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A B MARTES 7 PE DICIEMBRE DE 1909. EDICIÓN 1 nío español. -Ángel Ricondo y Bernardina ncera. a. -Incorpóreme en las filas de los que luchan por conservar incólume la honra de nuestra querida madre patria. ¡Viva España! -Isidoro Navarro y Santafé. Ouevas (Almería) -Me siento orgulloso al unirme á ios buenos patriotas, para felicitarle con toda mi alma. -José Carmona. ESPAÑA ANTE EL MUNDO G HISTORIA Y LEYENDA VII 1 a falta de memoria colectiva es uno de los grandes rasgos diferenciales del pueblo español. El pueblo español olvida con una facilidad asombrosa; olvida como los niños y como los octogenarios. No es que perdone; es que ya no tiene necesidad de perdonar, puesto que OLVIDA. Olvida profundamente, totalmente. A la vuelta de unos anos acaba por ignorar lo que pasó, incluso lo más grave y estupendo. Se deja denigrar en nombre del progreso y d- e la Humanidad por quienes más cínicamente atropellaron la humanidad y el progreso. iComo lo dice Europa! Pero ¿qué hizo Europa en casos semejantes... ¡Ah! Eso lo vio por sus propios ojos, fue en nuestro tiempo, lo presenció media generación actual; pero lo ignora, lo ha olvidado y no le sirve siquiera para invalidar á cualquier impudente y farisaico acusador erguido más allá délos Pirineos. Y ese olvido, señores, es todo lo contrario de la dureza ¿e carácter y de la sequedad de conciencia. Es más bien el olvido de los desmemoriados de los benditos, de los mansos de corazón. Los furores persecutorios no pueden durar aquí; se asfixsan. No hay español capr z de suscribir un documento como el de los parisienses vecinos de la plaza de Italia pidiendo, á los ocho 3ii eses de ocurrido el crimen, la ejecución de Sérizier, en la misma plaza, para honra y edificación del barrió. Incluso los temperamentos más inflexibles, incluso los más obstinadamente rencorosos se negarían aquí á poner su firma en un documento se mejante por íntima repugnancia, por pudor, por hipocresía, si se quiere, pero que, hipocresía y todo, no deja de ser un tributo á una atmósfera predominante de quijotismo generoso y sentimental. Yo fui testigo de los sucesos de Barcelona y presencié la indignación propia del primer momento, en la cual tomaron parte casi todos los que, sin convicción y por espíritu de partido, ffguran ahora al otro lado. De nosotros no se ha podido escribir lo que un hombre de temple tan autoritario como Máximo Du Camp, tan ultraconservador, estampa en sus Convuhions de París: íos parisienses que vieron las filas de insurgentes prisioneros, atados entre sí codo con codo, atravesar los bulevares y los muelles bajo los insultos de la multitud, no olvidarán jamás aquel espeetáculo. Mirándoles pasar con la cabeza baja, feroces, convulsos todavía de la batalla, no se recordó que se hallaban indefensos y que, por el solo hecho de su detención, pertenecían ya á la justicia. No se comprendió que toda mani f estación hostil contra ellos era culpable. La población no tuvo caridad. Exasperada por dos meses de Commune, no intentó siquiera contener su indignación; lejos de esto, la exageró, manifestándose odiosa. Así que una cuerda de prisioneros aparecía, precipitábanse sobre ella, intentando forzar el cordón de soldados que la protegían y escoltaban; las mujeres eran, como de costumbre, las más frenéticas; rompían la línea militar y azotaban á golpes de spjn- brilla el rostro de los prisioneros; gritaban: ¡Mueran los asesinos! ¡Al fuego los incendiarios! Cuando alguno de aquellos desdichados, rendido de fatiga, quedaba rezagado ó caía al suelo, cuando los gendarmes conseguían recogerle, metiéndolo en el furgón de socorro que seguía la columna, un solo clamor ensordecía los aires: ¡No, no! ¡Matadle, fusiladle! Aquel espectáculo parecía ofrecido á propósito para inspirar 1 desprecio de las muchedumbres... Si entre los que así anduvieron, entre insultos y aullidos, figuraban algunos federados de Emilio Gois y de Dalivoust, pudieron recordar sin duda la vía dolorosa que los sacerdotes y los gendarmes habían recorrido á su vez el 27 de Mayo para llegar hasta la calle de Haxo. Tales recuerdos... ¿pueden excusar la conducta de la población de París en el momento de la victoria? No. La civilización castiga, pero no se venga, y por respeto á sí misma debe evitar las represalias que la justicia no ha sancionado. La ley marcial y las ejecuciones de los insurrectos cogidos con. las armas en la mano bastaban y sobraban ya para aplacar toda suerte de ren cores, y á la severidad de tales castigos no era preciso añadir la afrenta de las injurias y délas crueldades cometidas alevosamente y sin riesgo personal. He acudido al testimonio de un honbre de orden, de un reaccionario casi, de un implacable y obstinadísimo flagelador de los comunistas, como fue el amigo de Flaubert. ¿Qué no puede leerse en I03 libros de los fugitivos y desterrados, en las vindicaciones de aquel movimiento, en Malón, en Vésinier, en Lissagaray? Entre los primeros recuerdos conscientes de mi niñez figura la impresión de dos grandes crímeues, uno individual y el otro