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A B C MIÉRCOLES j DE ENERO P E 1910. EDICIÓN 1. PAG. 4. Alemania cuenta reunir esa suma echando mano de las reservas metálicas del Reichsfoann- -mil millones aproximadamente, -suprimiendo los capítulos destinados en tiempo de paz á iasínceión y obras públicas, y uniendo todos estos recursos al tesoro de la guerra ¿que se conserva en la Torre de Spandan... Por eso el senador Humbert lanza la voz de alarma, y al descubrir los trabajos del Gobierno alemán pregunta al Gobierno francés si tiene adoptadas sus medidas también, y si, en caso de guerra, todos los recursos del país podrán ser consagrados á los gastos de la campaña. El artículo del senador Humbert es efectista, pero nada más. ¿Qué puede preocupar á Francia la cuestión del dinero? Los estadistas franceses no tendrán que quemarse las cejas para buscar cuatro, m seis, ni diez mil millones, como los pacienzudos ministros alemanes... Francia, que ha enterrado ya diez y ocho mil millones en Rusia y seis mil en Inglaterra- -porque todo el coqueteo del rey Eduardo se ha reducido á cobrar la entente cordiak, -tiene todavía las arcas de los Bancos abarrotadas de oro y posee, sobre todo, el más afortunado suelo de Europa, manantial inagotable de riqueza. No es el dinero e) que tienen que buscar los revanchütas... ¡Son los hombres! Lo que debía preguntar él senador Humbert á ios gobernantes franceses es si han adoptado todas las disposiciones necesarias para oponerse al avance de esa muralla humana de diez millones de soldados ebrios de victorias, hambrientos de conquistas, que marchan á la muerte convencidos de que la Germama, la matrona de fúlgida coraza y casco resplandeciente, tiene que imponer, por providencial designio, su dominación en Europa... Esto es lo que debiera preguntar el senador Humbert á los hombres de su país. Y esto es lo que debieran preguntarse también todos los latinos que no se resignen á la idea de la auerte de la raza... Porque diez millones de hombres armados, equipados y municionados, no lo dudéis, comienzan á formar en la Unter- denI, índen y, en fila, llegan á Cádiz... JOSÉ JUAN CADENAS París, Enero, POR LA RESISTENCIA Vi oque Rey- -seudónimo de una distinguida personalidad- -ha planteado en estas columnas uno de los problemas más interesantes de la política: el de transigir ó resistir. Yo mismo, muchas veces antes, y recientemente, me he ocupado del mismo asunto. Pero mientras el Sr. Rev hablaba de la política refiriéndose á una realidad concreta y determinada, él autor de estas líaeas la trataba desde un punto de vista 1 A LEVITA Y EL VOLUNdoctrinario, general, en abstracto. Yo equiparaba la política á la moral. Según mi senTARIADO EN LA CAMtir- -sentir puramente relativista, contingente, -es imposible decidir por adelantado y sin consideración á la realidad, á rea- PAÑA DEL R 1 F Innumerables son los rasgos de abnegalidad dada, á un momento social, si el político tendrá que resistir ó tendrá que transi- ción ofrecidos por nuestro, Ejército en la gir. Al equiparar la política con la moral, campaña recién finalizada; tantos, que bien desde luego se echa de ver que, paralela- puede asegurarse que cuantos organismos mente, análogamente, un moralista puede integran el Ejército han llenado cumplidasentar un canon, un precepto de conducta, mente su honroso cometido. para conformar á ét rigurosamente la vida, No ha sido en verdad baldía tal tarea, ya canon y precepto que serán admitidos y que merced á ella ha venido á renacer enaprobados por todos en el terreno de la teo- tre Ejército y Pueblo esa corriente de muria; pero que luego pueden surgir circuns- tua confianza y simpatía que tan menester tancias imprevistas, muy atendibles, alta- es á todo país que aspire á ocupar lugar en mente atendibles, que obliguen, en un caso el concierto de los civilizados. concreto (de aquí el casuismo, la labor profun- Pues bien, entre los hechos á que me vendamente humana de nuestros antiguos ca- go refiriendo hay uno que estimo preemisuistas) que obliguen á desviar, atenuar ó nente, no obstante permanecer casi ignoraanular el precepto. ¿Será necesario citar do por la excepcional modestia de los que ejemplos conocidísimos de todos? ¿No están lo realizaron; me refiero á la plausible con- en la memoria de todos las célebres sentencias del juez de Maguaud? En política sucede igual. Ahora, descendamos á la realidad concreta, bajemos á los hechos. Examinemos, por ejemplo, España, y dentro de España el actual momento de su desenvolvimiento social. Tenidas en cuenta todas las circunstancias de nuestro pueblo, de nuestro carácter, de nuestras necesidades, de nuestros deseos- -los de todos aquellos que sinceramente anhelan nuestro progreso y de nuestro bienestar; -tenidas en cuenta todas estas circunstancias, frente á este caso concreto, definidísimo, preguntemos: ¿qué política nos conviene á nosotros: la de la transigencia, el acomodo, la indulgencia, ó la de la corrección, la contención, la resistencia? Para caminar hacia un estado social mejor, para acabar con todas las lacras y corruptelas que nos infestan, ¿elegiremos la primera política, ó la segunda? La contestación es obvia y terminante. A la vista está, bien notoria, bien manifiesta, la obra del partido conservador y el reconocimiento y la simpatía que toda la parte cutta y verdaderamente independiente