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A B C. MIÉRCOLES 8 DE SEPTIEMBRE DE 1900- EDICIÓN 1. PA. G. 9. Entre los oficiales que aun se aallabati á las puertas de las tiendas se hizo la distribución en el acto. Y á la luz de la luna las devoraban con los OJOS, en ua ansia de sa e una interesante carta enviada á El ber, antes de leerlas, el precioso conte- nido Cronista, de Malaga, por su correspon- de los p! iegos. sal en Malilla, br. Marín, reproducimos lo Un oficial de León acababa de recibir un siguiente: crrtificado con el retrato del menor de sus hijos, un querubín de pocos meses que, coa p 1 espíritv- de nuestras tropis. Cuando vení míos e. i el convoy hacia los brazos abiertos, parecía acudir á b u pael campamento del zoco, lo primero que nos dre: -Hs que viene á abrazarme- -me decía el llamó la atención fue el admirable espíritu militar de las tropa- Los soldados que coa- oficial, cubriendo de besos la pequeña carducían la expedición nos hablaban del com- tulina y enternecido hasta asomarle las lábate de ayer cotí in loco euiu iasiuo, con ua grimas á los oíos. -Pronto nos veremos- -hablaba después ansia vivísima cíe exterminar moros, de eti conversación con la efigie muda del hijo vérselas con los níeños enemigos. Y aun cuando ea plena guerra no hay un amado. -Pronto nos veremos, y entonces movimiento sin peligro m una marcha sin ya te diré cuánta distancia abarcan mis riesgo, y aun cuando ¡a perspectiva del bo- brazos... A uu capitán se le comunicaba la grata tín induce á los salvajes de la harca a co meter las mayores barbaridades, estos sol- nueva del nacimiento de- eu primer hijo. ¡Cóm j salvó también el pensamiento de dados del convoy iban hac- ia el zoco coa tal despreocupación, que nos imaginába- este hombre ia distancia entre el lugar en mos hallarnos en cualquier parte menos en que estaba y el bogar de sus ens sueños... Las demás... Cartas de madres ainanfísi el Rif, lejos de los cuidados y del apercibí mas, no conformes todavía con la ausencia, tniento de una campaña. Ul ambiente era de una transparencia talf aunque reveladoras de una santa resigque cualquier tío Paco hubiera visto desde nación; cartas de esposas, tesoros de ternugran distancia la marcha del convoy y hu- ra; cartas de as novias, ligeras y perfumabiera oído la charla j ios cancares de ios das, con el aroma del primer amor. Por la mañana, desde sus tiendas, los sarsoldados. Bajo la augusta solemnidad del crepúscu- gentos llamaban á los soldados. Uno á uno lo, avanzábamos hacia el Zoco. Todo ei via- iban presentándose y recogiendo sus cartas, je daba uua dulce sensación de poesía. Can- las más con sobres garrapateados y difíciljtaban los soldados cop as de amor y de re- mente descifrables. La inmensa mayoría de estás cartas vecuerdo; rompían el momentáneo silencio del camino las notas bravias de una jota ba- nían certificadas y con dinero dentro. Se turra, las melancólicas de una malagueña, ó adivinaba la cariñosa previsión de la malas picarescas y aborbotonadas de ua tango dre, reuniendo su hucha p. ara volcarla en los bolsillos dei hijo ausente. Y con el digitano. Era, en fin, nuestra peregrinación al zoco nero, cien encargos igualmente tiernos y de una inefable placidez. Abandonándose sencillos. Para cada soldado ayuno en letras- -los lino á sí mismo parecía como que estuviera tumbado en mitad de un campo, oyendo el menos- -había diez compañeros dispuestos cantar de los segadores, adivinando á una á releerle su carta. Y éste es un detalle de moza rozagante que aguardase en el case- íntima emoción, que brindo á la senttmenrío, sobre el alféizar de su. ventana uaa pro- talidad del lector por lo nue conmueve y por lo que edifica. mesa de amor. Aquella nociu durmió el ejército de AguiLa marcha acabó con la misma felicidad que en sus comienzos. Y entramos en el lera con más alegría que nunca. campamento, donde nos aguardaba otra sorpresa agradabilísima. Jefes, oficiales y I a vida del soldado. soldados nos hablaban del combate habido Siempre es curioso saber cómo vive el por la mañana con un entusiasmo de hé- soldado ea campaña, y cuando vive bien roes. Lo más natural después de un rudo es para el periodista tnuy satisfactorio cofuego de cuatro horas era que ios comba- municarlo, porque ha do agradar amillares de familias. tientes se halla en rendidos, En este campamento se toca diana á las Y no fue así, y para gloria dbsl soldado español, el mas sutr do, el más resistente del cinco. En ua nunuco está el Ejército en pie, mundo, lo cotisigDo: cada uno de los va- pasando fácilmente del reposo del sueño á lientes que acampa en el zoco anhelaba en- la actividad de la vida de campaña. A poco de levantarse se acomete ia labor contrar ira vez ai enemigo, para acostarse con la satisfacción de hdbedo exterminado. de cuartel, cuyo relato omito por ser sabido Muchos juraban no dormir para aguardar de todos. Diariamente van las tropas al Daño, mien 9 a llegada de ios moros- -si volvían- -y arrotras