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DE TODO EL MUNDO, POR CORREO CABLE TELÉGRAFO Y TELÉFONO g ES AÑA ANTE EL MUNDO DE TODO EL MUNDO, POR CORREO, CABLE, TELÉGRAFO Y TELEFONO tervención y protectorado. Se ha emprendido diversas veces la liquidación económica y social, en dinero y en vidas humanas, de las guerras del Imperiosa imaginación retrocede espantada ante las primeras cifras del cálculo. Esa gloria del nuevo régimen tiene por pedestal un Himalaya de esqueletos, cuyas estribaciones se extienden desde el Guadalquivir al Nilo y el Beresina. Al pie de la misma columna de la plaza Vendóme que simbolizaba los triunfos de la Grande Armée tuvo que aparecer una mañana este pasquín: Tyran juché sur cette écnasse, si le sang que tu fis verset pouvait teñir dans cette place, tu te boiraissam te batsser HISTORIA Y LEYENDA VIII Tal es, someramente repasado, lo que nos 1 dice el ejemplo europeo más culminante 5 más próximo á nosotros. Sin necesidad üe meterse en otras honduras y de apurar los pormenores, basta la línea general que jueda indicada para invalidar de raíz toda ntervención de nuestros vecinos en nombre 3 e la humanidad y el progreso, y aun para repelerla como se repele un magisterio descaradamente usurpado. Pero este caso no es único ni excepcional. No es un hecho aislado en la historia moderna de nuestros acusadores. Está perfec tamente vertebrado con ella, forma parte de una serie, responde á la continuidad de un espíritunacional. Yo me he entristecido muchas veces leyendo historias y relatos de nuestras contiendas civiles, de nuestras revoluciones, de nuestras reacciones, de nuestras violencias, de nuestros crímenes colectivos. Mirando hada adentro me ha parecido todo ello el colmo de la tragedia. I os mismos Episodios Nacionales, del iSr. Pérez Galdós, no obstante el tono habitual de indulgencia y gracejo en que están escritos, dejáronme, muy á menudo, irritado, descontento, convulso de indignación por las escenas que me recordaban, así se tratase de los persas de la reacción del 14, de las bullangas del trienio, del terror apostólico ó de las explosiones del 35, asi se tratase de Vicálvaro, de San Carlos de la Rápita ó del cuartel de San Gil. í Pero al dar de mano á estos libros familiares y ponerla en otra estantería de mi pequeña colección para sacar un volumen de la historia de Thiers, de Michelet ó de quien fuese, entonces, á los dos ó tres minutos de lectura, me sentí transportado á otro medio radicalmente distinto, más terrible, más implacable y sangriento: como rué á su lado esta calumniada historia española parecía un refugio y un oasis, un tocio y un bálsamo. Sí, amigos míos: un ¡bálsamo! No hablemos ya de la Revolución francesa. El caso es tan enorme, tan insólito y, á la par, tan manoseado, que la simple referencia al mismo tendría que resultar pueril. ¿Qué suponen todas las victimas juntas, todas las discordias, revoluciones y reacciones de España durante los tres últimos siglos? ¿Qué suponea ante aquel desbordamiento de sau gre, verdadero Mar Rojo de la historia liumana? ¿Qué suponen los estragos de nuestra guerra civil y sus fratricidios y represalias abominables junto á la Yendée, con las hazañas de los chuanes de Cathelineau y Charette, con la brutalísima represión que ha hecho horriblemente famosos el nombre del general Hoche y el vandalismo de las (oíumnas infernales del general Turreau? No fue ciertamente más injustificada ni más pródiga de sangre la colonización del Nuevo Mundo por los españoles durante el siglo xvi que la colonización de Europa á iavor de Francia, ensayada en pleno siglo xix por Bonaparte. Admírese su genio asombroso cuanto se quiera; desde el punto fie vista objetivo de la humanidad y sus fueros, aquellas campañas no fueron más que grandes crímenes de la ambición personal ó nacional, grandes crímenes ante la ética pura, aun allí donde se disfrazaron de in- de casa, los que en Cuba, en Filipinas, en Barcelona y en Bilbao representaron la patriotería de guardia nacional en delirio, se suman á la calamnia de los extranjeros. Quienes tuvieron que combatir durante toda su vida este españolismo vicioso y estrecho, verbalista y fantasmón, y hubieron de pasar plaza de suspectos ó traidores no poeas veces, se levantan en la hora de la verdadera calumnia y de la verdadera iniquidad para defender el verd idero patriotismo, en el momento en que ti ne más razón, abandonado por sus exp ta ores de siempre. MiauiLS. OLÍ VER Pero el Urano no puede subsistir ni lanzarse, sobre todo, á tamañas empresas sin un pueblo que acepte esa tiranía y le preste su potencia y su brazo. El tirano, en tales coüdiciones, no puede ser algo superpuesto violentamente á una nación. Requiere una identificación del genio nacional con sus propios designios personales. Los grandes tiranos de esa estofa no pueden ser sino emanaciones del mismo