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ABC. MIÉRCOLES 8 DE SEPTIEMBRE DE 1009. EDICIÓN i. P 4 G. i3. ta en el Ayuntamiento del resultado en la próxima sesión. El pliego dei Sr. Altarnbi está en su ma 37o ría sujeto á las proposiciones que sirven de base al concurso. Eraude descubierto. Ayer fueron decomisados por el teniente alcalde del distrito de la Uní versidad, Sr. Leqoerica, So kiios de c ris u. La caza negra la ha llevado á cabo el celoso edil en forma habilidosa. Los mozos de carbonería que llevabín á domicilio seras de carbón eran co iducidos á la Tenencia y allí se ¡es pesaba el combustible. Todas ó casi todas las seras teman en su fondo una piedra de gran tamaño, cuyo peso e ¡fraude que el concienzudo carbonero í a sus pacientes y confiados parroquianos. El procedimiento no es muy nuevo que digamos, per la intervención oportuna del Si Lequerica sí lo- e y merece plácemes por su actitud enérgica. Con la pérdida de la mercancía y la multa correspondiente, ya llevaran estos industriales desaprensivos lo suyo. SECCIÓN LITERARIA Sí ún e Sr. Ortuño, e 1 refrito que sutre la coirc joadcncid se deba no s llámente á la faita de persoial, smo también á deficiencias (iel local de la Administración de Coritos de Mehlia. Pronto que lará habilitado un nuevo local, y entonces el servicio se liara con mayor regularidad. No Permaneció mudo, tranquilo, deseando que lo olvi larau. Pdro al cabo de corto rato acercóle sin ruido á Cecilia y discretam iite la fró del vestido. Cecilia dio uu brinco. Juan, de ro hilas, las manos unidas como si íu ra á re ¿ar, la imploró humilde mente. ¡Qué hermosa eres! -También tu- -contestó riéndose la mu? chacha. ¡Y te ríes! Q lisiera decirte antes de marcharme cuanto te quiero. No sé si el año que viene, cuando vuelva, te habrás casado, ni si rae tubré muerto. -jMe quieres, y no deseas casarte conmigo! ¡Eres tan rica... La contemplaba en silencio, como si tío tuviera mas que la mirada para expresar sus sentimientos. La muchacna le alargó la mano y Juan se puso en pie. -He dicho lo que me había propuesto decir. ¿He perdonas, Cecina? -Sí, pero me contraría que: suiras. ¿Por qué sufrir, si sab. s que no puedes ser 13 marido? ¡Tu marido ¿Y por qué no? Si nos ca sáramos, ¡qué sorpresa para mi madre, que es tan buena y que tanto te querría! Le dio Cecilia un goipeciíu en la mejilla; Juan se puso colorado como un niño y SS acercó, tratando de cogerle las manos, -Estáte quieto, Juan. Balaruc entró en ese instante. ¡Toda vía estás aquí! -exclamó. -Bueno; ya que te vas mañana y que no te volveremos á ver, puedes quedarte. Pero haz algo, trabaja. -Con mucho gusto. Los dos hombres se fueron á la huerta á podar los árboles y á cavar la tierra. De cuando en cuando Bilaruc sonreía al pen sar que Cecilia no mirab- i á j u a n con malos ojos. Pensaba que su hija tenía un gusto raro, pero que si el cura regularizaba esa unión el ventorro tendría un criado robusto, su ni- o y agradecido. Vinieron de Lamalou á encargar un almuerzo para las doce. Los dos hombres sa O- Uparon en los preparativos. Juan, como si fuera de la familia, diligente y laborioso, acose á la Cintura un delantal de Cecilia. Est. 1 lo ordenaba todo; puso un conejo en. la sartén, pr) bó la salsa de las perdices, pre- paró el molinillo del café. L egó la b da. Juin, al poner ¡a mesa, se alegro de ver lo saüsfecaas que estaban aquellas gentes. Bataruc, encantado de no tener nada que hacer. se instaló en la cocina y se puso á conur y beber có. noJameute y con una tranquilidad para él desconocida cuanuo había gente de fuera en su casa. Cuando la l oda llegó á los postres, Juan y Cecilia se colocaron el uno al lado de la otra, para comer también, uiieutras Balaruc, después de encender su pipa, se iba á la huerta Juan miraba á CeciHa de reoja y con atU miración. Le servía de beber, le cortaba el pan, sin que esto fuera obstáculo para que de cuando en cuando se ocupara. de los de la boda. Cecilia, halagada con tantas atenciones, se sentía feliz. Juan le comunicaba su candidez y su bondad. Las gentes de la boda se fueron de paseo á lo largo del rio. C- ilaruc se había dormido Sentado en un banco sicuado á la entrada D 6 PALACIO 1 presidente üe ia República de Méjico na enviado a S. M. ei Rey un afectuoso telegrama dándole gracias por el que le dirigió D. Alfonso XIII con motivo dü las inundaciones en aquel país. La infanta doM Isaoe! representará á Su. Majestad la Reina doña