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A B C V I E R N E S 3 DE DICIEMBRE D É 1909. EDICIÓN i. PAG. 4. DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL A B C EN PARÍS sey fue presentada en la Corte de Inglaterra. Era una deliciosa criatura que contaba entonces diez y ocho años; tenía los cabellos rubios, los ojos maliciosos y muy mala lengua. No se necesita más para hacer fortaiia en cualquiera Cotte europea, y la Reina Victoria y el príncipe consorte admiraron aquel prodigioso luerubín lleno de gracia y de charming, Miss Adelina de Horsey comenzó en aquella época á vivir en sociedad. A los treinta y cuatro años se casó con lord Cardigau. Enviudó... Volvió á casarse más tarde, y nuevamente enviudó... Hoy lady Cardigau tiene ochenta y cuatro años, vive en Londres y, como no tiene nada que hacer, se ha dedicado á escribir sus Memorias... ¡Y qué Memorias El primer tomo acaba de ponerse á la venta y ya se han agotado nn montón de ediciones y han estallado cuarenta ó cincuenta escándalos, porque lady Cardigau es de las que dicen las cosas claras. No se ha enterado de que aquellas personas que ella conoció en su juventud, hoy desaparecidas la mayor parte, tienen hijos y nietos, á los que ha sentado como un tiro ver salir á la vergüenza los trapos sucios de sus ilustres antepasados. Bien es verdad que lady Cardigau comienza por hablar de su propia familia. Una noche- -escribe- -pedí permiso á mi padre, el caballero de Horsey, para que me dejara ir al Princess Theatre, donde á la sazón representaban una atrevidísima comedia, de la que todo Londres hablaba. -Imposible, Adelina, -me respondió papá. Esta noche tengo que cenar en el Club con el general Cavendish. Pero aunque no tuviera nada que hacer, tampoco te llevaría á que vieras semejante espectáculo. Nada hay que degrade tanto como la pública exhibición de hechos inmorales, y toda persona que se respete tiene el deber de impedir que eso cunda. Conque... no hablemos más del asunto. Adelina se calló, pero apenas saüó su padre envió á comprar un palco, é invitó á lord Cardigau, con el que empezaba á estar ten relaciones, para que la acompañara al Princess Theatie. Al entrar ambos en el paleo vieron en el palco de enfrente al caballero de Horsey- -el padre de Adelina- -y al general Cavendish con sus amantes. Me dieron unas ganas de reir atroces... ¡Era aquel mismo que una hora antes me íiabía estado predicando moral! Cuando regresé á casa, mi padre- -que no me había visto- en el teatro- -me esperaba con el sermón preparado. ¿Dónde has estado hasta esta hora! -me preguntó. -En el Princess Theatre- -le respondí, -y por cierto que allí vi al general Cavendish y al... -Vete á acostar enseguida- -se apresuró á decirme. -Mañana hablaremos de esto... Pero ni al día siguiente ni nunca volvimos á hablar del asunto... AS CHOCHECES DE En 1842, miss LADY CARD 1 GAU Adelina de Hor- más rutilantes estrellas del cuerpo de baile, las cuales se despojaban de toda indumentaria para entregarse á las más desenfrenadas orgías. iPobre marqués! ¡Se divertía demasiado! Lord Howe invitó á lady Cardigau á pasar varias temporadas en su castillo de Gopsall, y lady Cardig. au no perdió el tiempo, porque asi pudo enterarse de. su vida y milagros. Lord Howe tenía tres hijas, á las que había bautizado con los nombres de sus tres famosas amantes: lady George Fane, la reina Adelaida y Emilia Bagot. Todavía se enteró lady Cardigau de algo más que ahora nos descubre. Parece que de los locos amores de la reina Adelaida y lord Howe hubo consecuencias Lady Cardigau tiene una memoria felicísima; recuerda todos los sucesos, todas las conversaciones; no ha olvidado una frase ni un detalle. Nos entera del castigo que un marido engañado impuso á su mujer arrojándola á la calle desnuda, en medio de la noche; nos habla de las preferencias de una condesa judía por los jóvenes católicos; nos pinta á aquel loca lord Ward, que se metía en el baño con chistera; nos describe la lucha entre lord Cardigau, su esposo, y lord Wilton, quev se disputaban los favores de una lady feísima y tan delgada que parecía ana raya... Y ppx todo comentario á esta lucha dice lady Cardigau: ¡Eran dos perros disputándose un hueso- I Cuando lady Cardigau enviudó hízola el amor el célebre ministro Disraeli... Me gustaba aquel hombre- -escribe, -pero tenia un defecto temblé... ¡Le apestaba el aliento! Quise pedir onsejó al príncipe de Galles y esté me concedió el favor de dar un paseo á caballo... E ¡1 príncipe, Hoy rey, me aseguró que Disraeli no era el hombre que me haría feliz... y le di calabazas. También la solicito en matrimonio don Carlos Luís Fernando de Borbón, conde de Montemolín y pretendiente al Trono de España... Ya iban las cosas muy adelantadas cuando de pronto estalló la insurrección provocada por el general Cabrera y el conde de Montemolín; en vez de correr á batirse al lado de sus fieles, decidió permanecer en Londres. No se lo agradecí- -refiere lady Cardigau. -y le devolví su palabra. exclaman: ¡Bah! ¡Chocheces de vieja! Pero el público inglés arrebata las ediciones del libro y se traga los millares de ejemplares