pueblo, intérpretes de sus más íntimas tendencias, organizadores de sus apetitos, refrigerio para su sed. Todo cuanto se diga para sustraer la obra napoleónica á la responsabilidad colectiva de las generaciones que presidió no será más que un paralogismo y un juego de palabras. Suscribir, pues, á la leyenda de nuestra tiranía y de nuestra crueldad en los dos últimos siglos, por comparación con la suavidad y. dulzura de Europa; suscribirla- ahora, con motivo de nuestros recientes episodios, revelaría una irremediable pobreza de espíritu, si no fuese, antes que todo, una prevaricación patriótica consumada á sabiendas, tolerada á sabiendas, explotada á sabiendas. Todo el mundo está en el secreto, porque es un secreto á voces. No hay quien no confiese al oído estas verdades; no hay quien no sepa y no reconozca que ese vendaval que ha recorrido el mundo en contra nuestra es una impostura infame, una de aquellas grandes mixtificaciones de la realidad capaces de quitar para siempre toda fe en los juicios del mundo y en los dictados de la historia, capaces de quitarla igualmente por lo que se refiere á la posibilidad de nuestra propia redención. Seremos atrasados, ignorantes, perezosos; estaremos llenos de rutina al lado de los pueblos de la vanguardia europea. Pero nuestro atraso no es el político, sino el de la cultura; nuestro atraso no proviene de la tiranía del poder, sino de la propia resisten cia popular á la civilización práctica y tangible. El medio de liberted en que se vive en España no es distinto del medio general de Europa, ni la diferencia procedería, en todo caso, de las leyes y del régimen. Se dice lo contrario ahora, á sabiendas de su monstruosa falsedad, por ardid político, por conveniencia de bandería, sin convicción de los mismos que explotan la calumnia extranjera, corroborándola con un silencio abyecto ó con una adhesión inicua. Ellos son los patrioteros de la víspera casi en su totalidad. Ellos son los que, por uu sentido españolista intransigente ó inepto, hicieron imposible el gobierno de España en las colonias y pusieron cien veces en peligro las relaciones de Cataluña con el Estado. Por una inversión inexplicable, los representantes del viejo chauvinismo dentro COSTUMBRES j as naciones pueden dividirse en dos ca -tegorias: naciones en formación y naciones ya formadas. Al hablar así no me refiero al debatido problema délas nacionalidades Puede estar formada ya, completamente definida, la nacionalidad, y, sin em bargo, puede, dentro de la nación, el pueblo continuar todavía en nebulosa. En las naciones ya formadas, el espíritu público, la cultura, han alcanzado ya un nivel estable, seguro, de tal modo, que en ese momento histórico puede en ellas plantearse el problema que ha ocupado á Nietzsche durante toda su vida: el problema- -dicho sea en términos níetzschanos- -de Apolo ó de Dionisio, ó sea el problema de si habrá que conservar el tal estado seguro y acabado de cultura (el estado de Grecia en su espíen- dor, pot ejemplo) ó habrá que seguir inuo- vando, revolucionando, rebelándose contra tal estado cultural- -ético, estético, filosófico- -para lograr el advenimiento é implantación de otro En los pueblos en formación, donde no existe un estado cultural definido, el problema no puede tener lugar. I o que hace filia, ante todo, es establecer uaas bases sólidas, firmes, para que sobre ellas la cultura- -moral y estética- -llegue á constituir un estado, un momento de la evolución. Y ¿cómo puede lograrse esto sin una regularización, una sistematización rígida de las costumbres? Y ¿cómo podrá iniciarse tal sistematización en las costumbres, en el intercambio corriente de los ciudadanos, sin que previamente se organicen y purifiquen las funciones políticas, las más altas, para que desde lo alto, en torrente de imitación, se vaya infiltrando la pureza, la integridad y la escrupulosidad en los ciudadanos? No existe actualmente otro problema en España. Si echamos la vista por nuestra historia, por la historia de hace quince, veinte años, veremos que en nuestra política, en nuestras costumbres públicas, imperaba la más disolvente y pintoresca anarquía. I a ley era una pura ilusión. Se gobernaba contra la ley y por encima de todo lo estatuido. Millares de españoles no tenían otro ideal ni otro deseo sino el que otros tantos millares de conciudadanos suyos dejaran los cargos públicos- -desde las carteras ministeriales hasta las peatonías de Correos- -para ocuparlos ellos y vivir sosegadamente unos meses á costa del Erario público. Se cometían impunemente los más escandalosos atropellos. Político era sinónimo de vividor. El voto electoral constituía una ficción. Imperaban y medraban rápidamente los hombres dicharacheros y de ingenio. Ua escéptico, un pesimista, podía estar al fren- 3 Tli TntlTI 1 rrlTr fiínitrTOMt. ng- il1 fl I miwrii ll i u n Mnt ltniT iflUiltH