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A B C VIERNES 10 DE SEPTIEMBRE DE 3909 EDICIÓN 1 PAG. 3. IMPRESIONES SOBRE LA CAMPAÑA V -Aparece clara la causa de las operacio cíones que en estos últimos días han realizado y al presente continúan realizando nuestras tropas. Situada! a cabila de Quebdada sobre el flanco del camino que habrán aquéllas de recorrer para llegar á Zeluán y de las posiciones que una vez llegadas á este punto ocuparán, interpuesta entre el grueso del ejército y el campamento de Cabo de Agua dicha cabila, debía constituir sería preocupación para el general en jefe, desde el momento en que la sospechosa actitud de buena parte de sus hatantes hacía recelar que de ella pudieran partir ataques de importancia si les dejaba facilidad áe concentrarse en momento propicio para caer con gran supeiioridad numérica sobre Cabo de Agua cuando el grueso de nuestras tropas, empeñadas contra la harca de Occidente en resuelto avance y alejadas a más de 60 kilómetros de aquel campamento, se hallaran en desfavorables condicionas para acudir rápidamente en su ayuda. Aun sin concentrarse, la situación de los quebdarras COD respecto á nuestra línea de operaciones les da facilidades para menudas pero continuas hostilidades contra dicha línea, con las cuales podrían llegar á ser para nosotros como molestas avispas, cuyos picotazos, si no son capaces de matar, sobran para perturbar á quien manda, distrayendo su atención de cosas de mayor monta, y principalmente para que tales pi- cotazos- -cuyo real y secundario alcanee no puede apreciar la pública opinión en- España y el extranjero- -bastaran para alarmar á la primera y extraviar la segunda dándoles exageradas proporciones. Y la opinión es factor que en la guerra influye. Influencia que no ha de manifestarse pretendiendo fabricar planes, nx menos imponerlos, ni aun criticando a pnon los que en ejecución se pongan, antes de verlos desarrollados por completo, pero que pesa en el desenlace de toda campaña por los alientos que preste á tropas y caudillos, por la confianza que inspire ó descrédito que arroje sobre los encargados de ía dirección de la guerra. Nada más arriesgado que pretender juzgar del desarrollo de ésta cuando aun no se ha pasado de los preliminares de una acción determinada ni se conocen todos los datos que para obrar de tal ó cual modo, en ésta ó en la otra dirección, con tales ó cuales f trerzas, tan sólo tiene á su disposición quien ejerce el mando supremo de las tropas en operaciones. Tan verdad es esto, tan esencial, que es inadmisible en buenos principios miniares dirija la guerra nadie sino el general en jefe (á quien la patria y la historia hacen en definitiva responsable) que no ya la opinión ignorante de la mayor parte de ios términos del problema que las resoluciones de aquél han de desenlazar; pero ni aun los mismos Gobiernos deben Invadir atribuciones del que se ha puesto al frente del Ejército, pues aun conocedores de mucho que el vulgo ignora, les falta estar en los lugares donde la guerra se desarrolla, el contacto con las tropas, el contacto con el enemigo. Y no ya los Gobiernos, donde predominan hombres sin competencia técnica militar, mas ni siquiera Juntas ni Consejos de generales, por inteligentes que sean, sirven para dirigir tropas á distancia. La historia milita r está llena de ejemplos de derrotas sufridas por bizarros ejércitos, dirigidos de lejos por Juntas y Conse, i de hombres reputadísimos en arte militar; los continuos reveses sufridos por Austria durante larguísimas épocas fueron, como es sabido, debidos casi todos á ejere a dif tv i- íti de las campañas por un Coasejo áulico que en Víena formaban ios mas reputados generales del imperio. Si estos sabios se equivocaban queriendo fallar sobre lo que no veían, ¿qué no ha de ocurrimos á nosotros de pretender fallar si hace bien ó mal el general Alarma en ir por la derecha ó por la izquierda, si sería mejor tomar antes que Nador y Zeluáu el G irugú, ó si será más ventaíoso seguir Drocedimiento inverso... Parece que no faltan improvisados estrategas que piensan que se está perdiendo tiempo con las razzias de Quebdana; que lo mejor fuera haber ido derechos al Gurugú... Podrán tener razón; no hemos de intentar convencerles, pues apenas si nos llámanos Pedro; pero atreviéndonos también, cual mero vulgo, á echar en la cuestión nuestro cuarto á espadas, parécenos que la opinión de los militares ilustrados, más docta que la nuestra, será probablemente que la suaiísión del extenso territorio de Qaebdana vale en sí bastante para justificar lo hecho, y como amenazadora de nuestro flanco vale aun más. Qae entre atacar directamente a! enemigo en el Gurugú y Nador, recorriendo zonas eficazmente batidas desde ventajosas posiciones por frente y flanco, ó avanzar por terrenos no dominados, por donde no se preveía el avance, poniéndonos á retaju rdia de la harca é interponiéndonos entre ella y las cabilas del interior que pueden aaxüiarla, la elección no es dudosa. Pues qué, ¿puede alguien pensar que una vez en Zeluan y Nador un fuerte núcleo de tropas españolas les servirá de nada á los rífenos e l Gurugú? La limpieza de éi, el arrojar de sus guaridas á los pocos moros que allí quedaran, sería empresa que podrían realizar unas cuantas columnas de compañía. Y la de Benisicar, Bembugafar, y, en general, de toda la península de Tres Forcas, empresa que llevarían á cabo