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BIBLIOT I DSL bldRIO A B C ¡Así es, señor mío, así es... Así es como se presenta ese í Rouletabille, que había comenzado por presentarme, se preasunto... ssentó después. Rouletabille no dijo nada más y quedó pensativo... TransCon gesto inquieto, el Sr. de Marquet acariciaba su barba puntiaguda. En pocas palabras manifestó á Rouletabille que currió un cuarto de hora. ¿Cómo era el peinado que llevaba la noche de autos la era harto modesto autor para desear que se descorriera el velo que ocultaba su nombre, y esperaba que el entusiasmo del Srta. Stangerson? -dijo dirigiéndose al juez de instrucción. i periodista por la obra del dramaturgo no llegaría hasta anun- -No comprendo- -contestó el Sr. de Marquet. -Lo que pregunto es de suma importancia- -replicó Rouleciar á las gentes que el tal Castigat Ridendo era, ni más ni tabille. ¿El pelo alisado sobre los lados, verdad? Tengo la semenos, el juez de instrucción de Corbeib- -La obra del autor dramático podría ser nociva- -añadió guridad de que tal era su peinada la noche del drama. -Pues sepa, Sr. Rouletabille, que está en un error. La al cabo de ligera vacilación- -á la obra del magistrado... soneche aquella, la Srta. Stangerson llevaba el pelo completabre todo en provincia en donde todavía impera la rutina... -Desde luego cuente usted con mi discreción- -exclamó mente recogido sobre la cabeza... Y tal debe de ser su peinaRouletabille, alzando al cielo las manos, como para tomarlo do habitual: la frente, descubierta... puedo afirmárselo á usted, porque estuvimos examinando largo tiempo la herida. por testigo de sus leales intenciones. No había sangre en el pelo, y, desde el atentado, el peinado ¡Se puso en marcha el tren. ¡Nos marchamos! -hizo notar el juez de instrucción, está como estaba. ¿Está usted seguro... seguro de que la Srta. Stangerson sorprendido de ver que viajábamos con él. -Sí, caballero; la verdad se pone en camino... -dijo con no llevaba el pelo alisado sobre las sienes cuando intentaron amable- sonrisa el re- porter. -Camino del castillo de Glan- asesinarla... -Segurísimo- -prosiguió el juez sonriéndose; -y ustamen dier... ¡Hermoso asunto, Sr. de Marquet, hermoso asunto... ¡Obscuro asunto! Increíble, insondable, inexplicable te; aun estoy oyendo al médico decirme, mientras examinaba asunto... Sólo una cosa temo, Sr. Rouletabille... Que se les yo la herida: Lástima que esta señorita no acostumbrara á cubrirse las sienes con su pelo, pues de haber sido. así el golpe antoje á los periodistas explicarla... se habría amortiguado Y ahora he de decirle que me parece I Mi amigo comprendió. extraño que conceda importancia... I -Sí- -contestó simplemente, -eso es de temer... En todo- -Si el pelo se meten... Por mi parte, si le hablo á usted de eso, es única- ¿adondeno llevaba ¿adonde como digo- -gimió Rouletabille, -vamos? Es menester que nie inmente porque la pura casualidad me ha puesto frente á us- forme. vamos? ted, en el mismo tren y casi en su propio compartimiento. E hizo jp -Pues ¿adonde va usted? -preguntó el Sr. de Marquet. Todavíaun gesto que expresaba su inquietud. Dreguntó: Jt- -Al castillo de Glandier- -contestó Rouletabille sin pesta- -La herida de la sien es terrible, ¿verdad? ñear. -lernDJe. i El Sr. de Marquet botó sobre su asiento. -Pero, en definitiva, ¿con qué arma ha sido hecha? jj- ¡Pues no penetrará usted en él, Sr. Rouletabille! -Esto, señor mío, es el secreto de la instrucción. L- ¿Se opone usted á ello? -preguntó mi amigo, ya en ac- ¿Ha podido usted encontrarla? ititud de combate. El juez no contestó. r- ¡No- por cierto! Les tengo harto cariño á la Prensa y á- ¿Y la herida de la garganta? los periodistas para molestarles en lo más mínimo; pero el Sobre esto, el juez instructor tuvo á bien confiar que la- heSr. Stangerson no permite que entre nadie en su casa. Tan rida de la garganta era