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MISTERIO EL CUARTO AMARILLO resultaba un solícito cariño de un hombre hacia una mujer de treinta y cinco años, soltera y que ha manifestado eme no quiere casarse. De repente, unas cuantas semanas antes de los sucesos I que nos ocupan, corrió la voz en París de que por fin conpentía Matilde en casarse con el Sr. Darzac; pero nadie creyó tal cosa; fue preciso que el propio interesado no desmintiera la noticia para que se decidiera la gente á creerla. Un día, al salir de la Academia de Ciencias, el Sr. Stangerson tuvo á bien anunciar que el matrimonio de su hija y de Roberto Darzac se efectuaría tan pronto como la joven y él terminaran un informe que resumía los trabajos de ambos sobre la Disociación de la materia es decir, la vuelta de la materia al éter. Los recién casados vivirían en Glandier, aportando el yerno su colaboración á la obra á que padre é hija habían consagrado su vida. Aun era reciente la noticia, cuando se supo el asesinato de la señorita Stangerson en las condiciones fantásticas que hemos enumerado 3 que nuestra visita al castillo va á permitirnos precisar más. No he titubeado en suministrar al lector todos los detalles retrospectivos de que tenía conocimiento merced á mis relaciones profesionales con Roberto Darzac, deseoso de que, al poner el pie en el umbral del cuarto amarillo, estuviese el lector tan documentado como yo. V EN EL QUE PEPE ROUÍ. ETAIÜLT. E DTRICE A ROBERTO DARZAC UNA FRASE QUE PRODUCE CIERTO EFECTO -Don Federico- -dijo Rouletabille descubriéndose y demostrando un respeto basado en la sincera admiración que sentía el joven por el célebre policía, ¿podría usted decirnos si está en este momento en el castillo D. Roberto Darzac? Este señor, amigo mío y abogado, desearía hablarle. -Lo ignoro, Sr. Rouletabille- -contestó Larsán estrechan do la mano de mi amigo, pues más de una vez había tenido ocasión de verse con él en el transcurso de sus más difíciles pesquisas. -No le he visto. -Los porteros nos informarán- -dijo Pepe, designando una casita de ladrillos, cuyas puertas y ventanas estaban cerradas, en donde residían aquellos fieles guardianes de la finca, -Nada podrán decir á ustedes los porteros. ¿Pues? -Porque desde hace media hora están arrestados... ¡Arrestados! -exclamó Pepe. ¿Qué, son ellos los ase- sinos. i. Rl polic a se encogió de hombros. Seguíamos, desde bacía unos minutos, un muro que cer. aba la extensa finca del señor Stangerson, y ya veíamos la ferja de la entrada principal, cuando nuestra atención fue licitada por un personaje que, medio encorvado sobre la ierra, parecía preocupado de tal manera, que no nos vi ó llejar. Tan pronto se inclinaba, tocando casi el suelo, como se enderezaba, mirando atentamente el muro; otras veces miraba al hueco de su mano derecha, dando después largas zancadas; y luego corría, mirando de nuevo al hueco de su mano. Rouletabille me había detenido con un gesto. ¡Silencio! ¡Ahí está Federico Larsán trabaiando... No le molestemos. Profesaba mi amigo gran admiración por el célebre policía. Yo nunca había visto á Federico Larsán, pero le conocía mucho de reputación. El asunto de las barras de oro de la Casa de la Moneda, desembrollado por él cuando ya todo el mundo se declaraba vencido, y la detención de los que habían forzado las cajas de caudales del Crédito Universal, habían popularizado su nombre. En época en que Pepe Rouletabille no había dado aún pruebas de su extraordinario talento, pasaba Larsán por ser el único capaz de desenredar las más intrincadas madejasde atentados criminales; su reputación era universal, y con íreqiencia las policías de Londres ó de Berlín y hasta de ¡Norteamérica pedían su ayuda cuando los más hábiles detectives nacionales habían agotado los recursos de su imaginación. A nadie extrañará, pues, que desde los comienzos del misterio del Cuarto amarillo se le ocurriera al jefe de la Seguridad telegrafiar á su notable subordinado, que en aquella ocasión se hallaba en Londres siguiendo un asunto de títulos robados. Regrese en seguida decía el telegrama. En el acto se había puesto en camino Larsán, y por eso le encontramos ya trabajando aquella mañana. No tardamos en saber en qué consistía la ocupación del famoso inspector. Lo que no cesaba de mirar éste en el hueco de su mano derecha era su reloj, y parecía estar muy ocupado en contar minutos. Después volvió pies atrás, de nuevo echó á correr y no se detuvo hasta la verja del parque; consultó su reloj, lo metió en el bolsillo y se encogió de hombros con gesto descorazonado; empujó la verja, entró en el parque, cerró con llave, alzó la. cabeza y por entre los barrotes nos vio. Rouletabille acudió presuroso á él, y yo le seguí. Larsán nos esperaba -Cuando no puede uno- -dijo con aire de suprema iro nía- -arrestar al asesino, siempre queda el recurso de descubrir cómplices. ¿Es usted quien los ha hecho arrestar? -i Yo? ¡Hombre, no! No los he hecho arrestar, -primero, porque tengo la casi persuasión de que para nada han intervenido en el asunto, y además, porque... ¿Por qué? -interrogó con ansia Pepe- -Porqué... nada... -contestó Larsán. ¡Porque no hay cómplice- -añadió Pepe. El policía se detuvo y miró al reborter con marcado interés. ¡Hola, hola! Por lo visto, tiene usted una idea sobre ci asunto... Sin embargo, nada- ha visto... aun no ha nonotra aquí... -Pues penetraré. -Lo dudo... A nadie dejan entrar. -Penetraré aquí si hace usted que vea á D. Roberto Dar zac... Hágame ese favor... Ya sabe usted que somos antiguos amigos... D. Federico... por favor... Recuerde elher-