Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A B C. SABATX) 21 DE AGOSTO DE 1909. EDICTO tó 1. a PAG. 6. eoo eii vases, la radóa diaria del soldado (pan, galleta, legumbres secas y demás componentes de su rancho cotidiano) y, por tanto, 30.000 hombres necesitan por día 45 toneladas de víveres; es decir, casi tanto como lo que pesan los soldados de un batallón de 700 á 800 plazas; ocupando esta cantidad de bastimentos 50 metros cúbicos, que para su transporte reclaman cerca de 500 mulos, con sus reservas correspondientes. Esto sólo para el pan y la etapa; pues si los 3O ooo hombres han de operar en terreno donde no haya agua, en clima cálido y durante una estación en que la sed es uno de los principales tormentos, no resultará exagerado el agregar para el completo del racionamiento una masa de 150.000 litros de agua, con 1.500 acémilas para su conducción, a dos barricas de 50 litros cada una. Como se ve, abulta y pesa un poco lo que necesitan 30.000 hombres para vivir un día, y si se tratase de operaciones que han de durar por lo menos dos ó tres, el lector podrá, sin grandes matemáticas, calcular el efectivo y el tiempo que requiere reunir, envasar, cargar y descargar los avituallamientos correspondientes. Y conste que, para no extremar la nota, prescindimos de todo material de condimentación y elaboración; porque si en lugar de suponer que las raciones van preparadas admitiésemos que el pau tenía que amasarse y cocerse por las tropas expedicionarias, y los ranchos prepararse con el utensilio que se usa en los ejércitos extranjeros, habría que aumentar la impedimenta con el consiguiente material de hornos y cocinas de campaña, lo cual exigiría 60 de montaña de los primeros y 100 de las se gundas, representando en junto otras 1.000 acémilas embastadas para el transporte de carga. Esto por lo que se refiere á los hombres; pues aun nps queda otro renglón no despre ciable, cual es el de la alimentación del ganada que les acompañe, y aunque np le calculemos tampoco muy por alto, ¿qué menos hemos de suponer que 8.000 caballos (1) y mulos entre los de silla, tiro y carga? Pues el racionamiento divisionario de esos 8 000 caballos y mulos representa 80 toneladas de peso (entre cebada y paja) y otras 80 de agua, cuyo transporte, prescindiendo de la paja, para no hacer interminable la columna, significa otras 1.200 caballerías, que se duplicarán ó triplicarán según la cuantía del escalón divisionario que se quiere llevar en inmediato contacto con las tropas. Sólo para el agua, la fuerza supuesta vaciaría en cuatro días el estanque grande del Retiro, suponiendo de dos metros su profundidad. No es moco de pavo, por lo tanto, el hacer vivir á 30.000 hombres en un país sin recursos; por lo que no puede menos de maravillar que algunas gentes crean que las marchas y los movimientos de avance se efectúan sólo con echar á andar la Infantería y la Artillería, sin percatarse de que todo general previsor, antes de mover sus fuerzas, debe asegurarles sus líneas y medios de aprovisionamiento, so pena de hacer la guerra á la cubana, en la que cuando se acabaoan las raciones que el soldado llevaba consigo se volvía la tropa á sus cantones, dejando sin terminar la operación comenzada. ¿Es de creer que los que anhelan la toma inmediata y rápida de Zeluán, por ejemplo, se dieran por satisfechos con que bombardeásemos la alcazaba y tornásemos tranquiiamente á MeliUa por falta de medios para seguir allí sosteniéndonos? Pero con las municiones de boca no se nace solo la guerra: el elemento principal, i) Exceptuamos los 13 000 de la impedimenta ge ÍÍal, de que luego se hablara, á los que suponemss u 1 conducen las ¿aciones individuales que puedan U 2 na. activo, ofensivo y defensivo de ésta es el fuego de la Infantería y de la Artillería, lo que exige cartuchería y proyectiles: de la primera, un cuerpo de ejército de 30.000 hombres requiere, al menos, ademas de los que el soldado conduce consigo, 36.000 cartuchos por compañía y otros 36000 de repuesto de batallón, dos millones de repuesto de brigada y otros dos como repuesto divisionario. Y sólo con estas cifras, que apenas bastarán para dos ó tres días de combate reñido, nos encontramos con que hay que conducir unas 15.000 cajas de cartuchería maüiaer, que, a 50 kilogramos cada una, pesan en total 750.000 kilogramos, y reclaman 7 500 cargas. Vienen después las ametralladoras, á las que no les pondremos mas que 0 10 200 disparos á cada una en el i. y 2. escalón, y otros tantos en el divisionario: en total, 400 cajas de á 1.200 disparos, que pesan 20000 kilogramos y piden 200 acémilas de caiga. Queda, por último, la artillería, y en ella vamos á prescindir de toda la de posición y de la rodada para no íecargar el cuadro; pero aunque solo nos limitemos á la de montaña, ¿qué menos vamos á poner que 200 cajas por grupo, y otras 200 por brigada, y 400 al mínimum en la coiaínna divisionaria? De modo que sólo las municiones de guerra representan 900 toneladas de peso, con una columna de 9 000 mulos para su conducción á lomo, y si sumamos estas cifras con las de las municiones de boca, calculadas solo para un día, nos encontraremos una masa total de 1.300 toneladas en 13.000 cargas. Y si pusiésemos en columna de á cuatro estas 