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BIBLIOTECA DtL bldRIO A B C gerson. tÁ tío Santiago entró en el cuarto amarillo al mismo tiempo que el profesor; dicha habitación toca con el laboratorio, y éste y el cuarto amarillo se hallan situados en un pabellón, en el fondo del parque, á unos 3 c metros del castillo. -Eran las doce y media de la noche- -nos dijo aquel buen hombre -y estaba yo en el laboratorio, donde aún seguía trabajando el señor Stangerson, cuando ocurrió el suceso. Durante toda la velada había estado limpiando instrumentos y colocándolos luego en su sitio, y esperaba, para irme á acostar, á que se fuera mi amo. Hasta media noche había estado trabajando con su padre la señorita Matilde; tan pronto como oyó los doce golpes dados por el reloj de cuco del laboratorio, habíase levantado y, después de dar un beso al anciano deseándole feliz descanso, le había dado á él las buenas noches, pasando luego al cuarto amarillo. Al oir el señor y yo que la señorita cerraba su cuarto con llave, no pude impedir el echarme á reir y decir al señor: Ya está echando la llave la señorita de seguro que le tiene miedo al Animalito de Dios Tan absorto estaba el señor, que ni siquiera me oyó. Mas un formidable maullido me contestó desde fuera, y reconocí justamente el clamor del Animalito de Dios... que le daba á uno escalofríos... ¿Qué, acaso va á quitarnos el sueño esta noche también? pensé; porque he de decirle á usted, caballero, que hasta fines de Octubre vivo en el desván del pabellón, por encima del cuarto amarillo, con el único objeto de que la señorita no quede sola durante la noche en el fondo del parque Ha sido capricho de la señorita el pasar el verano en el pabellón, por parecerle sin duda más alegre que el castillo, y, desde hace cuatro años que está construido, nunca deja de instalarse en él cuando comienza la estación florida. Al asomar el invierno la señorita vuelve al edificio grande por no haber chimenea en el cuarto amarillo Estábamos, pues, en el pabellón el señor Stangerson y yo No hacíamos ruido alguno; él estaba sentado ante su mesa de trabajo; yo, en una silla, ya terminada la tarea, le miraba, didéndome: ¡qué hombre, qué inteligencia, qué saber! Do mucha importancia á esto de que no hacíamos ruido alguno, pues por eso mismo debió de creer el asesino que nos habíamos marchado ya. De repente, al cantar el cuco la media, un clamor desesperado partió del cuarto amarillo; era la voz de la señorita, gritando: ¡Socorro, que me asesinan! A raíz de estos gritos se oyeron tiros de revólver, muebles tirados al suelo, como durante una pelea, y de nuevo la voz de la señorita, gritando: ¡Socorro... que me asesinan... ¡Papá, papá I Figúrese si nos precipitamos hacia la puerta el señor Stangerson y yo; mas, ¡ay! estaba cerrada por dentro cerrada por la señorita, como ya le he dicho á usted, cerrada con llave y corrido el cerrojo. Tratamos de forzarla, pero era muy resistente. El señor Stangerson estaba como loco, y, la verdad, había motivos para ello, pues se oía á su hija seguir diciendo, ya con voz más apagada: ¡Socorro... ¡Socorro... Mi amo daba golpes terribles contra la puerta; lloraba de rabia, de desesperación y de impotencia. Tuve entonces una inspiración. -El asesino habrá entrado por la ventana- -exclamé; ¡voy á la ventana! -Y salí del pabellón, corriendo como un loco. Por desgracia, la ventana del cuarto amarillo da al campo, de suerte que el muro del parque que acaba en el pabellón me impedía llegar en seguida á dicha ventana. Para llegar á ella era menester salir primero del parque. Corrí hacia el lado de la verja, y en el camino encontré á Bernier y á su mujer, los porteros, quienes acudían, atraídos por las detonaciones y por nuestros gritos. Con pocas palabras les puse al corriente de lo que sucedía; dije al hombre que acudiera á asistir al señor Stangerson, y á la mujer, que me abriera la verja delparque. Cinco minutos después, la portera y yo estábamos ante la ventana del cuarto amarillo. La luna alumbraba muy claramente, y vi que nadie había tocado á la ventana; no sólo estaban intactos los barrotes, sino que las maderas, detrás de los barrotes, estaban cerradas, tal como yo las había cerrado la víspera al anochecer, según costumbre diaria, á pesar de haberme dicho la señorita que, para no cansarme más, pues era mucho lo que tenía que hacer, ella se encargaría de ese cuidado. Así estaban las maderas, como yo las dejé, sujetas por dentro con una aldabilla. De modo que no había