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¡Con tal, mi querido Maleine, que ese maestro de obras no eche abajo con su azada tan hermoso misterio! -No tema usted nada- -contestó el Sr. Maleine; -acaso consiga echar abajo el pabellón; pero quedará intacto el asunto que nos preocupa. He examinado las paredes y estudiado el techo y el suelo, y no hay cuidado; nada descubriremos. Después de haber tranquilizado así á su jefe, el Sr. Maleine, ¡Yo! con discreto movimiento de cabeza, nos designó al Sr. Mar- 1- -Sí, amigo mío, necesito de usted. L Epoqut me ha encar- q- et. La cara de éste se arrugó, y al ver á Rouletabille, que, gado definitivamente de ese asunto y urge el que lo ponga en 5 jmbrero en mano, se disponía á saludarle, el juez subió precipitadamente al tren, diciéndole á media voz á su actuario- claro. ¿En qué puedo serle á usted útil? -Don Roberto Darzac está en el castillo de Glandier. -Cierto; sú desesperación no debe de tener límites. -Tengo que hablarle. Rouletabille pronunció esta frase con un tono que me sorprendió. ¿Acaso... acaso cree usted en algo interesante por ese lado... -pregunté. -Sí. No quiso decir más y se fue á mi salón, pidiéndome que me aviara cuanto antes. Conocía yo al Sr. Darzac por haberle prestado un importante servicio judicial en un proceso civil, en tiempo en que era yo secretario del abogado Barbet- Delatour. El Sr. Darzac, que a la sazón tenía cuarenta años, era profesor de física en la Sórbona. Era íntimo de los Stangerson, puesto que al cabo de siete anos de relaciones- estaba á punto de casarse con la señorita Stangerson, que tendría unos treinta y cinco y que aun era muy bonita. Mientras me vestía, le grité á Rouletabille, que se impacientaba en el salón: ¿Tiene usted alguna idea acerca de la condición social del asesinó? -Sí; lo creo, si no hombre de mundo, por lo menos de. clase bastante elevada... Pero esto no es todavía más que una impresión... ¿Y ¿por qué es producida esa impresión? -Pues por la boin grasienta, por el pañuelo vulgar y por los rastros del calzado grosero... -Comprendo- -dije, -no se dejan á la vista tantos rastros cuando son éstos la expresión de la verdad... -Haremos algo de usted, querido Sainclair- -concluyó Rouletabille. aperar con un arma de silencio quizá con un garrote, ó con un martillo... -Todo eso no nos explica- -objeté -cómo se las compuso el asesino para salir del cuarto amarillo. -Desde luego- -contestó Rouletabille levantándose, -y ¡como hay que explicarlo, voy al castillo de Glandier y he venido á buscarle para que venga conmigo... J III ¡Sobre todo, nada con los periodistas! El Sr. Maleine contestó: ¡Entendido detuvo á Rouletabille y manifestó la pretensión de impedirle que subiera al compartimiento del juez de instrucción. ¡Ustedes perdonen, señores! Este compartimiento está reservado... -Soy periodista, caballero; redactor de l Epoque- -con testó mi amigo, con gran copia de saludos y de corte áas, -y tengo que decirle dos palabras al Sr. de Marquet. -El Sr. de Marquet está muy ocupado con la sumaria. -Le ruego á usted tenga á bien creer que la tal sumaria me es en absoluto indiferente... No soy un redactor de perros aplastados- -declaró el joven Rouletabille, cuyo labio inferior expresaba en aquel momento infinito desprecio por la literatura de sueltos y de sucesos -tengo á mi cargo el correo de teatros... y como tengo que dar cuenta esta noche de la nueva revista de la Scala... -Tómese la molestia de subir, caballero- -se. apresuró á decir el actuario. Ya estaba Rouletabille en el compartimierto. í e seguí. Me senté á su lado; el actuario subió á su vez y cerró la portezuela. El Sr. de Marquet miraba a su escribano. -Señor mío- -comenzó diciendo Rouletabille, -no le guarde usted rencor á este buen señor si ha cedido á mi insistencia; no es al Sr. de Marquet á quien deseo tener la honra de hablar; es al señor Castigat Ridendo... Permítame que, como crítico teatral en l Epoque, felicite á usted... UN HOMBRE HA PASADO COMO UNA SOMBRA A TSAVES DE LAS REJAS DE HIERRO. Media hora más tarde estábamos Rouletabille y yo en el andén de la estación de Orleáns, esperando la salida del tren. Vimos al Juzgado de Corbeil, que llegaba, representado por el Sr. de Marquet y su actuario. El Sr. de Marquet había pasado ia noche en París, con su actuario, para asistir, en el teatro de la Scala, al ensayo general de una revistilla de la cual era el autor oculto, firmando simplemente: Castigat Ridendo El Sr. de Marquet comenzaba á ser un noble anciano. Era, generalmente, muy cortés y muy galante; su pasión dominante había sido siempre el arte dramático. En su carrera de magistrado le habían interesado sobre todo las causas capaces de suministrarle asunto siquiera para un acto. Aunque bien emparentado y, por tanto, en estado de aspirar á los más elevados puestos de su profesión, todos sus esfuerzos se habían encaminado á llegar... á una escena teatral. Semejante ideal le había conducido á ser, ya en edad madura, juez de instrucción en Corbeil y á firmar Castigat Ridendo un pobre acto para la Scala. El asunto del Cuarto amarillo por lo inexplicable que se presentaba, era muy á propósito para seducir á un espíritu tan... literario. En efecto, el Sr. de Marquet se apasionó, dedicándose á él menos como magistrado ávido de conocer la verdad que como aficionado á enredos dramáticos cuyas facull ades todas tienden hacia el misterio de la intriga y que, no obstante, teme llegar al último acto, el en que todo se explica. Fin el momento en que estuvo á nuestro alcance, le oí al señor de M arquet decirle á su actuario: