, no sólo con la boca y los ojos, sino con todas sus facciones, que no pude contener la risa. Lo mismo le ocurrió á Larsán. Detrás de la verja, el policía metió tranquilamente la llave en su bolsillo. Lo examiné. Podía tener unos cincuenta años. Su cabeza era hermosa, con pelo entrecano; tez mate y perfil duro; la frente era prominente; no llevaba barba ni bigote; el dibujo de los labios era fino; los ojos, más bien pequeños y redondos, fijaban con mirada inquisidora que extrañaba é inquietaba. Era de mediana estatura, bien proporcionado; el aspecto general era elegante y simpático. Nada denotaba en él el policía vulgar. Era un gran artista en su género; lo sabía, y sentía uno que tenía elevada idea de sí mismo. Él tono de su conversación delataba al escéptico y al desengañado. Su extraña profesión le había hecho conocer tantos crímenes y tantas infamias, que resultaba inexplicable que no le endureciera un tanto los sentimientos según original expresión de Pepe Larsán volvió la cabeza al ruido de un coche que llegaba detrás de él. Reconocimos el vehículo en el que, en la estación de Epinay, habían subido el juez de instrucción y su actuario. ¿No deseaba usted hablar á D. Roberto Darzac? ¡Pues ahí lo tiene usted! -exclamó Larsán. Ya estaba el coche en la verja, y Roberto Darzac pedía á Larsán que le abriera la entrada del parque, diciéndole quetenía mucha prisa y que apenas tenía tiempo suficiente para llegar á Epinay y tomar el primer tren con dirección á París, cuando me reconoció. Mientras Larsán abría la verja, el Sr. Darzac me preguntó qué era lo que me llevaba á aquel sitio en momento tan trágico. Entonces noté que estaba atrozmente pálido y que su rostro denotaba hondísima pena. ¿Está meior la señorita Stangerson? -pregunté inmediatamente. -Sí- -contestó. -Quizá la salven. Es menester que la salven. No añadió Si no, me moriría yo de pena pero su trastorno expresaba este pensamiento. Entonces intervino Pepe. -Caballero, tiene usted mucha prisa, y, no obstante, es preciso que le hable. Necesito decirle algo importantísimo. Larsán interrumpió: ¿Puedo dejarles á ustedes? -preguntó á Roberto- ¿Tiene usted llave, ó desea que le deje ésta? -Gracias, tengo llave. Cerraré la verja. Larsán se alejó rápidamente, dirigiéndose al c ínlo, cuya masa imponente se divisaba á unos centenares de metros. Darzac, con Fruncimiento de cejas, manifestaba ya impaciencia. Presenté á Rouletabille como excelente amigo; pero no bien supo Darzac que el joven era periodista me miró con aire de? marcado reproche, alegó la necesidad que tenía le estar en Epinay dentro de veinte minutos, saludó y dio limilatigazo á su caballo. Mas ya Pepe, con asombro mío, ha (bía? cogido las riendas y sujetado al caballo con vigoroso puño, mientras pronunciaba esta frase, cuyo sentido no comprendía, yo: -El presbiterio nada ha perdido de su encanto, ni el jardín de su lozanía No bien hubo pronunciado Rouletabille estas palabras, vi que á Roberto le temblaban las piernas; aunque estaba ya m iy pálido, palideció aún; sus ojos se lijaron con espanto en el joven, y en seguida bajó de su coche visiblemente trastornado. ¡Como usted guste, caballero! ¡Como usted guste! -dijo balbuciendo. Luego, repentinamente, repitió con una especie de furor: ¡Como usted guste, caballero! ¡Como usted guste! Y de nuevo anduvo el camino que conducía al castillo, sin pronunciar ya una palabra, mientras Pepe seguía llevando del diestro al caballo. Dirigí algunas palabras al Sr. Darzac... no me contestó. Con la mirada interrogué á Pepe; no me vio. VI EN EL FONDO DEL ROBLEDAL Llegamos al castillo. El antiguo castillejo se unía á la parte del edificio construida en tiempo de Luis XIV