13 000 cargas de municiones de boca y guerra, ocuparían desde el Hipódromo hasta bastante más allá de la Puerta de Toledo, cubriendo todos los paseos de la Castellana, Recoletos, Prado y rondas. -Pero al menos, dirá el abrumado lector, ya con eso está todo. Pues no lo está aún, porque esos 30.000 hombres necesitan además su tren de equipajes para la oficialidad y cuarteles generaies, un repuesto de vestuario, calzado y equipo; un tren sanitario y, si las tropas han de acampar, otro tren de material de campamento, de euya cuantía se puede formar idea solo con decir que se necesitarían 2.000 tiendas á 100 kilogramos de peso cada una. Me parece, pues, que basta fijarse en estas afras, apuntadas á vuela pluma, para que el público no impresionable comprenda que las operaciones militares, tan impacientemente esperadas a veces, necesitan ir precedidas de laboriosísima preparación que ni se realiza en ocho ó diez días ni con la facilidad que algunos suponen. Ahora bien, si la guerra se hace en mangas de camisa, se come y se bebe donde se puede (y en el caso presente no hay de qué comer ni beber en parte alguna como no se lleve) se tira hasta que se acaba la cartuchera y se echa luego mano á la navaja ó se ponen los pies en polvorosa, sobran todas las cargas, todas las municiones y todo plan de operaciones, aunque las consecuencias sean que la potencia militar de un país quede á la altura de la de las hordas rifeñas que de esta manera se baten. l a predicación de los santones ha contri buido muy eficazmente á suscitar las hostilidades de los rífenos contra España. Ahora se acentúa esa predicación en los zocos del Rif ante los anuncios de avance de nuestras tropas, y no parece oportuno reproducir del tratado de Derecho piíbhco musulmán, del conde de Ostrorog, loa preceptos que regulan su guerra sauta. LA GUERRA SANTA EN EL R 1 F 1 a proclamación de la guerra santa entré los infieles esta sometida a reglas de Derecho que autorizan al enviado que la pre- iida, y que cuaado está investido de pleao poder se distribuyen en seis grupos. El primero es el que trata de la dirección de la marcha del Ejército. Con relación á las tropas, el jefe está obligado á cumplir siete obligaciones. La primera de ellas es regular la marcha llevándola a paso moderado, de tal moda, que el soldado más débil pueda realizarla y el más fuerte conserve la plenitud de sus facultades, y no forzarla hasta hacer perecer á los débiles y agotar el vigor de los mas fuertes. El Profeta ha dicho: Esta religión es de lucüa; si os es posible, luchad. Cuando combatáis por elía marchad tomando vuestras medidas. El qu se apresurara sin franquear grandes distancias no deja un caballo en pie. I o peor de las marchas es la marcha forzada. También ha dicho ei Profeta: El hombre mal montado conduce las tropas. Y quiso con esto decir que es necesario regular la marcha por la del jmete cuya cabalgadura es débil. El segundo de los deberes del jefe es inspeccionar los caballos sobre los que se han de combatir y los que han de servir de bestias de carga. No deben admitir como caballos de guerra ni los gordos, ni los grandes, ni los desmedrados, ni los pequeños, ni ios agobiados por la edad, ni los delgados ó enflaquecidos. Tales caballos no son resistentes y su debilidad puede ser causa de su inferioridad. Debe también inspeccionar los caballos de carga y de tiro, y rechazar aquellos que no sean útiles é impedir que se obligue á los demás a conducir más que aquello que puedan soportar sus fuerzas. El Señor ha dicho: Preparad contra ellos cuantas fuerzas y caballos podáis para atacarlos. Y el Profeta ha dicho: T ned ca ballos en el ataque; sus Ionios serán para vosotros una fuerza, su yieatre un tesoro. tiandó el jefe se ve en la precisión de des pertar el ardor guerrero entre los hombres, le está permitido incitar al martirio á aquellos que se muestran inclinados a él, y de los cuales sabe que su heroísmo pueáe dar por fruto uno de dos resultados: ó inflamar el valor de los musulmanes, ó sembrar el temor entre los infieles, proporcionándoles el espectáculo de la audacia que inspira la confianza en el apoyo de Dios. Mohamed ben Ishac refiere que en la batalla de Bidr el mensajero de Dios salió del tabernáculo y excitó á- combatir á los hombres, sabiendo grabar en el corazón de todos ellos la pequenez de los riesgos del combate. Y les decía: ¡Por Aquel que tiene mi vida entre sus manos! (No habrá hombre que hoy combata, y que se haga matar con bravura de cari, al enemigo, y de espaldas, á quien Dios no haga entrar en el Paraíso! Ornar ben Hassan, de los ben- selama, tenía en la mano dátiles que iba comiendo: ¡Admirable! -dijo- ¡Nada hay entre mí y el Paraíso si no es el morir á manos de esas gentes! Y arrojando los dátiles, tomó su espada y corrió al combate, luchando hasta morir ¡Séale Dios clemente! Al mahometano le está permitido matar á los infieles hábiles para la lucha que estén en su poder, sean eatonces combatientes ó no. Pero no le está permitido matar a las mujeres y á los niños, ni en el transcurso de la batalla, ni fuera de la lucha, en tanto no combatan, porque el enviado de Dios ha prohibido matarlos, así como á los criados v los esclavos. n rni ñutí ¡n aviara rtmr 1 ini ntiiinni 1 ni T n r un muran