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A B C MARTES 7 DE SEPTIEMBRE DE 909. EDICIÓN i. PAG. 8. IMPRESIONES DE LA CAMPAÑA hechos que dias sm D oscomentarios ha pocosPrensaregistro extoda la dan la pñcación de las demoras, que á algunos sorprenden, en el resuelto y franco avance de nuestras tropas. Estos dos hechos son la reciente llegada á Melilla de los cien camellos en Argelia comprados y la del parque móvil de municionamiento organizado en Málaga; la primera prueba que no estaban completos los elementos necesarios para el transporte de bastimentos de boca, y la segunda, que faltaban los indispensables para asegurar el munieionamiento de artillería é infantería. Sin tales abastecimientos regularizados no había posibilidad sino de avances parciales cual los hasta ahora ejecutados. El examen de éstos, y las direcciones de ellos, muestran con evidencia que se ha realizado un cambio, ó, mejor dicho, ampliación de la base de operaciones, consecuencia del cual es la mayor extensión dada al teatro de éstas; que mientras antes se hallaba restringido á la estrecha faja de terreno comprendido entre la costa oriental de TresForcas y la occidental de Mar Chica por una parte, y de otra por la eadena de alturas señalada por los montes Gurugú. Mibon y Uicsan zooa donde ni un paso podíamos dar sin inmediato conocimiento del enemigo, que hallaba por todas partes ventajosas posicio; nes para hostilizarnos) se extiende hoy de Melilla á Cabo del Agua, con posibilidades de desembocar de improviso sobre diversos objetivos, con frentes más extensos y menores obstáculos. Además de las anteriores ventajas, que creemos habrán sido parte á determinar la resolución del general en jefe, es probable, y esto sólo son suposiciones nuestras, que en ella influyan consideraciones de otra índole, tales como el objetivo final que con la campaña persiga el Gobierno, la necesidad de consolidar la problemática adhesión de los quebdanas, ó de hacerles tocar los inconvenientes de sernos hostiles, ejerciendo acción de presencia en lugares un tanto alejados de los puntos que ocupan nuestros campamentos. 1, as operaciones recientemente realizadas y la versátil actitud de los rífenos han venido á demostrar que tal acción era muy necesaria. Conviene decir algo sobre cada una de estas posibles causas determinantes de la constitución de la base de operaciones y ampliación del campo de la lucha. De las razones de orden táctico, como facilidades de iniciar movimientos, tomar caminos más despejados, economizar bajas innecesarias, buscar lugares donde la superioridad de nuestros elementos ofensivos halle facilidades de manifestarse y obrar eficazmente, nada tenemos que agregar á lo indicado dos párrafos más arriba. En cuanto á la influencia que en las decisiones del general haya ejercido la definitiva finalidad de las operaciones, claro es que. desconocida ésta por nosotros, imposible nos es emitir juicio acerca déla mayor ó menor congruencia que existir pueda entre el fin y los medios; y aunque algo acaso se nos alcance sobre uno y otros, ni como suposición nos parece oportuno aventurar dato, opinión ni conjetura. Aunque no la única, somos excepción en esto á la opinión de muchos que se quejan de que al país no se le diga cuáles son los propósitos de nuestra acción militar, hasta dónde ha de llegar ésta, qué territorios se piensa ocupar, qué ventajas obtener en definitiva. Sobre todo daremos opinión en breve plazo, pues bien lo merece la importancia del asunto; pero por cuenta nuestra, y s n que nos extrañe que Gobierno y geutj ii enjeíe ¿uux- cu absoluto dileucic so- bre dichos extremos, pues tal reserva es perfectamente lógica, y no sólo lógica, sino constitucional. Todas nuestras constituciones, aun las más liberales, han sustraído la ruptura de las hostilidades á la intervención de los Parlamentos: el hacer la guerra, el ajustar la paz, es función exclusiva de los poderes mo derador y ejecutivo; sólo cuando la paz está ajustada se someten la guerra y la paz á ia discusión de las Cámaras legislativas. El Rey, ios Gobiernos, que no pueden cobrar una peseta de un impuesto que por el Partamento no haya sido votado, tienen facultad plena, sin consultarle, para disponer de la fuerza armada, para decretar la incorporación á ella de los llamados á nutrirla y reemplazar sus bajas, para gastar, en suma, sangre de españoles, que vale r. iucho más que sus pesetas. ¿Y por qué esta aparente anomalía, no exclusiva de nuestras constituciones, sino fenómeno general en las de los demás países... Pues muy sencillo: porque la guerra no puede hacerse sometiéndola á discusiones; porque exige decisiones rápidas y secretas; porque conclaves y discusiones sólo pueden conducir á dudas, á pérdidas de tiempo, á ruptura de prudente reserva, á fomentar indisciplinas militares ó sociales: á desastres, en suma. Supongamos abiertas las Cortes y que mientras las tropas combatieran selevaotara un diputado ó senador á preguntar cuál era el objetivo de la campaña, qué pensábamos ganar, qué territorios quedarían por nuestros al terminarla, y es seguro que la contestación de éste ó de otro cualquier Gobierno sería que preguntaba cosas constitucionalmonte vedadas á sus