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A B C MARTES i5 DE FEBRERO DE 1910. REDICIÓN a. PAG. 4 Toda esta pasión no es, en fia de cuentas, más que un recrudecimiento de la antigua propensión española á la rivalidad, al cantonalismo y á la guerra vivil. Es la continuación de las peleas de nuestros oñacinos y gamboinos vascos, paisano Maeztu. Todo esto no tiene profundidad ni trascendencia civilizadora. Señor Maeztu, usted eonserva siempre una gran influencia francesa. Cree en las agitaciones populares, cree en Michelet, tiene usted un espiritualismo á la francesa, puramente lírico. Pero usted no ignora que el francés es duple: hay el francés práctico, y el francés á lo Víctor Hugo. El francés víctorhuguesco puede lauzar cuantas tonterías líricas quiera, porque á su lado está el francés práctico, que cultiva, trabaja, ahorra 5 nunca acomete locuras. Tiene usted también la obsesión del pueblo. Pero eso del pueblo lo inventaron los griegos. Ahora bien; en Atenas había unos cientos de ciudadanos libres y ociosos, y unos millares de esclavos que trabajaban; allí el pueblo significaba algo. Modernamente, el pueblo no existe. Del pueblo sale todo, de él venimos nosotros- -yo vengo directa y próximamente de su misma entraña; -pero como entidad consciente, ni siquiera como simple entidad, no podemos hablar del pueblo. Son unos cuantos hombres los que piensan y obran por el pueblo. Y á estos hombres me refería yo cuando pedía un hombre, un partido, que guiasen á España. En cuanto á esas cosas de renacimiento, de reforma religiosa, etc. tengo yo mis opiniones particulares. Yo creo que no fue la guerra contra los árabes, ni la inquisición, ni el gobierno de los Austrias, quienes contuvieron el Renacimiento y la Reforma en las fronteras de España; la guerra contra los árabes, hasta hubiera sido un bien, por lo que tienen las guerras d acción removeco ra y entusiasta. Mi opinión es que España padece de dos males: uno es la pobreza climatológica del centro de España, y otro, el alejamiento de Europa. I,o s dos males son JataUs, lo que quiere decir, amigo Maeztu, que yo no ten go inconveniente en declararme fatalista. I a pob ez de España alejó siempre á la civilización, y su posición apartada alejó á España de ia civilización. Claro es que nunca faltó en absoluto una miaja de civilización; pero no hay que tenerla en cuenta si la comparamos con el trajín comercial, industrial, artístico, político, de Francia, Italia, la cuenca del Rhin y Flandes. Sólo las costas levantinas eran abordables á la cultura europea; sólo ea Andalucía se conservó siempre un resabio de la antigua civilización bética, fenicia, romana y árabe. I a costa cantábrica, poblada de rudos marineros, apenas daba acceso á ese inmenso centro español, elevado en meseta, distinto en todo al resto de Europa, con una topografía, un clima y una agricultura completamente originales. I as ideas, las pasiones, la vida de Europa, llegaban cansadas al borde de España, y aquí se desvanecían. Si cuando los Austrias tuvimos alguna civilización fue porque los Austrias intervenían en los negocios de Europa tan directamente. LOÍ Austrias nos prestaron brillo, nos hicieron viajar por Francia, Flandes é Italia, y de Italia traíamos el arte y hasta las palabras que faltaban á nuestro idioma. España se vistió entonces á la europea. ¿Por qué fracasó todo aquello... Por causas fatales: por la pobreza española, por la imposibilidad de España para una producción abundante, dada la parquedad fatal de su gran centro, en donde no caben los cultivos rodados, ea donde no llueve, en donde es imposible trabajar como los aldeanos aquellos de Mieheler, que gritaban arre, Prusia; arre, Alemania y otras bellas frases á lo Michelet. El mismo oro indiano no era suficiente á cubrir el déficit ocasionado por la pobreza española. Después de luchar contra los eternos déficits, loa Reyes de España fracasaron, fueron vencidos, y nos quedamos otra vez olvidados en este rincón. Por eso pedía yo que nos acercasen á Europa, por medio de ferrocarriles y de otros arbitrios, y que nos desasnasen por conducto de las escuelas y, sobre todo, de los maestros. Crear lazos de comunicación y continuidad para que penetrasen los instintos de lu ro, de ambición, de competencia, para que nos desperezáramos. Después vendría lo demás. Y eréaine el Sr. Maeztu: los fenómenos rio se repiten en la historia. El renacimiento y la reforma surgieron donde tenían que surgir, y ya no surgirán más; vendrán otros fenómenos; pero aquellos mismos, no. Además, para los efectos intelectuales ó espirituales, ocurre como con las cosas materiales: el ferrocarril lo practican en Inglaterra, y los demás pueblos lo utilizan bonitamente. Pues bien; sobre las escuelas y sobre la política no es preciso cambiar de sistema ni hace falta promover una revolución para fundar un colegio modelo; están creadas las cosas, y basta adaptarlas. El Sr. Dato, conservador, implantó la reforma sobre accidentes del trabajo, que como reforma e bien revolucionaria; no se conmovieron los cimientos de España, nadie protestó, nadie se lanzó á las barricadas ó al monte. Como ésa pueden hacerse otra multitud de reformas. Pero el Sr. Maeztu me saldrá con el santo de los fundamentos espirituales, con la cuestión de las ideas capitales que han de llenar el alma de las sociedades: yo le replicaré que ése es asunto