unos cuantos batallones por medio de razzias, en direcciones diversas, semejantes á las recientes de Quebdana. zando el cráneo á un policía, que quedó teadido en tierra sobre uu ciiarco de sangre. Ni la gente gritó, ni las mujeres hicieron aspavientos, ni nadie roaipió la línea qua formaban los policías de á pie. Lo recogieron entre se ¡s, taparon la sangre con cubos de arena y sigaiero. i corriendo la pólvora los mejasuis so os, pues los soldados de á caballo de la Policía se retiraron al ver muerto á su coupañeio, y el b- sjá no lardó mucho en se ¿iur sa ejemplo. Esa muerce en plena fiesta no causó ui gran disguste ni extraordinaria sensación. D cíau los moros que era de esperar porque como el muerta tiraba y ínoataoa tan bien, iodos le miraba i, y algauo debía de haberle hecho mett de ojo. 5 SEPiJEMBRE 1 E JC) OC) Continúan los festejos por la captura del Roghi. Desde el amanecer hasta la puesta del sol es una de tiros, de cañonazos, de tambores y trompetas, de gaitas y atabales, que acaba por marear. Cada día viene una cabila, ó un gremio de la población, ó un barrio, á dar la enhorabuena al bajá: los del pueblo, con sus banderab y estandartes mulücuiores; los de fuera, con sus trajes de fiesta, todos con espingardas, escopetas y fusiles, que disparan cientos Je veces. Cuando llegan los de una cabila (hay veces que la comisión pasa de mil) van entrando uno á uno, colocándose alineados desde la puerta del bajá á la plaza de España, y á una señal disparan sucesivamente las espingardas con tal rapidez, que aquello parece el ruido de una ametralladora. Luego, entre el monótono sonar de gaitas y atabales, se pasan horas y horas jugando la póivora, en esa pantomima tan característica que termina con el disparo simultáneo de ocho ó diez espingardas, en un ruido muy semejante al de un cañonazo. De vez en cuando suele ocurrir algún incidente. El otro día, cuando corrían la pólvara, un jinete atropello á un moro y medio lo mató. Inmediatamente mandó el bajá que le dieran cincuenta palos á la vista de todo el mundo. Otro día, el viernes, corrió la pólvora el bajá, como jefe de la taifa de mejasnis. Su imponente y majestuosa figura, realzada aún más por la estudiada solemnidad de su pose; la riqueza de su traje y de los arreos del cabalio que montaba, atraían sobre él toda la atención, En una de las carreras, al disparar las espingardas, reventó el cañón décima de ellas, destro- Nuestro cónsul, D. Luciano López Ferrer. coi respondió el sábado al agasajo del bajá celebrando en el Coasulado uti té. Asistieron á éi todos ios moros notables de Tetuán, desde ios más fanáticos e intransigentes hasta los subditos y protegidos españoles. Leobaai, el antiguo bajá, la figura más nobie y majestuosa que he visto, vistiendo jaique; Ben Yelul, Abeir, el simpático Z úziú y Él- Sdlam, que tatito ayudó ai Padre Lerchundi en sus trabajos filológicos. El patio del Consulado, después de las obi as que recientemente se h m hecho, na tiene nada que envidiar á los mejores patios de las mejores ca ¿as moras. Ayer estaba heno de toda la aristocracia tetuaní, cuarenta ó cincuenta moros admirablemente vestidos, sentados en las colchonetas que corrían alrededor de las paredes del p- itio y del cuarto moro del Consulado, con magníficas alfombras de Rabdt en el suelo, con los soberbios servicios de té, con la atmisíera impregnada de agua de azahar y agua de rosa, los dos perfumes moros por excelencia, tibiamente caldeado el ambiente con el odorífero aroma del áloe que ardía en los pebeteros. Los moros tomaban el té con ese sosiego, con esa calma majestuosa que tanto les caracteriza; las grandes fuentes de bollos, de rosquillas, de almendrados, pasaban en manos de los criados, moros también; la musí- ca mora, colocada en la gaiena del pisa principal, hacía oir las más ruidosas alas de su repertorio. Sonó el rasgueo de una guitarra; una voz de mujer entonó una malagueña ilena de aDdiidono y de ensueño, y los moros, la mayor parte de los cuales oían por vez primera nuestro cauto andaluz, comenzaron á animarse y á perder un poco su característica gravedad. Tras las malagüeñas vinieron los tangos bailados, y allí íué ei crecer la aniniaciou, el brillar los ojos, el no perder detalle de todo aquello, tan nuevo y, sin embargo, tan dentro de su sentimiento. MU veces habíamos intentado interesar á los moros con nuestro arte y con nuestras c stumbres. Tarea inútil. El moró no entiende más que lo suyo, lo que él hace y lo ue él practica; lo demás m le interesa ni lo entiende; oír tocar el piano le aburre; entre un cuadro y el dibujo de unos azui- ejos, no vacila, prefiere lo último. Sólo con las malagueñas y con los tangos los he visto salir de sus casillas; oían y veían lo suyo; sus zendani, más finos, más poéticos; su baile, mas refinado, más lleno de voluptuosidad, menos grosero, más aristocrático. Y ante él cayeron todos rendidos, ante él rompieron el solemne silencio que reina en toda reunión de moros. Por verlo salieron al patio y se acomodaron allí como pudieron los que estaban en el cuarto moro. Nadie quería marcharse. El bajá salió renegando porque tenía que recibir á la cabila de Bcni- Hossmar... y eso que fsalía coa media hora de retraso. Los demás fueron apurando el tiempo todo ¡o que podían, 1 y cuando ya muy entrada la noche quedaban sólo unos ocho ó diez, acabaron r r -seíniatse en ina bi as, pjr i ItPUBTOIimUMIHHH mmili I mimmn- -M