facultades de fiscalización parlamentaria, cosas que naaie tiene derecho á saber, que es peligroso preguntar y más aún contestar, cosas que sólo terminada la guerra pueden ponerse á discusión. Y si las Cortes, que son la más alta representación de la patria, no pueden intervenir en tales asuntos, ni tienen derecho á saber nada de planes y proyectos, ¿en qué cabeza cabe que nadie pueda pretender que los Gobiernos den tales explicaciones a ia gente? ¿Cuándo ni en qué país han dicho jamas los gobernantes hasta dónde se proponían llevar la acción de sus ejércitos, qué sacrificios impondrían al vencido, qaé compensaciones pedirían? ¿No se le alcanza al más inocente que publicar tales planes sería dar armas al enemigo, acaso excitar su resistencia, tal vez procurarle ajena ayuda, franca ó hipócritamente dispensada? ¿Por ventura dijo Alemania, antes de ven cer á Francia en 1870, que intentaba quitarle la Alsacia y la ¿orena; que la consecuencia de la victoria sería la creación del imperio alemán? ¿Dejaron los Estados Unidos traslucir, hasta llegar á las conferencias de París, que además de la independencia de Cuba iban á ganar ellos para sí Puerto Rico y las Filipinas? ¿Dijo Inglaterra al entrar en Egipto, al comenzar la guerra del Transvaal, que fuera su propósito reducir de hecho tales países á- meras colonias británicas? No, ninguna de aquellas naciones cayó en esa insigne eandidez; todas tuvieron buen cuidado de recatar sus intenciones hasta tener vencido al enemigo; todas cuidaron de no exacerbar desde el primer momento la resistencia del adversario, de no excitar celos y envidias de neutrales. Denohaberprocedidoen tal forma, es más que verosímil que al lado de Francia hubiera combatido Austria á los prusianos; que Inglaterra no se hubiera mostrado indiferente á la contienda; casi seguro que las potencias europeas y el Japón, que indiferentes presenciaron nuestra lucha con ¡os amatzcancs, ñubieraa hecfe? alguna demos- tración más eficaz que la platónicamente? iniciada y fracasada para detener á aquéllos, antes de romperse las hostilidades. Cuando llegue la hora oportuna de tlísca- f tir lo hecho; bien seguro es que A B C eríticará, censurando cuanto merezca censura, sea quienquiera quien lo haya hecho; de antemano declaramos que no todo lo ejecutado nos parece de perlas, y que llegado el caso será nuestra voz la primera que censa re; pero hasta entonces, y por lo que á pla- nes y objetivos se refiere, nos parece perfec s tamente el silencio oficial. GKONICA DE LA CAIVIPAHA D 3 NUESTRO COMPAÑERO SEÑOR ¿ANCHEZ OCAÑA MEL 1 U. A, Ce acabó el convoy. 13 Es decir, se acabó ó se acabará muy pronto el convoy por tierra, el convoy diario, que precisamente, salvo muy raras exi, cepciones, se había de regar con sangre nuestra. Esta noticia, ya por telégrafo lo anticipé, ha causado general alegría. Para los moros era algo así como una cruel distraceión diaria, una diversión ya imprescindible, el paso del convoy. A las nueve en punto ya habían tomado las alturas del barranco del lyobo y de Sidi- Musa- -en tota! treinta ó cuarenta de esos bandidos, -y bien parapetados tras de las piedras, sin dar la cara, se entretenían en tirar contra la tropa, y singularmente contra el grupo formado por las baterías Por fortuna, salvo obstáculo no esperado, cuando estas líneas se publiquen tal vez vaya el convoy hasta la bocana de la Mar Chica por la vía férrea. Regreso en este instante del ensayo de la inauguración extraoficial de la línea, y aunque acabo de expedir por el cable un amplio despacho á propósito de este suceso, ya que el Menorquin (por variar) retrasa esta tarde su salida y no ha de zarpar hasta lg madrugada, quiero ampliar la noticia coa estas cuartillas, y si no ampliarla, á lo menos sumar á ella una impresión. El trayecto de la vía férrea española comienza en la mismísima marina, al pie del muelle de madera recientemente constraiído; cruza por el popular barrio extramuros de Triana, al pie de los tampamentos de la brigada Alfau, y en línea recta va hasta el Hipódromo. Desde el Hipódromo, tras de una curva, el tren corre por la orilla del mar. I a máquina que se ha puesto para el servicio es potente; el material, todo él de resistencia. En los vagones, descubiertos, cabe mucha carga; son capaces para mueho peso. Así, en un par de viajes cátate al pie del Atalayón, en la orilla de Mar Chica, víveres y municiones en abundantísima tnedü da. Y como el viaje es breve, aunque el recorrido sea algo lento, por precaución, bien puede repetirse dos y tres y cuatro veces ea un día, y no añado de noche porque, con ametralladoras y todo, ya resulta más aventurado Nada diré de la sensación del viaje, vi- jé bien extraño, en ferrocarril por entre posiciones y trincheras, silbando la máquina por primera vez frente al Gurugú, y por prime ra vez también en territorio rifen o, y por primera vez acaso en África, puesto que los vagones de Casablanca aun se arrastras con tracción animal. Calcula, lector, nuestra sensación de sorpresa y de alegría. ¡íbamos en un tren, ea un tren de verdad, corriendo paralelamente al Gurugú; cruzando en nuestro camino, e vez de los guardabarreras y de las easetas de peatones, los ceatinelas, los puestos, los