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ABC. MIÉRCOLES sg D E E N E R O D E 1910. EDICIÓN i. PAG, dormido en tina ciudad que llaman Posadas y que se eleva en un promontorio sobre el ancho río Paraná. Las casas tienen patio florido, á la andaluza, y en las barriadas se hacina una población casi india. Viven en cabanas de cañizos, rodeados de naranjos, y se pasan el día tomando mate. ¡Para qué desean trabajar! Son felices, porque el clima es feliz. El trabajo es una invención de los parajes fríos. El frío es un dolor, y el hombre necesita defenderse de ese dolor con los recursos del trabajo. Mientras que los climas cálidos por sí mismos traen la dicha. Al ir camino del puerto me he detenido á contemplar el panorama del río, que se espaciaba hacia el Oriente. Las islas flotaban sobre el espejo plateado del agua, bajo el torrente de luz del sol de la mañana. Ancho rio, manso y ancho como un lago... Bendigo á la Fortuna, que me ha concedido contemplar estos sublimes ríos de América. En el puerto espera el vapor de ruedas. He aquí un puerto fluvial lleno de vida y movimiento. Los cargadores y carreteros transitan por la ribera hablando en guaraní, ese idioma infantil que los españoles no pudieron extirpar del todo. En una gran barraca de madera, hombres y mujeres toman infusiones calientes, y fuman tanto los hombres como las mujeres. Llevan éstas manto negro á la cabeza, como las mujeres devotas en España. En el piso alto de la barraca hay una carnicería; los compradores se llevan grandes trozos sanguinolentos, -montan á caballo y desaparecen por entre las arboledas. Por el río navegan bateles largos y ligeros, parecidos á piraguas; una lancha pasa distante, y su vela blanca traza en la serenidad de la mañana un rasgo de infinita belleza. Enfrente se eleva la costa del Paraguay, toda cubierta de selva; en la obscuridad del bosque blanquean algunas casas. Salimos á buena marcha, rio abajo. Tengo mi camarote sobre cubierta; pero me ahogaba allí dentro y he buscado la parte más alta, desde donde poder contemplar la hermosura grandiosa de este ancho río Paraná. íOh selvas, oh ríos, oh extensión de este incógnito continente! Vosotros fuisteis heridos por la voz castellana del conquistador, y los muros de lianas de vuestras espesuras tuvieron que abrirse al golpe de las espadas españolas. Nunca, como aquí, se siente uno orgulloso de ser hijo de aquella casta heroica, homérica. Vamos por el río abajo. El río es tan terso y liso como un espejo de plata. Del centro del río emergen islas frondosas. En una cualquiera de estas islas, ¡qué divinamente se podría dejar pasar la vida! Yo desembarcaría, por ejemplo, y haría lo que los protagonistas de Julio Verne. Cazaría patos, loros y grandes aves; pescaría peces dorados, dormiría bajo un toldo de cañas, vería alumbrar las auroras, acostarse el sol de oro, amanecer la luna. En realidad, la verdadera vida es la que nos pintan nuestros ensueños. La otra, la vida positiva, es un hilvanamiento de paradojas y excentricidades. Llega la hora del almuerzo, y mientras voy comiendo, la costa se ha acercado á pocos metros y puedo contemplar de cerca los árboles exóticos, Jos ceibos de flores rojas, las palmeras, las cañas tacuar, altas y finas, sumamente graciosas, parecidas á las hojas alargadas del helécho. Más tarde, el aire se ha acabado y el calor es total. Ni un soplo de brisa. El río está terso como una lámina de metal. Afortunadamente, la frondosidad de las riberas, la frescura de los bosquecillos flotantes, le prestan al ánimo una ilusión de primavera; y es bien sabido que lo tínico evidente es la ilusión. Unas son islas pequeñas, como puestas allí artificialmente para servir de adorno; atrás son islas grandes, largas, tupidas, impenetrables. Las grandes aves eruzan los brazos del río; algunos patos rastrean el agua y se zambullen en los cañaverales! Cuando se aclaran las islas, entonces el río aparece en su grandiosa extensión, ancho como de dos ó tres kilómetros. El ol se. ha cansado de quemar y se acuesta sobre los bosques. Es el instante en que el ocaso se muestra como un gran incendio. El disco de fuego roza los cañaverales; un reguero rojo cruza el río en forma de violento trazo. Más tarde... Pero es imposible expresar la finura de los matices del cielo en estos crepúsculos tórridos, ni el tono del agu? profunda y tersa, en el último momento del crepúsculo. Como es imposible ponderar la calma, la serenidad de la hora, el silencio de las selvas despobladas la suspensión del aire denso y tibio, el imprevisto lamento de un ave, la aparición áe laüprimera estrella... Noche de calma, noche embalsamada y llena de misterio. Las estrellas se reflejaa en el río, y yo no sé dónde está el cielo, si á mis pies ó á mi cabeza, ó si todo lo que me rodea es cielo. El aire es suave y caliente. Trepida el buque al marchar. No se oye á nadie, no sé siente nada ea el mundo, sino ese latido de la máquina del buque. Y hacen un efecto fantástico, inmensamente extraño y bello, los bosques obscuros que se reflejan en el río. La luna creciente sube de la selva. Es una luna encendida, casi roja, que se levanta á proa del buque y riela en