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E TODO EL MUN) Q, POR CORREO, ABLE, TELÉGRAFO f- TELÉFONO W W DE TODO EL MUNDO, POR CORREO, CABLE TELÉGRAFO m m Y TELEFONO W J M P O S I C I O N DE UNA CRUZ DE BENEFICENCIA Fot. R. cruentes EL DR. CALATRAVEÑÓ, DELEGADO DEL GENERAL POLAVIEJA, IMPONIENDO AL GASTADOR DE LA AMBULANCIA DE LA CRUZ ROJA DEL DISTRITO DEL CONGRESO- HOSPICIO, D. VICENTE PÉREZ BERNABÉ, LA CRUZ DE BENEFICENCIA DESPUÉS DE LA SOLEMNE FIESTA RELIGIOSA CELEBRADA EN HONOR DE SU PATRONA EN LA IGLESIA DEL CARMEN DE NUESTRO ENY 1 ADO ESPECIA! PASEOS POR AMÉRICA Cuando en España T 1 MENTAL se trata el asunto de la emigración, salen á cuento, como es natural, los muchos peligros y azares que acompañan al emigrante. Se repiten los eternos tópico del hambre de la miseria material, de la muerte acaso; decir emigración en España és lo mismo que decir miedo. He venido yo á esia cierra argentina, y bien pronto me he enterado de que el miedo español sufre un grave error. Creo que el miedo es lógico; únicamente existe confusión en la manera de interpretar el peligro. Quiero decir que no está el peligro en los fracasos materialesjy físicos, sino en los moiales é interiores: el fracaso moral, éste es el supremo dolor por el que debe sentir pánico todo aquel que se desarraiga de su pa. tila. Digo que no aeoe existir el miedo á las eventualidades de orden material porque L FRACASO SEN- a miseria está suprimida ó paliada en la Argentina. Todo el país se mueve como á impulso de un movimiento de expasión, de flujo ascendente, de florescencia inaudita; una tierra ancha y fecunda está brindando amplias cosechas al que quiera esparcir las semillas; una sucesión de pueblos y ciudades se ofrece á toda clase de oficios, especulaciones y empresas: la vitalidad de la juventud y de la abundancia corre por el interior de la nación como una savia inagotable. El hambre y la miseria no existen, como tampoco son temibles las enfermedades en este país de clima dulce y atemperado. Pero existe el fracaso moral, que toma infinidad de aspectos, casi todos dolorosos é irremediables. I a cuestión del emigrante es un asunto sentimental. Al embarcar para América, todos se acuerdan de invocar al destino para que les favorezca con la fortuna y con la salud del cuerpo; nadie se acuerda de invocar á los dioses profundos y tácitos que gobiernan ó dirigen las cuestiones de la intimidad sentimental. En mi paso por la Argentina no he tropezado aún con un español que padezca indigencia; pero he sorprendido muchas almas muertas, muchas vidas rotas. He des- cubierto muchas vidas que se parecen al alma de Garibay, aquella alma que fluctuaba entre la tierra y el cielo y no acababa de salir de. su angustiosa impermanencia. He visto españoles que no tienen raíz en ninguna tierra. Individuos flotantes como las algas. Ciudadanos que no tienen carta de naturaleza en ninguna patria, ni en la propia natal ni en la adoptiva. Gentes que ondulan sin saber en dónde detenerse, en qué puerto echar el ancla moral, en qué rincón pacífico construir el nido. Personas que son activas, que poseen muchos negocios y dinero, que ríen y frecuentan la sociedad, pero que sufren el pinchazo de una espina interior. Son como puentes de paso: en sus personas se verifica el grandioso símil de Nietzsche, cuando preconizaba la necesidad de que fuera el hombre actual un puente que conduce desde la margen del pasado hasta la otra orilla, donde vive el superhombre. Aquí tenemos un individuo tipo. Bien conformado, en el centro de su edad, laborioso, negociante, con sus asuntos que marchan boyantes: veamos su historia y su diagnóstico moral. Nació en un pueblo cualquiera de las montañas; se hizo mozo y eru-