las parejas de Caballería hacen la acosbarse sobre ellos y aniquilarlos. Y cuando se convencieron de que la harca tumbrada descubierta. Cumplido ese precepto de higiene se or iO osaría presentar batalla se echaron á dormir, deseando, ya que perdían la noche, ganiza la columna de reconocimiento, qy. e jrolver al día siguiente a las andadas v cas- hdce el obligado paseo miutar del día, con ei que se consiguen dos fines: movilizar tigar con mano dura al enemigo. La impresión que me piodajo el espíritu constantemente a las tropas y vigilar la ex. de las trop K fié inenarrable. Claro es que tensión dei campamento y ios aduares en todo es Ejército vibra por igual; pero re- amigos. firiéndome á brigada Aguilera, puedo Kntre diez y once se sirve un abundante ¡asegurar ppr ei p opio convencimiento que rancho, con mucha carne, repetido entre es una tropa aguerrida, soberanamente he- cinco y seis de la tarde coa la misma abunroica, anhelosa de entrar en ce abate, rebo- dancia y suculencia. Los víveres abundan, porque, ademas cíe sante de entusiasmo y de ardimiento. los que traen los convoyes, los moros de Quebdana que nos son afectos acuden tol reparto 3 el correo. I1 T 5 nftf hf f La noche de mi llegada al zoco ati- dos los días con aves, huevos, leche y otros baba de recibirse el correo destinado á las artículos alimenticios, vendidos á moderado tropas del campamento. En e! instante de precio. Los sargentos compran cuantas gallinas ¡a recepción se hace el apartado por Cuerpss para distribuir la correspondencia, que pueden, sacrificándolas eu riquísimas paeá ia mañana siguiente se encargan de re- llas, bien rociadas de viao- -no en la cacerolaf sino en ei s. -tí ago, Y los oíiciaies se 2 -I les sasgeato EN EL ZOCO DE EL- ARBA procuran, cuando es posible, latas de con serva, que es lo que diferencia su plato del de los sargentos, porque la buena paella y el sabroso estofado están allí á la orden del día El desayuno de la tropa, en general, es él café, y al acontarse, ia copa de Ginebra, reguladora de la digestión v reconfortante en sumo grado. A las nueve, con el toque de silencio, se interrumpe la vida de campaña hasta raya 1 el día siguiente. Tal es la vida del soldado en este campamento. parrucos hasta cierto punto. Departiendo con los oficiales. hablábamos de la larruquería de los moros, que eii esta ha resultado más que otras veces. -Los moros- -decía un oficial de verbo cálido y de irrebatible lógica- -son farrucos hasta cierto punto. Farrucos en el Garufa, en sus trincheras subrerráneas, cuando eS ostensible su superioiid- id numérica; cuando por ignorancia y por inconsciencia atacan seguros de su poder... y de su pellejo. Farrucos cuando están rodeados de las defensas naturales que les brindan los accidentes y estribaciones de sus montes, cuando les favorecen las cañadas misteriosas y laberínticas. Pero aquí, en el llano, salvo las naturales excepciones de temeridad y valor, no hay ¡arruqueria que les valga. Y no se diga que por dt 3i gualdad de medios. Los moros, aun teniendo una buena artillería y una excelente caballería, no serían farrucos en el terreno abierto. Entonces, de la temeridad pasan fácilmente á la cobardía, y cuando se convencen del vigor y de la bravura del ejército que les combate, cuando hallan un adversario duro, no resisten largo tiempo; quiénes huyen en fuga vergonzosa, y quiéces, como ha pasado aquí, se tiran a mar de cabeza... N Esta es una opinión de quien tiene auto ridad para darla. Por su parte, el cronista se muestra, en su insignificancia, absolutamente conforme con ella. Los hechos también lo dicen: esta mañana, después del combate de ayer, las pare, jas exploradoras hallaron en la lejanía varios gmpos de moros que parecían estar en oración. Al divisar á la patrulla, los rífenos se alejaron prudentemente, escarmentados ya sm duáa. Además, la recogida de la paja, que es de lo que más enoja á los rebeldes, se ha verificado sin que intentasen irnpe lirio j los moros. Coa lo que se asegura, sin gastar un céutimo, la comida de los caballos, y se j evidencia que la farr ¿quería de los moros es j muy discutible. LOS VOLUNTARIOS DELARE 1 NAVICTORIA Muestro querido amigo el distinguido ofi cial de la Armada Sr. Arderíus, iniciador de r- ia contraguerrilla de voluntarios, déla que á su tiempo dimos cuenta, nos ruega, para que por nuestro conducto llegue á conocimiento de los que solicitan ingresar en este Cuerpo, qué se llamaría Reina V cto ia, ubli juenios las condic oae en que hdDia de lunaarse. Constará de 750 individuos. De estos 750, 500 serán de pago, y los otros 250 cobraran una peseta diana de gratificación y tendrán que encargarse de todas las labores mecánicas del Cuerpo. Se calcula que el sostenimiento del Cuerpo en tiempo de guerra, contando la manutención, las acémilas, la gratificación de los soldados pobres, etc. le costará á cada soldado de pago unas cua ro pesetas diarias corno máximum. Es de- ir, ¡que para alisiarsa entre lo- s J soldadií de E