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ABC. JUEVES 9 D E S E P T I E M B R E D E 1909. EDICIÓN 1. PAG. i 3 do; lleva seis chimeneas, y por las seis chimeneas á la vez va despidiendo pavorosas bocanadas de negrísimo humo. En cuanto han pasado Sbs temibles buques de guerra, uaa goleta aparece... ¡Bella y humilde goleta, navegando con las velas desplegadas, viento en popa, saltando sobre las olas de este admirable Mediterráneo! Viene de la parte de Argel. Acaso traerá contrabando, y en cualquier ensenada, allá á la media noche, soltará su equipaje fraudulento. Como esta goleta serían las antiguas galeras sarracenas. Acudían de Argel, y al cerrar la ¡noche caían sobre los descuidados cristianos y los robaban, los llevaban cautivos. ¿Qué me importan á mí los grandes y poderosos acorazados? No me dicen ninguna palabra de ilusión. En cambio esa goleta que pasa, viento en popa sobre el mar abierto, me recuerda todo lo bello y maravilloso de las navegaciones lejanas; me recuerda los piratas, las galeras, las flotas que salían á descubrir islas y mundos... Sobre todo me recuerda el tiempo en eme había misterio, en que los mares guardaban secretos y sorpresas y en que el navegar era un algo fortuito, aventurero y sorprendente. El acorazado no tiene ningún misterio, navega matemáticamente, Sestru ye con absoluta precisión, procede infaliblemente, ¡Eso no tiene sabor! y h a llegado la noche, serena noche, sublime noche, en que el mar es de plata, en que la costa es un gigante dormido, en que el cielo parpadea todo él con el brillo de sus infinitas estrellas. Sobre el horizonte asoma un claror amarillento; es la luna, maga de la noche, amiga del mar 1, lámpara de los navegantes. En la costa, guiñan los faros. Se oye el chapoteo del agua sobre los flancos del buquef Un pasajero, en lo más alto del castillo de proa, canta una canción popular que habla de amores, de flor de verbena y de la noche de San Juan. Pero es tan augusta la noche, se levanta la luna en el cielo de una manera tan mística, que el pobre viajero ha callado Las voces humanas son en este momento demasiado vulgares y precisas. Nadie se atreve á hablar porque están hablando las palabras interiores del mundo, unas palabras cuyo sentido exacto nadie entiende, como no sean los astros, pero que todos los seres perciben y sienten, aun la flor más efímera, aun el inserto ás inferior José MARÍA SALAVERR 1 A Londres. Otros viajeros llegan p mente y se instalan á nuestro lado. De p to ciérranse las puertas de la habitación y sentimos que descendemos con rapidez vertiginosa. Aquella habitación es un ascensor en el que caben 6o ó 70 personas. Y descendemos, descendemos... Por fin el ascensor se detiene, ábrense automáticamente las puertas y salimos á ua amplio corredor, limpio, excelentemente aireado. Las manos pintadas en las paredes nos van guiando por los innumerables recodos hasta colocarnos en el andén. Las piaredes relucen como si fueran de porcelana, rompan la monotonía del color los grandes eartelones de sastres, específicos ó jabones, que gritan con sus letras enormes ante los ojos de los viajeros. A un lado y otro del andén se abren los dos orificios del tubo... El nombre de la estación está anunciado con letras blancas sobre unas placas azules. Un reloj eléctrico señala impasible los minutos De pronto llega un tren... Descarga rápidamente unos cuantos viajeros y recoge otros nuevos. En seguida sale disparado como un proyectil que se deslizara por el hueco de un cañón. La visión ha sido fantástica, porque apenas hemos podido fijarnos en nada. Esperamos otros trenes, y vemos el confort de sus asientos, el derroche de luz eléctrica, el vagón de fumadores, el sistema para abrir y cerrar automáticamente las puertas... Y admiramos, sobre todo, el silencio, la regularidad, el orden con que se hacen todas las operaciones. El tren para en firme, aprisionado por el freno automático, y arranca después nuevamente... Es una maravilla. p e a m o s el público... Los fumadores atas can las pipas y contemplan el techo mientras llenan el vagón de espesas bocanadas de humo, que inmediatamente expulsan los ventiladores. En los otros coches, un público abigarrado de obreros, empleado señoras burguesas y modistillas se instala con comodidad y lee... Es extraordinaria la afición á leer que tienen los ingleses... Es rarísimo elyiajero que no lleva un periódico, una revista, un rtiagazin ó un libro cualquiera, que inmediatamente que entra en el tubo abre con interés... Los mismos conductores del tren- -en cada vagón hay u n o aprovechan los escasos minutos de ociosidad que los deja el trayecto de una estación á otra para echar una ojeada al periódico que llevan en la mano: ¡Britisth Museaui! -exclaman, abriendo las portezuelas para dar paso á los viajeros, y cuando éstos se han instalado y el tren se pone en marcha vuelven á sumirse en la lectura del periódico, hasta que dos minutos después, al llegar á la inmediata estación, suspenden la lectura para descorrer los cierres, miando: ¡Chaucery Lañe! No se oye una palabra porque nadie habla... Allí no hay más ruidos que el pito, el timbre y el rumor sordo de las ruedas al deslizarse por los rieles. La aglomeración de público es á ciertas