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BIBLIOTECA BEL bíARiO A B C repente. Claramente comprendí que nunca había hablado más en serio aquel jqren; el brillo inteligente de sus ojillos redon dos me tranquilizó sobre el estado de su razón. Además, estaba yo un tanto acostumbrado á sus digresiones, con frecuencia interrumpidas por mí, por no hallar en ellas más que incoherencia y misterio, hasta el momento enque, por medio de algunas frases rápidas y precisas, me ponía de manifiesto el hilo de su pensamiento. Entonces todo se alumbraba de repente; las palabras dichas por él y que me parecían carecer Ide sentido, se enlazaban con facilidad y lógica tales, que no podía comprender cómo no había, comprendido antes. unos quince años antes del drama que nos ocupa, hacía ya tiempo que Glandier no estaba habitado. Otro antiguo castillo, en las cercanías, edificado en el siglo xiv por Juan de Belmont, estaba igualmente abandonado, de tal suerte, que estaba casi inhabitado el país. Algunas casuch as á orilla de la carretera que lleva á Corbeil, una posada, la posada del Castillejo que ofrecía hospitalidad á los carreteros; esto es todo, ó casi todo lo que recordaba la civilización en tan abandonada comarca, que resulta tan extraña por no distar más que algunas leguas de la gran capital. Semejante abandono era precisamente lo que había decidido al señor Stangerson y á su hija. El Sr. Stangerson era ya célebre; acababa de regresar de Norteamérica, en donde sus trabajos IV habían alcanzado gran resonancia. El libro publicado por él EN EL SENO DE UNA NATURALEZA SILVESTRE en Filadelfia sobre la Disociación de la materia por las acciones eléctricas había sublevado protestas de todo el munEl castillo de Glandier es uno de los más antiguos de ese do sabio. El Sr. Stangerson era francés, pero de origen norpaís de Ile- de- France, en donde todavía se yerguen tantas teamericano. Importantísimos asuntos de una herencia le ilustres piedras del tiempo del feudalismo. Levantado en me- habían retenido durante años en los Estados Unidos. Allí Üio de una selva por Felipe el Hermoso, aparece á unos cen- continuó una obra comenzada en Francia, y regresó para tenares de metros del camino que va de Sainte- Geneviéve- terminarla después de realizar una crecida fortuna, por hatíes- Bois á Montlhery. Conjunto de construcciones dispara- berse terminado sus procesos, ya por fallos á su favor, ya tadas, dominado por un castillejo. Cuando el visitante, des- por felices transacciones. Dicha fortuna fue bien acogida por pués de haber subido los inseguros peldaños de ese antiguo el Sr. Stangerson, pues él, que de haber querido hubiera pocastillejo, desemboca en la plataforma en que, en el siglo xvn, dido ganar millones explotando ó haciendo explotar dos Jorge Filiberto de Sequigny, señor de Glandier, Maisons- ó tres de sus descubrimientos químicos referentes á nuevos Neuves y otros lugares, hizo edificar la linterna actual, muy procedimientos de tinte, habíale repugnado poner al servifea por cierto, ve, á unas tres leguas, por encima del valle y cio de su propio interés el maravilloso don de inventar del llano, la orgullosa torre de Montlhery. Castillejo y torre que recibió de la naturaleza. Pensaba que su genio no le se siguen mirando, al cabo de tantos siglos, y parecen contar- pertenecía; lo debía á los hombres, y cuanto producía su Be, por encima de las verdes florestas ó de los talados bosques, genio caía, por voluntad expresa de tan filantrópico pensalas más antiguas leyendas de la historia de Francia. Dícese miento, en el dominio público. Si no trató de disimular la gue el castillo de Glandier vela sobre una sombra heroica satisfacción que le causaba la llegada de aquella inesperada santa: la de la buena patrona de París, ante quien retro- fortuna que iba á permitirle entregarse, hasta el último día tedió Atila. Allí, en las antiguas duelas del castillo, duerme de su vida, á su pasión por la ciencia pura, también por otro santa Genoveva su último sueño. En verano, los enamorados, tíe cuya mano cuelga una cesta llena de provisiones para motivo se alegraba el sabio profesor. Su hija tenía veinte comer sobre la hierba, vienen á soñar ó á hacerse promesas años cuando, de regreso de Norteamérica, compró su padre He eterno amor ante la tumba de la santa, piadosamente ro- el castillo. Era sumamente bonita; á la gracia parisiense de deada de miosotis. No lejos de esa tumba hay un pozo que, se- su madre, que falleció