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A B C MIÉRCOLES 29 DE DICIEMBRE DE U MUESTRO ENVIADO ESPECIAL. EDICIÓN i. PAG. 6. tia buscará el camino diferente. Se disper sarán. El viento del destino los esparcirá á lo largo de América, y entonces las bestias se convertirán en hombres; Unos encontrarán un rincón amable, y ajíí harán su nido; otros irán errantes, nómadas, de pueblo en i pueblo, probando todos los oficios y todas las aventuras. La fuerza que cada uno de ellos llevaba consigo sobrenadará con el tiempo, y acaso se realizarán asombrosas maravillas de evolucióc. Aquella bestia inmigrante, la que se arrastraba ea la proa del transatlántico; ¿quién sabe á qué estados de evolución podrá llegar? Cada hombre es un misterio, y en cada hoiabrs hay una fuerza oculta, cuya finalidad nadie es capaz de prever. De cualquiera de estas bestias que aquí, en el barracón, se hacinan ahora puede surgir el general dominador, el ministro poderoso, ei sublime art Sta ó el rico htcendado. ¿De qué levadura están formadas estaá repúblicas, sino de levadura inmigrante? Otros seies anónimos como éstos llegaron al puerto y fundaron estirpes. En ciertas naciones del vitjo continente se busca el origen del abolengo en ¡as glorias do la espada; pero aquí las estirpes apenas pueden remontar ía cuesta de cuatro generaciones sin tropezar con el anónimo inm. grante que comía el rancho en la proa de un buque. Los que hoy guían un automóvil ó uu cabailo alazán, las que visten trajes de seda y leen directamente á Huymans, tuvieron un abuelo tan feliz como estos pobres nombres que, rondan estúpidamente por el patio del hotei. Vieja Europa, tu destino es volcar hombres sobre estas tierras americanas. Nutrir con sangre y alma estas llanuras vacías, formar nuevas generaciones humanas. Después se sabrá 16 que sale... Si resulta algo grande, ó resulta nada más que una medianía. í José María SALAVERRiA. Bucr. cs Aires, Noviembre i8 909. f í L HOTEL DE LOS encarga de recoger á los recién llegados, darles albergue y procurar colocarles en el interior de la república. Para los que vienen sueltos y sin amparo, la nación tiene una casa en donde se hospedan durante cinco días; después los interna, y cada cual sigue su destino. Hoy era domingo y la ciudad estaba triste, con ese tedio singular de las poblaciones agitadas, cuya única y resonante alegría es el trabajo, el ruido de los negocios. Aquí está e 1 hotel. ¡Sarcasmo de los homures! ¿Por qué habíamos de darle tan presuntuoso nombre á lo que es tan mísero y desgra. iado? Llamar hotel á esta pocilga es ua ultraje ó una broma cruel. Esto es un caserón hediondo, una barraca somera, y no un hotel. La palabra hotel sugiere ideas agradables, limpias y felices; recuerda las casas donde viven los potentados, entre caloríferos, alfombras, criados y mesas bien abastecidas, ó recuerda esos otros edificios que están en las estaciones, los balnearios y las grandes ciudades, donde llegan los viajeros y encuentran las más finas comodidades de la civilización. Mientras que aquí, en este titulado hotel de los inmigrantes ¡qué limpieza, ni qué alfombras ó bellezas puede encontrar sus habitadores! Le llamaríamos albergue sencillamente, y de ese modo no habríamos injuriado ni al idioma nt á los indefensos inmigrantes. Pero disculpemos el nombre. Aquí está el notel, construido de madera, de forma circular. Situado en un desmonte, junto á las estaciones del ferrocarril del Retiro, entre locomotoras que silban y trenes que pasan corriendo, este hotel de inmigrantes tiene tm prodigioso parecido con las plazas de toros de España; hasta los edificios ó barracones adyacentes contribuyen á la semejanza, pues hacen las veces de los chiqueros Y esos que venden frutas y golosinas son los mismos que ahí en España se colocan á las puertas de los circos taurómacos, dándole al público pasto de naranjas, cacahuetes y altramuces. Pero allá, dentro de los circos, hay toros bravos que mugen; aquí hay un rebaño de personas inofensivas. No hacen daño, no matan. Podemos ntrar sin temor. Un olor pestilente nos saldrá al encuentro: olor á rebaño, olor á multitud, olor á niseria de personas juntas. ¡Qué mal huele la humanidad cuando se apelotona! Por la salvación de la especie, huyamos del apelotonamiento. El hombre no puede ser rebaña: en cuanto se apelotona huele mal y se convierte en cosa inmunda. j tro ya la repugnancia del olor ha psdiao eucerse; ahora les toca á los ojos sufrir. Terrible padecimiento de la mirada. Aquí tenemos un patio circular; grandes puertas dejan ver el interior de las zahúrdas; y en cada zahúrda hay un sinfín de literas acopladas y superpuestas, como en los transatlánticos. La njisma escena de los transatlánticos se reproduce en este hotel: parece un buque que se ha metido en tierra firme. El mismo olor pestilente y sudoroso, el mismo hacinamiento, idéntico aspecto de hospital ó de cuartel. Ropas sucias tendidas en desorden, mujeres tumbadas como fardos, hombres que fuman en silencio, un viejo que mordisquea un pan, un niño que jueg, a, otro que llora, otro que chilla. Las