la serena agua... Me he dormido muy tarde. Pensaba en aquella remota España, adonde arribaré pronto; aquella España en donde caerá nieve, en donde hervirán las pasiones y las gentes se mirarán unas á oirás con íntima rabia; España, nación de lucha. Me he dormido pensando en el capricho de la fortuna, qué nos invita con la paz de estos ríos frondosos, y, sin embargo nos empuja secretamente al dolor de la lucha. JOSÉ MARÍA SALAVERRIA Corrientes. Diciembre, i 5 190.9, creído que el nnuVJo entero quedaría perplejo, maravillado, lleno de impaciencia y curiosidad... ¡Oh! ¡Es feliz este pobre hombre, que se figura ser el más grande de los literatos habidos y por haber... Soberbio y presuntuoso, se lo ha dicho á añ periodista que corrió á verle para oonfeccionar la inevitable interviú, á fin de comunicar al público noticias tan interesantes como las de que el novelista ha tardado cinco meses en escribir esta novela, que sólo trabaja de noche, que se levanta tarde y que usa tal ó cual tintura para la barba... -La mayor parte de los escritores- -dijo despectivamente el maestro- -no utilizan más de setecientas ú ochocientas palabrasMi léxico, en cambio, es mucho más rico... Yo he empleado hasta ahora en mis obras más de quince mil palabras distintas... ¡Y cuántas he resucitado! ¡A. cuántas di vida! ¡A cuántas consagré con acento y significa do nuevos! ¡Es asombroso! Sí, sí... Verdaderamente es asombroso que haya quien le aguante... La mejor crítica de la nueva novela de D Annunzio la ha hecho una dama italiana, que al saber el título de la obra se permitió decir al autor: lo! No me gusta. Parece Un juego de palabras... Algo así como Funicult, lunkula... Todo el mundo se echó á reir, y D Aununzio, desesperado, corrió á casa del editor para variar el título... Pero ya no podía ser... La tirada estaba lista y gran parte de la edición camino de América... Pero las carcajadas con que la gente acó gió la graciosa ocurrencia de aquella dama resuenan- todavía en los oídos del divino poeta, que se vio un instante en ridículo... y sintió miedo. ¡Bah! Tranquilícese el grande hombre En Italia no tiene nada que temer, porque la Prensa se ha propuesto hacer de él un genio... ¡Pero fuera de Italia... ¡Si supiera el Signar DfAnnunzio lo que se ríen las gentes discretas de su literatura de organillo y mona... Dostand! ¡D Annunzio! ¡Bendito sea Dios! Si en este siglo de la reclame y las grandes tiradas periodísticas surgieran por casualidad un Gcethe ó un Víctor Hugo, ¿qné haríamos con ellos? JOSÉ JUAN CADENAS Berlín, 1- 910. ¿Forse che si, forse che no? ¿Vaya un títu T DE NUESTRO CORRESPONSAL A B CEN ARG 2 L! A p L R 1 F EN PERSPECT 1 VA En mi artíesslo a e o r anterior, tí i d i l sobre este mismo tema, prometí indicar los medios de vida que podrían desarrollarse en los territorios del Rif, en el supuesto de que el Gobierno de España se decida á beneficiarlos. Lo que voy a decir es el resultado de observaciones propias y de referencias que creo exactas; p ero up de lecturas de trabajos acerca del Rif, que no sé si existen, porque no me he tomado la molestia de buscarlos. Téngase esto en cuenta para perdonarme los defectos que se descubran en mi humilde trabajo, que si es malo, es, en cambio, altruista. El clima de la región es templado en general y muy semejante al de la costa opuesta, el Sur y Sudeste de España. Los grandes calores que se experimentan en el Centro y Sur del imperio, por su proximidad al Sahara, nó llegan al Rif; sólo los contados días que sopla el siroco, el viento del desierto, son muy calurosos. Los naturales de las provincias españolas de Levante, que son los que dati mayor contingente á la inmigración en Argelia, se encontrarían en el Rif, 1 desde este puuto de vista, como en su tierra Los agricultores y horticultores encontrarían ancho campo donde desarrollar sus iniciativas, pues la margen izquierda del Muluya y las dos orillas de los numerosos ríos que bañan la región, tales como el Zeluán, el Afra, el Caballo, el Kert y otros me- DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL -Misiones montado en un carrito polaco. El cochero era e la provincia de Pou enia. Tales paradojas pueden únicamente comprobarse en este país de la Argentina, pozo hirviente adonde caen todas las heces del cosmopolitismo. Treinta y tantas leguas de carro polaco es ana cosa que pone pavor en el alma. Son anos carros estrechos, bajos, sin muelles, que los colonos polacos se han traído consigo á América y que corren por estas llanuras onduladas del Estado de Corrientes con la misma ligereza que en la estepa rusa. Corren mucho, saltan los baches veloces, llegan pronto á su término; ¡pero á qué costal El euerpo se rinde, la vibración continua hace saltar los sesos y uno teme volverse loco á cada momento. Y encima el sol, este sol subtropical, que quema como un incendio; y el polvo además. Pero al fin he llegado al término del viaje, porque todo en este extraño mundo se acaba, lo bueno lo mismo que lo malo. He PASEOS POR AMERICA AVEGANDOPOR LOS H e atravesado N GRANDES RÍOS el territorio de IMIÍJfflBIFlEl? OTFTOHlWiin IBlIHhll. lIMIlumunTiBUIIinilnUMTll H U j i n M i i i r n t r- n n