podido escaparse por allí el asesino; pero tampoco yo podía entrar... Nos perseguía la mala suerte; con mucho menos hay bastante para volverse loco; la puerta del cuarto, cerrada con llave por dentro las maderas le la única ventana, cerradas también por dentro y, en- lo las maderas, los barrotes, intactos, barrotes por entre los caales no pasaría usted el brazo, caballero... ¡Y la señorita pidiendo socorro... O, merjor dicho, ya no se la oía... Quizá estuviera muerta... Pero lo que sí se oía eran los golpes que el señor seguía dando contra la puerta para tratar de abrirla... De nuevo emprendimos la carrera la portera y yo, regresando al pabellón. La puerta seguía resistiendo, á pesar de los esfuerzos aunados de mi amo y de Bernier. Por fin, cedió bajo nuestros furiosos embates, y entonces, ¿qué vimos? He de decirle á usted que, detrás de nosotros, la portera alumbraba con la lámpara del laboratorio, una lámpara poderosa que iluminaba toda la habitación. También tengo que añadir que el cuarto amarillo es de reducidas dimensiones. La señorita lo había amueblado muy sencillamente: una cama de hierro bastante ancha, una me sa le noche, un lavabo y dos sillas. Merced á la gran claridad iue arrojaba la lámpara, pudimos abarcarlo todo de un solo golpe de vista. La señorita, con sólo su camisa de noche, yacía en el suelo en medio de increíble desorden; los muebles esaban caídos, probando que había habido lucha. Seguranente habían sacado á la señorita de su cama; estaba llena ie sangre, con terribles arañazos en el cuello; tanto, que- asi estaba arrancada la piel; en la sien derecha, un agujero) or el cual salía sangre, formando ésta un charquito en el) iso. Al ver á su hija en tal estado, el Sr. Stangerson se precipitó hacia ella, dando un grito que inspiraba lástima; notó iue la desventurada respiraba aún y sólo se ocupó de ella. Nosotros nos pusimos en busca del asesino, y puede usted reer, señor mío, que, de haber dado con él, no le hubiera ido) ien. Mas, ¿cómo explicar que no estuviese allí, que se hubiea marcl ado... ¿Qué pensar, qué imaginar... ¡Nadie bajo a cama, nadie detrás de los muebles, nadie, nadie! Sólo henos hallado su rastro; las huellas ensangrentadas de una ancha mano de hombre sobre la pared y sobre la puerta, un amplio pañuelo todo manchado de sangre, sin inicial alguna; una joina vieja, y, en el entarimado, la señal reciente de numerosos pasos de hombre. El que por allí había andado tenia grande el pie, y las suelas dejaban una especie de hollín negruzco ¿Por dónde había entrado aquel hombre? ¿Por dónde había desaparecido? No olvide usted, caballero, que no hay chimenea en el cuarto amarillo. No podía haberse escapado por la puerta, que es muy estrecha, y en cuyo umbral estaba la portera con la lámpara, mientras el portero y yo buscábamos al asesino en aquella reducida habitación, en donde es imposible esconderse y en la que no encontramos á nadie. La puerta, pegada contra la pared, no dejaba hueco, cosa que también examinamos. Por la ventana, cerrada con sus maderas, y por los barrotes, intactos, ninguna huida era posible Entonces, ¿qué pensar? Ya comenzaba á creer en el diablo. En el suelo descubrimos mi revólver Sí, mi propio revólver... Semejante hallazgo me devolvió el sentimiento de la realidad, pues no hubiese necesitado el diablo mi revólver para matar á la señorita. El hombre que tal crimen acababa de cometer había comenzado por ir á mi habitación y en ella había tomado mi revólver para cometer el asesinato. Entonces, examinando los cartuchos, vimos que faltaban dos. La verdad, señor mío, grande ha sido mi suerte al estar con el señor Stangerson en semejante momento, pues, con esa historia del revólver, no sé en qué hubiera venido á parar el asunto respecto de mí; seguramente que á estas fechas estaría ya encarcelado no necesita más la justicia para enviar á un hombre al cadalso. El redactor de Le Motín añadía por su parte: Hemos dejado, sin interrumpirle, al tío Santiago referirnos toscamente lo que sabía del crimen del Cuarto amarillo Hemos reproducido las expresiones empleadas por él; únicamente le hemos ahorrado al lector las repetidas exclamaciones con que adornaba su relato. Queda sentado, tío Santiago, que quiere usted mucho á sus amos; necesita usied qui la gente lo sepa y no cesa usted de repetirlo, sobre todo desde el descubrimiento del revólver. Está usted en su derecho y, por nuestra parte, ningún inconveniente vemos en ello. Muchas más IHiUMHIHII! 1 TIIIMmnmiHIB; Tiai: nnr n