al nacer su hija, añadía la joven todo gún dicen, contiene agua milagrosa. El agradecimiento de el esplendor, toda la riqueza de la sangre norteamericana de las madres ha levantado en ese sitio una estatua á santa Ge- su abuelo paterao, Guillermo Stangerson. Este, ciudadano noveva, colgando bajo sus pies prendas de niños salvados de Filadelfia, había tenido que hacerse naturalizar francés, para obedecer á exigencias de familia, en vísperas de casarse or dicha agua. con una francesa, que había de ser la madre del ilustre StanSemejante sitio, que parecía haber de pertenecer por com- gerson. De esta manera se explica la nacionalidad francesa peto al pasado, fue el elegido por el profesor Stangerson y del profesor Stangerson. or su hija para preparar la ciencia del porvenir. Su soleVeinte años, adorablemente rubia, ojos azules, una tez lad en plena selva les había gustado desde el primer momen- como la leche, sanísima, Matilde Stangerson era una de las o. No habrían de tener allí, como testigos de sus esfuerzos más hermosas muchachas casaderas del antiguo y del mo de sus esperanzas, más que piedras antiquísimas y robles derno continente. Era un deber en su padre, á pesar del fcasi tan antiguos. El Glandier, antes Glandierum se lla- previsor dolor de una inevitable separación, pensar en ese (naba así por las muchísimas bellotas que, en todo tiempo, matrimonio, y debió serle grato ver llegar la dote. Mas ello oabían sido recogidas en aquel sitio. Dicha tierra, hoy trisen Glandier, justamente temente célebre, había reconquistado, merced á la negligen- es que se enterró con su hijapresentara á Matilde en cuando esperaban sus amigos que tia ó al abandono de sus moradores, el aspecto silvestre de uniones de la buena sociedad. Algunos de ellos fueron las reverle tina naturaleza primitiva; únicamente las construcciones que y le manifestaron su extrañeza. A las preguntas queá le hifcn ella se ocultaban habían conservado rastros de extrañas cieron, el profesor contestó: Tal es la voluntad de mi hija, tnetamorfosis. Cada siglo había dejado su huella en aquellos y obedezco á sus deseos; ella ha escogido el castillo de Glanínuros; cierto trozo de arquitectura, al cual iba unido el re- dier. Interrogada á su vez, la joven respondió con serenituerdo de algún acontecimiento terrible, de alguna sangrienta aventura; y tal como estaba aquel castillo, hoy refugio dad: ¿Dónde podríamos trabajar mejor que en esa solefte la ciencia, parecía designado para servir de teatro á miste- dad? La señorita Stangerson colaboraba ya en la obra de su padre; pero nadie pudo entonces sospechar que su parios de espanto y de muerte. sión por la ciencia llegara hasta hacerle rehusar todas las Dicho esto, no puedo menos de manifestar una reflexión: proposiciones de matrimonio que durante quince años le fue Si he dedicado sobrados renglones á la triste pintura de ron dirigidas. Por retirados que viviesen, tenían el padre y la Glandier, no es porque haya hallado en él una ocasión dra- hija que asistir á algunas recepciones oficiales, y, en ciertas ínática para crear la atmósfera necesaria á los dramas que épocas del año, mostrarse en dos ó tres salones amigos, pan á desarrollarse; mi primer cuidado en todo este relato en donde la fama del padre y la belleza de la hija produjefcerá que resulte sencillo. No tengo la pretensión de ser un ron gran sensación. La extremada frialdad de la joven no lutor. Quien dice autor, dice siempre, en cierto modo, nove- desanimó á los pretendientes, que terminaron por cansarse ista. Pero el misterio del Cuarto amarillo contiene en sí al cabo de algunos años. Sólo uno persistió con suave tenacitarto trágico horror verdadero, sin que sea necesario reves- dad, mereciendo ser llamado el eterno novio título que irlo de literatura No soy, y no quiero ser, más que un con melancolía: D. Roberto Darzac. Ya muy iel narrador. Debo decir lo ocurrido, y lo único que hago aceptó la señorita Stangerson, y suponía la genteno erade no que, ¡s dar un marco al- suceso, pues me parece muy natural que joven encontrado hasta entonces motivos para casarse, ya epa el lector dónde ocurren los acontecimientos que para haber no los encontraría. Desde luego, tal argumento carecía de va 3 relatamos. Vuelvo al Sr. Stangerson. Cuando compró dicha finca, lor para el Sr. Darzac, puesto que no retiraba su candidatos. Las relaciones que mediaban entre ambos, más que noviazgo línillilMUli miiiummiumunrmmninnlaniminimmitinfflintm