naciones, mezcladas: el italiano, cruzándose con el español; el ruso, con el sirio. Y allá arriba, en una litera alta, un individuo blsii traieado. vestido de negro, con -ÍÑMÍG 5 ÁÑTHS Hay en Buenos Ai- t sombrero hongo, sentado en una mecedora, está mirando fijamente á la pared, como si buscase en la paren la solución inextricable del enigma de su vida. ¿Qué haré? ¿Adonde iré? ¿Qué he sido hasta hoy? ¿Qué seré desde mañana? ¿Acaso la muerte, acaso el dolor, acaso la fortuna... Todas estas interrogaciones está proponiéndose ese hombre que mira fijamente á la Dared desde lo alto de su litera. i Una mujer peina sus cabelles gra sientes en ua rincón. Media docena de rusos hablan en voz baja, próximos á la puerta. Hablan un lenguaje tenue, suave, discreto, mucilaginoso. Tienen los rostros achatados; los pómulos, salientes; los ojos, glaucos; el color, claro y aéreo. Les caen los bigotes rubios laciamente. Pero algunos llevan barbas místicas, barbas de vagabundos ó de eclesiásticos orientales. Uno viste aún su blusa negra de mujick, y es una blusa corta de talle alto, tan extraña, que le da ai pobre mocetón ruso una ridicula apariencia de niño. Estos otros son españoles. Cuando se les pregunta, contestan que vienen de la provincia de Salamanca, ¿Llegan ustedes muchos de aquella parte? -Sí, señor; venimos muchos. ¿No está bien aquello? -No, señor; no está muy bueno. El trabajador no puede prosperar. Aquí dicen que se paga el trabajo... Ha sonado una voz. Es hora del rancho, y todo el mundo se conmueve. ¡Fulano! ¡Zutano! El rebaño ondula y se aviva al olor de la bazofia. Los más hambrientos, ó los más audaces, preparan sus bártulos de comer; otros se arrastran en sus literas, con 2 a pereza del que está cansado, espantosamente cansado. Cansancio de las largas navegaciones, de las decisiones demasiado grandes para un carácter tan flojo; cansancio de la bestia que es llevada y traída sin saber por qué ni adonde. Y los emigrantes se ponen á comer. No han hecho otra cosa desde que embarcaron: acudir á los toques de eampana, obedecer las órdenes de los capataces, comer el rancho, digerirlo, dormir; igual que las bestias. Desde que se embarcaron han perdido la libertad. Ya no saben lo que es la independencia, ni el sabor acre, á veces doloro so, de la comida buscada por sí mismo. Los rejuntaron en la proa de un baque, les dieron un número y los manejaron como cifras anónimas de un total. Los marineros les pegaban empellones, el capitán les miraba desde lo alto del puente como un comerciante mira su montón de fardos. Comían, dormían, siempre á la voz áe mando. Han olvidado ya la conciencia de los movimientos libres é individuales. Ahora, al desembarcar, otra vez han tenido que apelotonarse Ly obedecer al pastor que les guía. De la proa del transatlántico han pasado á la zahúrda de este mal nombrado hotel. Comen y duermen á la voz de mando. El que comen es un pan uniforme y anónimo, imperativo; no es aquel pan autónomo y libre, el que se logra con sudor, el que se come con una sensación 3 e presa conquistada. Si al hombre le quitamos la felicidad de conquistar su pan con el propio esfuerzo, le habremos quitado la más grande felicidad. Pero todavía después vendrá alguien, un amo anónimo, y se llevará á los inmigrantes. Irán formando cuadrillas, por caminos que desconocen, hacia pueblos y campos exóticos. Otra vez les harán dormir en las estaciones ó en las barracas, en montón de rebaño, y les darán de comer el pan anónimo. Caerán sobre los sembrados, y segarán los mares de trigo. Un capataz íes dará órdenes, y se moverán con movimientos disciplinados durante muchos días. Hasta que el tiempo, obrando por consejo del destino, deshará el rebaño y cada bes- LLEGADA DE TROPAS A noche, y en tren especial, llegó, proce dente de Málaga y Mehlla, el parque le Sanidad Militar afecto á la división reforzada. A la estación salieron á recibir á los expedicionarios las autoridades militares y uiuy escaso público. El recibimiento hecho á las tropas fuá muy cariñoso. pTl ministro de la Guerra ha confirmado las recompensas otorgadas por el general Marina á la tropa por los combates del 22 y 23 de julio, y 2 y 3 de Agosto últimos. fjor méritos contraídos eti la campaña de Melilla, se ha concedido la cruz de María Cristina al duque de Montpensier; coa la roja del Métito Naval, al teniente de navio D. Manuel Moreno Qaesada, y la misma, sin pensión, al príncipe D. Jenaro de Borbón. publica la siguiente Real orden: El Rey (q. D. g. ha tenido á bien conceder el empleo de primer teniente honorario del Arma de Caballería, en propuesta extraordinaria de ascenso, al segundo Su Al teza Real D. Felipe de Borbón y Borbón, por eontar en su empleo el plazo que determina el art. 6. del reglamento de ascensos de 29 de Octubre de 1890, hallarse además clasificado de apto para obtenerlo y existí vacante reglamentaria de primer teniente; debiendo disfrutar en el empleo que se le confiere de la efectividad de esta fecha, yf seguir figurando en el escalafón del Arma p f l Diario Oficial del Ministerio de la Guerra iiniujimini min MnnnHurnnTnaronniiH