Victoria en los Juegos florales de SaUmanca Cumpliendo lo dispuesto por S. M. el Rsy, se ha hecho entrega al gobernador civil de la suma de 500 pesetas, que se destinan á socorrer á las familias de jornaleros que resultaron más perjudicadas ea el incendio de la calle de Jorge Juan. Las pobres familias damnificadas acogerán con bendiciones el caritativo rasgo de D. Alfonso. Ayer mañana cumplimentaron al Rey el duque de Tovar y el general Sotomayor, que anoche niarchó á Melilla con su división. Como es costumbre los martes, despacharon con el Monarca los ministros de la Gobernación y Hacienda. EL POBRE JU N 3 CUENTO, POR JORGE BEAUME II Juan, siempre respetuoso, se puso la blusa pero no se determinó á marcharse. ¿Qué haces? Qaé miras? -le dijo Balar uc. -Us que... los albaííiies se marchan mañana. -Me alegro. -Podría quedarme todavía algunos momentos. ¿Para qné? -Lo único que desea es verme- -interrumpió burionauente Cecilia. -Eso mismo- -dijo Juan. Peio B ilaruc se impacientaba. Volvió á agarrar al intruso y 1 empujó hacia fuera. 0 Juan se rebelo, y con aire amenazador gnt Me que lo! Los dos hombres se alsaloízaron. Cecilia se alarmó. ¡Calma! ¡Calma! -exdatnó. -Basta de tonterías. Lejos de apa- izarse, Bilaruc dio un tremendo puñe i j á Juan, que cayó rodando uera de la cocina. ¡Pobre Juan! -gimió Cecilia. ¡Le servirá de lecciou! ugió Balaruc. Mientras tanto, Juan se uabia puesto en pie. Penetró otra vez en la cocina, é insinuante, modesto, se sentó cerca del armaíio, como si no hubiese sucedido nada. NOTAS MUNICIPALES p l teatro Español. Como ayer dijimos, la ponencia que entiende en el estada de los pliegos presentados al concurso de arriendo cel leatto Español se reunió anteanoche para dictaminar. Las tres solicitudes presentadas las firman ¡os i res. Escudero, Ouver y Altarnba, y los ediles que forman la Comisión se mostraron, en su mayoría, partidarios del puego presentado por el primero de los concursantes citados, por estimar que las propo. si- Clones son más ventajosas, n) para los intereses del Municipio- oro, siuo para los del arte dramático español. Discrepó de este criterio el Sr. Dicenta, encontrando en las proposiciones de Oliver mas garantías para el arte. Kl aplaudido autor de La Muralla ofrece dar conferencias, á guisa üe proiogo, en ¡as reuresentaciones de las obras clasicas, que Servirían para explicar al auditorio ¡as co ndiciones del drama que hubiera, de representarse. Ü 3 tas obras clásicas serían representadas tal y como fueron escritas, sin retundiciones, que casi siempre hacen perder las bellezas que encierran, y las conferencias estarían a cargo de notables literatos. J 31 empresario de- la Comedia, D. Tirso Escudero, olrece crear una escuela experimental de declamación; ampliar las funciones populare d r dos beneficios para la Beneficencia municipal; hater reformas eu el escenario para que puedan representarse obras de gran espectáculo, y poner á dispjsición del teatro Español la compañía que acttía en ¡a Comedia durante la temporada de invierno, cuando las necesidades de las grandes obras de espectáculo exijan mayor -SI viniera hoy una boda- -exclamó- -tendríamos víveres de sobra. -Me dice el corazón que vendrá alguna- -balbució tímidamente Juan. Balaiuc, halagado, sonrió. Al poco rato murmuró: -Tengo un hambre atroz. Desató una de las- salemehas que colgaban del techo como guirnaldas y dijo á Juan: -Apuesto que también tienes tú hambre. Come, ya que no es posible conseguir que personal escénico. Estas proposiciones pesaron mucho en el te vayas. Juan obedeció. Cuando Baiaiuc Hubo coánimo- de la ponencia, y su mayoría, como ya hemos dieno, optó por el pliego del se- mido, se sintió de mejor humor. Dejó solos á su hija y ai albaml y se fue á dar un pañor Escudero. Mañana jueves se reunirá, la Comisión seo por la huerta. ¿No te vas tú también á dar una vuely u sciUirácon to ia 1 a exic. isió i qu ¿la irap ¡Kld cío o. el dbuaw requiera, para dar caea- ta? re ¿uutó Cecilia ájuan. Balaruc, indiferente enyapariencia, saco de la mochila conejos perdices. de la casa. Roncaba, mientras los pajanllos. piaban en la huerta Juan lo ponía todo ea ordea en la cocinar y Cecilia ie daba las gracias con cierta coquetería, cuando entró Balare- -Hoy es fiesta en Poujol- -dijo, lengoganas de ir... ¿Te vienes, Juan? -Como usted guste. -Iremos á pie. Tres kilómetros na liada. Iremos al baile, al juego de pelota, -Y á la taberna- -murmuró Cecilia.