de otro negociado, y que eso, tanto puede surgir á priori como á postenorí. No porque en Francia é Inglaterra ocurran las cosas de un modo han de ocurrir siempre y en todas partes lo mismo. El peor inconveniente de Ramiro de Maeztu es que piensa sobre los libros ó artículos de revistas y de periódicos, pero no sobre las cosas y sobre su misma conciencia. No es objetivo, no confronta sus teorías con la realidad de su misma vida. De ahí su idealismo pegadizo, de ahí el peligro de sus campañas. Es un partidario que compromete á su partido por su ceguedad en el ataque, por su fogosidad en los articulados de su fe. Como no es talento de experiencia, como no vive sus ideas, no tiene el sentido de la relatividad y del término medio; ignora esa sutil y desconcertante red que enlaza irónicamente las más diversas teorías é impide toda afirmación demasiado contundente. El no sabe amar sin odiar, no afirma algo sin negar algo. Si es idealista, krha de ser de un modo exagerado, casi brutal; llegará á negar la ciencia, la realidad, todo, por su pasión del ideal puro. Tiene alma de inquisidor, pero de inquisidor voluble. I a actual política, amigo Maeztu, es hija de la pereza; no me convencerá usted de lo contrario. Y la pereza española nace de causas materiales, como es la pobreza, y por ende la ignorancia. Contra esas causas no hace falta traer el Renacimiento y la Reforma, sino mejorar hasta lo que alcance, las condiciones productivas de España, acercarla á Europa y dotarla de buena enseseñanza, ó digamos vulgarmente escuelas. Creo que todo esto es fácil de hacer, que todo eso se trae é instaura como una máquina eléctrica, un tranvía ó un aeroplano; basta una corriente de buena voluntad en algunos hombres buenos. ¿Cómo se consigue tal corriente? Me dirá usted que con una gran pasión política. Si esta política ha de ser honda, nueva y sincera, yo seré uno délos primerosquela rindan homenaje; pero si ha de ser política de bambolla, de parlamentarismos, de exhibiciones, de juego, de pereza, entonces vayase con ella. Creo que España se salvará por las ciudades y comarcas que la comunican con Europa, ó dígase el mundo, y que la arrastrarán á lá civilización: por un hombre ó un grupo de hombres que aprovechen un periodo de calma, de cansancio ó de distracción de la nación para introducir costumbres é instituciones transformadoras, medios de trabajo y otros efectos. Después, metida la civilización material, si cabe la palabra, el alma española aprenderá á pensar, á opinar, á discurrir; se harán bfcienos libros, buenos sabios, y todos los fanatismos de ahora desaparecerán y tendremos Renacimiento y Reforma... Veamos una parábola. Había cierto labrador que araba con un arado deficiente, y sus cosechas eraa cortas; y había otro labrador cercano que araba con un hermoso y complicado instrumento, y sus cosechas colmaban los trojes. Entonces vino Maeztu y le dijo al maliabrador: -Ponte á pensar, reúne á tus hijos, mata á alguien, escribe un gran libro, inventa un arado, y tus cosechas serán opimas; mientras no tengas áptitud para inventar y construir un arado, no serás nadie. -Entonces el mal labrador exclamó: -Señor, ¿no sería lo mismo que adquiriese hecho un arado come el de mi vecino? -En efecto, el mal labrador fue al mercado, en- contró muchos arados hechos y compró uno, pues para comprar un arado siempre hay dinero; y, es claro, cultivó bien su tierra, y le salió mucho trigo, y ganó mucho dinero; y entonces no inventó un arado precisamente, pues no hacía falta inventarlo: inventó otra cosa- cualquiera... unas tijeras. JOSÉ M. a SALAVERRiA. XTUEVAS DECLARAC 1O NES DEL SR. CANALEJAS J te Temps llegado ayer á Madrid publica las siguientes declaraciones del presidente del Consejo: Soy en el Poder lo que fue siempre el más radical de los monárquicos, y el Rey no- ignora mi significación y mis proyectos, que le he expuesto gy continúo exponiéndole extensamente Pero attn aportando conmigo un programa, radical, no dispongo de un partido adecuado, el cual deberá stirgir de las fuerzas liberales, actualmente desorganizadas. I, as próximas elecciones, en las cuales, lejos de utilizar la yieja máquina electoral, aseguraré la absoluta sinceridad del sufragio, decidirán. En primer término debo abordar el problema religioso, conforme á mis compromisos y á mi actitud constante de 1898, 1902 y 1906. Me consideraría políticamente caído si lo dejase sin solución. También el señor Moret pretendió resolverlo, pero partiendo del principio erróneo de una reforma de la Constitución y de una negociación previa con el Vaticano. Yo creo que esta cuestión debe ser objeto inmediato de una iniciativa gubernamental en forma de decretos, y luego, de una legislación sin necesidad de modificación constitucional. En cuanto á las negociaciones e. itabladas con el Vaticano por mis predecesores, las continuaré en atención á las consideraciones diplomáticas debidas á toda potencia reconocida; pero si fracasasen recobraría mi libertad de acción. El segundo problema capital es el de la enseñanza, de la cual tan necesitada está España, pues sólo la instrucción forma los verdaderos ciudadanos. Haré todo lo posible por remediar la falta de escuelas, y sobre todo el personal de enseñanza. Muy fácil es de orga izar con prontitud la enseñanza técnica profesional para dar valor á las cualiciaaes naturales de los obreros un iiaii