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CRÓNICA DE PARÍS FEBRERO, igw pocos asuntos preocupan á las damas con la intensidad que las preocupa la cuestión de los peinados, y convengamos en que tienen para ello razón sobrada. Una toilette puede sentar mejor ó peor; un sombrero, agraciar ó desfavorecer; pero el peinado tiene por sí solo poder suficiente para cambiar radicalmente la fisonomía, hasta el punto de que pueda desconocerse á una señora, aun por los amigos de mayor intimidad. Hace una docena üe anos, ia cuestión peliaguda no tenía tan magnas proporciones como actualmente. ¿Eramos menos coquetas hace doce ó quince años? No puede decirse; pero es innegable que hoy ponen las damas más exquisitos cuidados en llevar sus cabecitas perfectamente adornadas por fuera. Algún malicioso dirá que esto obedece, sin duda, al afán de que pase inadvertido lo poco adornadas que están interiormente por regla general. Pasó el furor del peinado griego, que á no pocas- sentaba á maravilla, aunque á otras as hacia un lastimoso conjunto. El peinado de moda, el que llevan y lucen- -ahora todas las elegantes, es el pemado romano, ó peinado Récamui, muy voluminoso, aunque no se parece en nada al de aquella gentil dama. Es un peinado que se nace generalmente por medio de postizos, formando una especie de casquete lleno de ciepé, y que parte del occipucio para terminar en la frente, quedando sujeto por medio de una cinta de goma que ciñe la cabeza. L, uego se prepara an largo mechón de postizo, el cual envuelve la cabeza en forma de turbante ó guirnalda. El gran chic consiste en fijar dicho mechón en el casquete con gruesos alfileres ú horquillas de concha amarilla ú obscura, üegúrt el matiz de los cabellos. Dichos alfileres, redondos ó cuadrados, se colocan delante simétricamente. zTOILEJTE PAT A PASEO Si no se exagera, este peinado resulta gracioso; de lo contrario, produce muy mal De fino paño líber ty, color gris plomo. tfecto ver sobre un grácil cuerpecito una Graciosa falda, muy larga, plegada y anuda t norme cabeza. da artísticamente. Corpino ricamente adornado con incrustaciones de plateado y bordados de estamos en épocas de comidas y banqur tes. I a encan adora costumbre de de- cristal y pi onunciadamente escotado sobre un corar las mesas con flores establécese cada camisolín de gasa y encaje. vez más. En las ciudades es fácil hallar floSombrero chambergo, de terciopelo gris, adorres en puestos y tiendas; pero en el campo, nado con espléndida pluma amazona, durante los primeros meses del año, el asunto presenta mayores dificultades, y hay que i ecurrir á los follaj es persistentes. Y si ni aun mago protector entrego un cofrecillo enoe éstos puede disponerse, queda sieaipre cantado. El amable genio aseguró á su proel muérdago, que e encuentra por todas tegida felicidad perfecta, con tal de que obepartes y con el que puede decorarse linda- deciese punto por punto sus órdenes. l, as mente una mesa, formando una guirnalda condiciones señaladas al feliz cofrecillo con ramitas de muérdago y poniendo otras eran: esparcidas de trecho en trecho, en vasos Primera. No abrirlo en el término de rústicos. un año. Segunda. I levar aquel cofrecillo á todas V ZCONDESA. B. D E NEU 1 LLY sus vecinas y preguntarlas: ¿Eres feliz? I a muchacha prometió obedecer á su protector, y una vez terminadas sus labores LA FELICIDAD marchaba diariamente á visitar á sus amixiste un arte al alcance de todos, y por gas y vecinas; planteábales la indiscreta el que todos suspiran, que no se estu- pregunta, y todas, sin excepción, contestadia en libros ni colegios, sino en la propia ban negativamente. Una tenía un marido casa, para mayor facilidad: el arte de ser di- brutal; otra, un niño atacado de incurable enfermedad; la tercera era ppbre; la cuarta, íhoso. Siempre será de oportunidad el cuento celosa; ésta, inquieta por sus asuntos; aquéoriental de la joven labradora que se creía lla, atormentada por la salud de sus parienhorriblemente desgraciada, y Á quieu an tes. Poco a poco, la joven labradora fue dán- dose cuenta de que sus de gracias eran mínimas, comparadas con las que podían ocu rrirle aún. Al cabo de un año, y gracias i sus paseos cuotidianos, su salud era inme jorable y su razón serena, y atribuía al piecioso cofrecillo aquellos dones que desde mucho antes poseía sin haber fiiado su atención en ellos. Por eso, cuando llego su protector el mago, corno á su encuentro exclamando: -Mejuzgo muy feliz al lado de todas mis amigas. Todas persiguen algo quimérico, dinero, amor ó ambición; yo sola, gracias sin duda á mi cofrecillo, estoy tranquila y cumplo mis deberes lo mejoi que me es posible; cuando tengo un pesar lo ofrezco á Dios ett compensación de ñus defectos, y me tranquilizo y me ju ¿go privilegiada. Permitidme, pues, abrir mi cofrecillo para ver en qué consiste la felicidad. El mago protector entregó una llave á su ahijada y siguióla risueño cuando se apresuró á abrir la encantada cerradura. Pero juzgúese de la decepción de la labradora cuando observó que la caía estaba vacía. -Iva felicidad, querida niña- -dijo, -te la forjabas diariamente á tu antojo, después de tu trabajo, comparabas tu vida con la de tus vecinas, y escudriñando su corazón y no la apariencia de su fortuna, comprendías que no es oro todo lo que brilla, y que á nadie faltan pesares... ¿Apreciarías las alegrías si no hubieses sentido los dolores? Sabrías reír si no hubieses llorado nunca? ¿Tendrías conciencia de tu buena salud si no hubieras sentido la punzada del doloi? El sabio hablaba como un sabio, pues, en efecto, el arte de ser dichoso estriba en esta tórmula: Mira en torno tuyo y compara. pero no mires las apariencias, sino el fondo del corazón. Todos poseen, aun sin saberlo, el secreto de este arte, y en unas mujeres se llama amor al trabajo y en otras, amor al hogar coronando todas las cualidades coa esa flor que las mujeres saben siempre cultivar y que se llama resignación M. O, RECETAS CULINARIAS üerenjenas íellenas. Tómanse tres ó cuatro de estas legumbres, se lavan bien y se parten á lo largo en dos psdazos, y luego á cada mitad se le practica un hueco como de jiña nuez. Se prepara un picadillo de tres ó cuatro berenjenas cocidas, unos pedaciíos de tocino, miga de pan rallado y empapado en leche, un pedazo de queso rallado y dos ó trea huevos crudos bien batidos. Se pone todo esto á freír un poco ea una sartén con manteca, y cuando esté bien seco todo se saca, se deja enfriar un poco y se rellena con esta masa los huecos hechos en las berenjenpü. Se rebozan luego con harina amasada con huevos y se ponen á freír, sirviéndolas con azúcar y canela. perdices á la tártara. lluego que se han desplumado, limpiado y chamuscado se parten por eu mecho se empapanen manteca derretida. se cunea con miga de pan y se espolvorean con pimienta, sal y hierbas aromáticas; se asan en parrillas á fuego lento, y se sirven con salsa picante que contenga buena mostaza. B