que es un gusto... Ya espera con impaciencia la publicación del nuevo tomo... Y las gentes se preguntan curiosas, después de haber leído el primero; ¿qué será capaz de decir todavía esta mujer en el segundo? Realmente, estas viejas con memoria son muy peligrosas... José JUAN CADENAS París, Noviembre. DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL PASEOS POR AMERICA IEBRE DE NEGOCIOS Hay en Buenos F Aires un barrio S espués de unos cuantos flirteos sin ímtJ portancia, Lady Cardigau se decidió á contraer matrimonio con un noble portugués; el conde, de Lancastre, en unión del cual fue á Lisboa, y fue presentada á la reina María Pía, una mujer que fascinaba consu exquisita cortesía En Madrid conoció á Alfonso XII; en París, á la reina Isabel; en Londres, al prínciLuis Napoleón, que la persiguió con sus asiduidades. Era un hombre encantador- -exclama lady Cardigau, -arrogante y gentil, que poseía él arte de hacer un cumplimiento como sólo puede hacerlo ún francés. Intimó con la infeliz Elisabeth de Aus tria, la dama de belleza singular, de majestuoso continente. ¡Lástima que tuviera tan grandes las manos y los pies! ¡Oh! Ya lo sabía ella... Cuando por primera vez vio á la emperatriz Eugenia no pudo menos de envidiarla las manos finas y los pies dimi. ñutos. i de esta manera trata iady Cardigau á Lady Cardigau no perdona un solo nom su familia, ¡calculad qué dirá ñe los bre, y en estas Memorias, que han escandalizado á la púdica Inglaterra, cuenta todo demás! Habla del marqués de Hertford, un dandy lo que ha visto y oído en el transcurso de de la época, y de sus bacanales en el pala- sus ochenta y cuatro años justos y cabales. cio que poseía en Regent s Park. La so- Lo más extraordinario del caso es que lady ciedad en que vivía, sus inagotables rique- Cardigau lo refiere sencilla y plácidamente, zas, sus gustos epicúreos, todo contribuía á como si se tratara de las cosas más naturahacer del marqués un perfecto genhlhomo. les del mundo. Muy despechados, los nobles descendienSrapersona gratábala. orte, y en su palacio aos dábamos cita todos. Pero por la noche, tes de las personas que aparecen en ellibro después de terminada la fuación de la Ope- de lady Cardigau la censuran con dureza, y ii, llegaban á aquella casa encantada las como no pardea desahogarse de otro modo, de interés grandísimo; es el barrio de las casas de banca y de las agencias de la Bolsa. Kstáu las calles de este barrio henchidas de animación, de inquietud y de locura, y viene á aumentar la originalidad del barrio la cercanía del puerto, que envía á todas horas el grito de las sirenas de los transatlánticos. Los Bancos de las naciones más diversas tienen en este barrio su asiento. La Gran Bretaña junto á la Alemania, Italia cerca de España; todos los Bancos están disputándose el reinado de las especulaciones financieras, luchando en un combate sordo, llena de violencia, en que las armas son papeiitos ligeros y la tinta substituye á la sangre. Pero, á pesar de ser incruento, ese combate de los Bancos tiene una intensidad y un horror acaso más grandes que los de las mayores batallas. No muere aquí gente, pero mueren las fortunas, tal vez las honras, seguramente que los nervios y la tranquilidad de los luchadores. Cientos de individuos caerán heridos por la neurosis; otros cientos de individuos caerán en el surco, perdida la reputación y el dinero. Muchos días dirijo yo mis pasos hacia esas calles de los Bancos y de la Bolsa. Aunque mis aficiones y aptitudes financieras sean nulas, aunque jamás espero realizar una mala operación de bolsa, una curiosidad extraña me lleva, sin embargo, hada esa vorágine del dinero. Siento un placer singular caminando por entre la muchedumbre de gentes exóticas que van guiadas p. or el mismo dios oro; me encanta leer los rótulos de los cafés y restaurants, escricritos en cuatro ó cinco idiomas europeos; y á veces entro á beber cualquiera cosa ei los bares sólo por el gusto de oir el agrió sonido del alemán ó del inglés, ó el meloso acento del italiano, y veo las caras rubias, congestionadas, de los tudescos; los adema nes rígidos de los ingleses, la movilidad teatral de los italianos, la insinuante sonrisa de los franceses, la brusquedad varonil de los españoles. Hallo placer en sentir el choque de tanta voluntad y tanta ambición. Los rostros ofrecen un aire particular de zozobra y de anhelo; se me figura asistir á un espectáculo dramático en que cada transeúnte es un actor y en que cada vida es una tragedia, grcibo en el aire algo como una ráfaga sutil que lleva olor de dinero: es una atmósfera densa que huele á cifras, á fajos de papel moneda, á columnillas de oro. Y como aquel mundo se halla tan lejos de mí, puedo contemplarlo curiosamente, sin la emoeión del actor, con el simple interés del espectador. Después que he paseado por el barrio de los bancas, salgo dominado por la impresión de aquel que acaba de asomarse á la boca de un horno. Es como un horno este Buenos Aires. Le sirven de combustible las ambiciones que llegan de Europa todos los días en loa grandes buques; y las ambiciones árdea en este horno dantesco, propor-