por medio de otra construcción moderna, estilo Viollet- le- Duc, en donde estaba la entrada principal. Nunca había yo visto nada tan extraño, ni quizá tan feo, como aquel disparatado conjunto de estilos. Resultaba monstruoso y atractivo. Al acercarnos vimos á algunos gendarmes que se paseaban ante una puertecita que daba á la planta baja del castillejo. Después supimos que en aquella planta baja, antiguamente cárcel y hoy cuarto trastero, estaban encerrados los porteros, los esposos Bernier. El Sr. Darzac nos hizo entrar en la parte moderna del castillo por una amplia puerta protegida por una marquesina. Pepe, que había dejado á un criado coche y caballo, no apartaba su vista de Roberto; seguí su mirada y vi que se fijaba especialmente en las enguantadas manos del profesor de la Sorbona. Ya que estuvimos en un saloncito con muebles anticuados, Roberto se volvió hacia Pepe y con cierta brusquedad le preguntó: ¿Qué desea usted de mí? En el mismo tono contestó el repórter: ¡Estrechar su mano de usted Darzac dio un paso atrás. ¿Qué significa... Sin duda alguna había comprendido lo que también comprendía yo en aquel momento: que mi amigo sospechaba de él como posible autor del atentado. El rastro de la mano ensangrentada sobre las paredes del cuarto amarillo se le apareció... Miré á aquel hombre de fisonomía tan altanera, de mirada habitualmente recta y que de tan extraña manera se turbaba en este momento. Tendió su mano derecha, y, designándome -Es usted amigo del Sr. Sainclair, quien me presto inesperado servicio en una causa justa, v no veo por qué habría de rehusar á usted mi mano... Pepe no estrechó aquella mano. Dijo, mintiendo con pasmosa audacia: -Señor mío, he pasado algunos años en Rusia y me ha quedado una costumbre de aquel país: la de no estrechar mano alguna que esté enguantada. Creí que el profesor de la Sorbona iba á dar rienda suelta al furor que comenzaba á agitarle; pero, al contrario; con violento y visible esfuerzo se calmó, se desenguantó y presentó sus manos. No tenían cicatriz alguna. ¿Queda usted satisfecho? ¡No! -contestó Rouletabille. -Querido amigo- -dijo volviéndose hacia mí, -me veo obligado á oedirle á usted que nos deje solos. Saludé y me retiré, asombrado por lo que acababa de vei y de oir, y no comprendiendo cómo el Sr. Darzac no había plantado en la puerta de la calle á mi impertinente, mi injurioso, mi estúpido amigo... pues en aquel momento tenía rencor á Pepe por sus sospechas, las cuales habían dado como resultado aquella extraña escena de los guantes... Me estuve paseando unos veinte minutos por delante del castillo, tratando de encadenar entre sí los varios acontecimientos de aquella mañana; pero no lo conseguí. ¿Cuál era la idea de Rouletabille? ¿Era posible que Roberto Darzac le pareciera el asesino? ¿Cómo pensar que aquel hombre, que á los pocos días iba á casarse con la Srta. Stangerson, se hubiese introducido en el cuarto amarillo para asesinar á su prometida? Además, nadie había podido decirme de qué medios se valió el asesino para salir del cuarto del crimen, y, mientras no me fuera explicado aquel misterio que me parecía inexplicable, creía que el deber de todos era no acusar á nadie. Y, finalmente, ¿qué significaba aquella frase insensata que aun sonaba en mis oídos. El presbiterio nada ha perdido de su encanto, ni el jardín de su lozanía? Anhelaba verme de nuevo acolas con Pepe parSKf reg litárselo En aquel momento salió ei joven del castillo con Roberto Darzac. Cosa extraordinaria: en seguida vi que eran amigos... -Vamos al cuarto amarillo- -me dijo Pepe; -venga usted con nosotros. Le prevengo, querido amigo, que pasará el día conmigo. Almorzaremos juntos por ahí...