de tal índole, que bien podía afirmar ¡bien guardada está, que ni siquiera un periodista pudo fran- se, según parecer de Jos médicos, que, de haber el asesino guear ayer la verja de Glandier. apretado unos segundos más, la Srta. Stangerson hubiera- -Me alegro- -contestó Rouletabille, -llego á tiempo. muerto estrangulada. El Sr. de Marquet encogió sus labios y pareció dispuesto- -El asunto, tal como á no decir una palabra más. Únicamente se ablandó un poco tinado Rouletabille, -melo presenta el Matin- -repuso 1 obsparece cada vez I al decirle Rouletabille que íbamos al castillo para ver á un ¿Puede usted decirme, señor juez, cuántas más inexplicable. puertas y ventaantiguo é íntimo amigo refiriéndose al Sr. Darzac, á quien nas tiene el pabellón? quizá sólo una vez en su vida haT ía visto. -Cinco- contestó el Sr. de Marquet, después de haber ¡Pobre Roberto! -prosiguió el joven, repórter- ¡Pobre tosido dos ó tres veces, pero sin poder resistir al deseo que te ¡Roberto! Lo creo capaz de morirse de pena... ¡Quería, tanto nía de poner de manifiesto todo el increíble misterio del asuná la Srta. Stangerson... to cuya instrucción estaba á su cargo. -Cinco, incluso la -Realmente, da tristeza ver á ese desgraciado Sr. Darzac puerta del vestíbulo, única puerta de entrada del pabellón, -dejó escapar como á pesar suyo el Sr. de Marquet. puerta que siempre cierras automáticamente y que no puede i- -Hay que esperar en que podrán los médicos salvar la ser abierta, ya desde fuera, ya desde dentro, sino por medio vida de la Srta. Stangerson... de dos llaves especiales que nunca se apartan del tío Santiago j- -Esperémoslo... Ayer mismo me decía su padre que de y del Sr. Stangerson. La Srta. Stangerson no necesita llave, (morir su hija no tardaría él en seguirla... ¡Qué incalculable puesto que Santiago no se mueve del pabellón y que durante pérdida para la ciencia! el día la joven está con su padre. Cuando, después de derrii, -La herida de la sien es grave, ¿verdad? bar la puerta, se precipitaron los cuatro en el cuarto amarillo, -Desde luego; pero ¡qué suerte que no haya sido mor- la puerta de entrada del vestíbulo seguía cerrada como de costumbre, y las dos llaves de dicha puerta estaban: una en el tal... ¡El golpe fue dado con una fuerza... -De modo que la herida no es una herida de bala de re- bolsillo del Sr. Stangerson, y la otra, en el del tío Santiago. vólver- -dijo Rouletabille dirigiéndome una mirada de triunfo. En cuanto á las ventanas del pabellón, hay cuatro: la única del cuarto amarillo, las dos del laboratorio y la del vestíbulo. El Sr. de Marquet pareció muy preocupado. ¡No he dicho nada, no quiero decir nada, no diré nada! La del cuarto amarillo y las del laboratorio dan al campo; Y se volvió hacia su actuario, como si no nos conociese... únicamente la del vestíbulo da al parque. Pero no era tan fácil verse libre de Rouletabille. Se acercó- ¡Por esa ventana se escapó del pabellón! -exclamó Rou éste al juez de instrucción y enseñándole el Matin, que- sacó letabille. jde su bolsillo, le dijo: ¿Corno lo sabe usted? -interrogó el Sr. de Marquet -Una cosa hay, señor juez de instrucción, que puedo pre- fijando extraña mirada sobre mi amigo. guntarle á usted sin cometer indiscreción alguna. ¿Ha leído- -Más tarde veremos cómo se ha escapado del cuarto amausted el relato del Matin? ¿Verdad que es absurdo? rillo el asesino- -replicó Rouletabille; -peso ha tenido que i e- No me parece tal. salir del pabellón por la ventana del vestíbulo... 1- -i Cómo! ¡El cuarto amarillo sólo tiene una ventana pro- -Repito que cómo lo. sabe usted. tegida por una reja cuyos barrotes no han sido arrancados, y- -Pues muy sencillo. No pudiendo escaparse por la puerta una puerta que no ha sido forzada... y no ha sido habido el del pabellón, tenía que pasar por una ventana que no tenga así sino! reja. La ventana del cuarto amarillo tiene reja, porque da aT