colectivo, enlazándose en una sola pesadilla infantil: la Conidiune y Troppmann. Guardo la memoria lejana de una apacible tertulia provincial ea que un niño de cuatro años, medio dormido sobre el sofá, oía comentar estos horrores de la revolución y de la represión. Guardo una idea confusa de ilustraciones viejas, de cosmoramas y vistas de linterna mágica con el espectáculo de París ardiendo por las Tullerías, por el palacio de la Legión de Honor, por el Hotel de Vúle. Tengo muy presente cierto pisapapeles puesto de moda aquellos días: una reducción muy bien hectía de la demolida columna Vendó ue. Pero recuerdo, sobre todo, la angustia, agrandada por la imaginación infantil, que me torturó durante largo tiempo al considerar y ver, casi materialmente, con los ojos del alma, aquella montaña horrible de cadáveres hacinados por la revolución y la represión con estrago idéntico. ¡Aquella revolución en que las ideas puras entraron sólo por una décima parte, y en que las nue ve restantes fueroa obra de ua doble alcoholismo: la absenta y el periódico purulento, á lo Rochefort, á lo Vermersch, á lo Vare Duchéne! ¡Aquella represión que no tuviera precedentes si no existiese la historia de Francia y, en la historia de Francia, la re presión de la Vendéel Otro recuerdo sobrevive en mi memoria de algo que apasionaba entonces los áni. mos, aunque en sentido muy diverso: la expedición del explorador Stanley en busca de Livinstone. En medio de la sorpresa de todo el inundo, Stanley había conseguido, por último, reunirse con su compañero. En Uganda, en los últimos confines del África Oriental, recibió á mediados de Febrero de 1872 una enorme remesa de periódicos de Europa. Ellos le enteraron á un mismo tiem po de la existencia de ia Commune, de sus atrocidades y de su castigo no menos atroz El leGtor del viaje de Stanley no se sorprende de hallar esta referencia ó anotación del explorador, que, por la materia y por el lugar donde está fechada, alcanza no sé qué carácter de juicio definitivo: ¡Ah, Francia ¡AH, franceses! ¡Uaa cosa tal no lia sido conocida jamás en el mismo corazón de África! MIGUEL S. OUVER EL ASUNTO FERRER Y LA PRENSA A nuestra información documentada, me tódica y patriótica opone El Faís la fraseología en él habitual: lo que hemos hecbo es gárrulo, presuntuoso y contraproducente; puesto de feria, baratillo del Rasti o adornado conpercatina amarilla y encarnada... L, o justo, lo sensato, lo patriótico, es, poi lo visto, hacer del proceso y la ejecución de Ferrer arma y bandera políticas, sin parar mientes en que de ese abuso sale maltrecha y deshonrada España. No hemos de discutir con el colega. Sería además labor ingrata y estéril Lo prueba su atrevimiento al decir que nos ha convencido, á nuestro pesar, de que no fueron asesi aados mujeres y- niños en Barcelona, cuando sólo tuvo una negativa, que, naturalmente, no pudo probar, para la lista de nombres y de docutnentos. q ue demostraban la existencia de aquellos norrendos crímenes. Tampoco- debe ignorar que si d irnos pot terminada la polémica fue para evitar desagradables incidentes personales, que, después de todo, ni dan ni quitan la razón en un litigio periodístico. En las prociamas masónicas y en los ar ticulos de importantes diarios europeos que hemos reproducido se habla única y exclusivamente de Ferrer. Los infelices fusilados ante? que el fundador de la Escuela Moderna no han merecido de la masonería ni del anarquismo internacional una frase piadosa. Es decir, que sólo la ejecución de Ferreies la que ha levantado en el extranj ero y en la misma España esa ola de cieno con la que se ha querido cubrirnos ante el mundo. Es, pues, indiscutible: leídas las procla mismasónicas, que nos consideran asesinos, yJ conocida la campaña que una parte de la i rensa europea ha hecho, cualquier español disno de este nombre habría dirigido á los periódicos extranjeros el telegrama que susci b ó el Sr. Luca de Tena. Lxauiiaados los documentos que están insertos en el número de A B C del domingo, nadie podrá afirmar, sin faltar deliberadamente á ia verdad y á la justicia: 1 o ae Ferrer fue condenado pot sus ideas. 2 Que Ferrer no tomó parte en los succ- os de la semana toja ie Barcelona. 3.0 Que fue sentenciado por un Tribunal de excepción y enjuicio sumarísimo. 4 o Que era el jpriiner pedagogo é inte lectual de España. 5 Que como político, maestro y propagandista no fue su único ideal el anarquismo y el arrancar á la juventud todas sus creencias y halagar todos sus apetitos. Y 6. Que no pudo durante muchos añot. hacer con libertad absoluta toda la propaganda que quiso de sus ideas revolucionarias y anárquicas. Y probado docwnentahnente cuauto queda expuesto, nada debemos añadir. Confiamos en que la Prensaa extranjera, una vez conocida la exactitud de los hechos, hará la debida justicia á España y á los miserables detractores que con infames calumnias tratan de deshonrarla ante la Historia. uestra labor del domingo Por la patria ha merecido, según dijimos ayer, frases laudatorias, que agradecemos sincera mente, de algunos 4 a. nuestros estimados ce legas de Madrid