horas formidable, y, á pesar de esto, jamás estalla una disputa, ni ocurre una desgraeia. Los viajeros pasan de la calle á los ascensores, de los ascensores al tren y de éste otra vez á los ascensores de salida, corriendo como autónatas, entrenados por la actividad general que empuja y hace moverse al más apático. Y asombra ver esta fiebre á cincuenta metros de profundidad cuando acabamos de contemplar allá arriba, en la superficie y al aire libre, otra población corriendo por las calles de la City, dándose empujones, atropellándose, asaltando los ómnibus, los automóviles y los cabs 11 n descuido, la más insignificante dis tracción en la maniobra de esta maquinaria maravillosa que pone en movimiento las complicadas comunicaciones ¿ACIA EL NUEVO MUNDO che vamos viendo una costa brava, poblada de tierras y montañones. Pero ni, en las sierras, ni en las montañas, ni en las colinas podemos descubrir un árbol. Parece la costa de un país desierfo, despoblado, virgen é inabordabU ¿Por qué no hay más árboles en España? Dfeen que la culpa es del Gobierno, que no repuebla los montes; otros dicen que la culpa es de los subditos, que hacen una guerra implacable á la vegetación; yo creo que la culpa es del pueblo, porque á los Gobiernos no se les puede cargar en cuenta ninguna equivocación centenaria. Cuando el error es accidental, el Gobierno puede ser culpable; pero cuando el error jtiene muchos siglos de fecha y toma caracteres idiosincrásicos, entonces el delito debe achacarse al pueblo Nuestro pueblo no ama el árbol. ¿Pero existe alguna cosa tan amable como el árbol... Mientras no amemos al árbol seremos un pueblo irredimible, La hoja del árbol significa la poesía, la sombra, el reposo, la bondad, la dulzura, ia cordialidad, las costumbres suaves y el gusto por la belleza. El árbol significa cultura, civilización. La gente que puede prescindir del árbol ha de ser una gente agria, austera, sobria y malhumorada; ha de considerar la vida como un tránsito, y no como un fin; ha de vivir aguardando, pero aguardando el término de un trance antipático y molesto. La vida sin árboles es como un camino sin reposo. Un viaje incómodo en que se sufre y se suda y se padece sed. ¡Esto no es civilización ni es vida! El buque nuestro navega soberbiamente. Por su lado cruzan multitud de vapores, algunas barcas pescadoras, algún lento y pacífico barco de vela. Llega el mediodía. ¡Bella hora, divina hora de calma y de serenidad! El tiempo es claro, la luz alegre y viva, el viento fresco. Unas nubéculas bogan por el horizonte, y con su redondeada blancura rompen la monototía del cielo azul; parecen colocadas exprofeso por un artista consciente. ¡Pero cuál arti ta puede ser sino esc ti. bordo del Satrústegui 4 Septiembre. artista mágico que se llama Naturaleza! Sopla el viento de proa: ¡Qué alegremente suena el viento en las jarcias! Una gavioDE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL ta pasa á lo lejoá. Un pueblecillo se columbra en la costa entre dos montañas; las casas, blancas, son como intensas notas de alegría en la tosquedad de la ribera. Y toda la tierra es un desorden de tierras, un fiero C L TUBO El Metropolitano inglés no acaballamiento de montañas, una puja de se parece en nada al parisicumbres peñascosas é imponentes. ¡Cuánta no. El trazado es mucho más práctico, el cumbre en nuestra España! ¡Cuánto monta- material más sólido, las estaciones más limñón que quiere escalar el cielo... He ahí la pias. Los ingleses le llaman el tubo y, en síntesis espiritual de España: una cadena efecto, por la forma y por la rapidez con de bravas montañas cerrando las costas y que los trepes aparecen y desaparecen, cualla entrada de Europa, y en el centro una quiera diría que eran sorbidos por una fueralta, pobre, inaccesible llanura. Están cerra- za colosal de aire comprimido. dos los caminos del mundo. Dentro de su El tubo está tan reluciente y tan nuevo concha, España es como un molusco que se hoy como cuando se construyó. En estas esencierra á dormir ó á soñar. taciones coquetonas y limpísimas, llenas de Frente al Cabo de Gata aparece por la aire y de luz- -á cincuenta metros de protarde una escuadra. Asegura el capitán que fundidad- -no veréis nunca aquellos charcos es francesa. Vienen por delante dos torpe- infectos, aquellos asquerosos barrizales que deros emparejados; les siguen á pocos ca- afean las instalaciones del Metro parisino bles de distancia otros dos torpederos; des- los días de lluvia. En Londres han evitado pués liega el fuerte de la armada, compues- esto con los ascensores. to de cuatro acorazados, con algunos cruceros lejanos, á barlovento. Los acorazados p o r dos penct- -unos 25 céntimos, -el taquivienen en fila; si se pudiera medir la dis- llero nos entrega un billete para ir de tancia, no se encontraría ni un metro de Leicester Square á la Central de Correos, error en la situación de los cuatro. Semejan por ejemplo. Con el billete en la mano, pecuatro cíclopes marchando á compás, como netramos en una espaciosa habitación llelos soldados. Uno de los barcos es tremen- na de antuidos de teatros y de planos de LA COSTA DE LEVANTE c amanece á la altura del cabo de la Nfos Nao, y desde la mañana hasta 8 a no- A B C EN LONDRES