del país siente por los conservadores á causa precisamente de esa obra, de esa política. Un hombre hay en el partido conserva dor que se ha revelado en la anterior etapa como un gran gobernante, y que ha sido el más preciado y el mejor colaborador. de! jefe del partido. ¿Hubiera podido eite hombre realizar la notable y meritísima labor que ha realizado y llegar á la altura á que ha llegado con una política de transigencia y de dejar hacer? Estamos en un momento crítico de muestra historia; luchan por un lado las antiguas y formidables tendencias de corrupción y de laxitud; se levantan frente á ellas los deseos, las ansias, los anhelos, de saneamiento moral, de purificación de las costumbres, de estabilidad y de bienestar. En estos momentos críticos, decisivos, todo hombre de recta conciencia y de amor al país, sin vacilar, decididamente, con entusiasmo, se pondrá al lado de una política de firmeza, de energía, de inexorabilidad. No importa que clamen jr protesten y traten de desvirtuar la tendencia la masa de retardatarios y de logreros; una obra de renovación fecunda no se realiza enjsilencio y sin la resistencia de los que con el cambio serán anulados y destruidos. Lo que precisa es tener fe y decisión. Lo que precisa es poder levantarse sobre las contingencias del momento y no olvidar- -y aquí vuelvo á recordar el tema de uno de mis artículos- -que cuando se ha tomado una posición se ha de permanecer, como decía Goethe, fuertes en ella, inconmovibles, seguros de que todo lo que no sea nosotros pasará y se desvanecerá, y que sólo nosotros, en nuestra firmeza, seremos ios que adelantemos. AZOR 1 N ducta observada por los que, rodeados de envidiable bienestar, eorneron presurosos y solícitos á ofrecer sus servicios á la madre patria en peligro, no obstante hallarse ya exentos del servicio militar. Acto es ésta digno de caluroso aplauso, y más si se analizan las circunstancias que por aquel entonces atravesábamos. En los momentos en que deletéreas propagandas antimilitaristas sembraban en las filas los gérmenes de indisciplina social que sirven de lema en la bandera de malos ciudadanos que supeditan la salud de la patria á sus mezquinos y despreciables intereses personales; cuando se fomentaban en el ánimo de gentes sencillas y crédulas en extremo timideces reñidas con el sentimiento dé deber patrio; cuando los que marchaban á defender el honor nacional ultrajado eran despedidos con excitaciones que sólo podían llevar á su ánimo el más deprimente desaliento; abierta una campaña que para los más constituía un enigma y que comenzaba bajo auspicios nada tranquilizadores; cuando esa masa, de que el Ejército nunca abominará bastante, había casi conseguido arraigar entre las clases proletarias la creencia de que- el servicio y la defensa de la patria eran penosa carga que constituía patri ¡monio exclusivo de los menesterosos, viéi- onse surgir, iluminando el sombrío ambientp con resplandor, de patriotismo, grandes da España, títulos de Castilla, aristócratas y personas acomodadas de la clase media, que solicitaban cual merced ocupar modestos puestos en las filas de nuestro Ejército de operaciones; y he aquí cómo, por este modo, se logró oponer el más categórico mentís á los que intentaban llevar la anarquía á las filas del sano organismo armado, produciéndose á la vez la reacción precisa para que sobre tan perniciosos propagandistas cayese el más espantoso descrédito. Sí, hay que proclamarlo muy alto. El duque de Zaragoza, el marqués de Vallecerra- to y los otros muchos de su clase que de igual modo han servido como soldados vo- luntarios, al formar hileras tal vez con uno de sus más humildes servidores y compartir con ellos la honrosa misión de vengar la muerte de nuestros hermanos y los ultrajes á nuestra bandera, han hecho en pro de la estabilidad social y en contra del antimilitarismo lo que seguramente no hubieran conseguido los más sabios y rígidos legisladores; porque han predicado con el ejemplo, despreciando á las veces estoicamente los peligros y penalidades que por todas partes les rodeaban. Con este voluntario sacrificio de tan elevadas gentes, con el heroísmo derrochadp por nuestra oficialidad, caerán á tierra erróneos prejuicios engendrados en las masas populares por los enemigos del Ejército, y al desaparecer este ambiente de hostilidad, que como por encanto ha yenido á transformarse en admiración y respeto por el Ejército y los que perteneciendo á las clases elevadas han sabido cumplir sus de beres de ciudadanos, ha reaparecido, des pertando de su letargo, el verdadero espíritu milüar, ese que merece tal nombre cuando reside en el país y se manifiesta lo mismo en los momentos gloriosos que en la adversidad, como emanado que es del sincero é íntimo amor que todo pueblo equilibrado debe sentir por su Ejército, brazo que defiende la honra y la t anquilidad de la gran familia nacional. La patria y el Ejército han contraído, pues, deuda de gratitud con los que con su comportamiento han iniciado esta benéfica metamorfosis. No buscaban ellos, seguramente, otra recompensa que la ya conseguida: la tranquilidad de conciencia que produce el deber cumplido y eontribuir á levantar el espíritu nacional, tal vez un tanto adormecido. Mas al que se muestra de tal modo desinteresado, justo es que se le con- I H i l W l i i HIlIlliHHIIM m I11I1I UHUHH laill