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A B C JUEVES 1 DE AGOSTO OB 1909. HD 1 CÍ 0 N 1 PAG. 6. y aparecer! un nuevo y distinto paisaje á nuestra vista. La decoración cambia por completa; una aeríe de suaves pendientes y ondulaciones del terreno nos permitirá insensiblemente desceader á otros valles y llanuras. Pongamos otro ejemplo. Imaginemos que Un cuchillo gigantesco partiese de Norte á Sur aquella cordillera. La sección sería un triángulo rectángulo, descansando sobre el cateto mayor de la figura; la hipotenusa nos permitiría subir fácilmente hasta alcanzar el punto culminante, que correspondería precisamente á la cima de esa región. Creemos que con esto y con lo dicho en otros artículos anteriores es ya muy bastante para dar idea del camino seguido por las columnas francesas. Siguieron, pues, esas undulaciones del terreno que ¡naturalmente, tenían que ser su camino viniendo de Uxda y de la Argelia, y que insensiblemente les condujo al centro de esa región. En cuanto á nuestro Éurugú, la cosa es ya distinta; y para seguir estableciendo comparaciones con iiguras geométricas, representémosle por un cono colosal que obstruyese la salida de Melilla. Su forma y la situación que ocupa frente a nuestra plaza ha en de este monte un obstáculo formidab e, que es necesario ven ¿er si pretendemos ayanzar ai interior. Aquí TÍO hay esas suaves pendientes por donde podamos con facilidad subir á él. La naturaleza de este macizo rocoso, COD profundas escotaduras y barrancos, lleno de mil accidentes, de los que cada uno constituye temibles defensas naturales, hacen de este monte un enemigo terrible, al que precisa someter antes de seguir adelante. Ciara está que la empresa ha de hacerse perdiendo- el menor número de vidas, para lo cual se buscara la parte más fácil y vulnerable para la sabida, ú otro procedimiento que estime más conveniente el arte de la guerra; pero ni como oste Gurugú hay ciento en los Beni- Snasen, ni pueden compararse las operaciones de los franceses en aquella región con las emprendidas por nosotros en Meliüa. No es que tratemos de rebajar el valor y la importancia de tes operacioaes de los franceses en Bem Snasen. Al contrario, nosotros confesamos sinceramente que ellas suponen un valor mucho más grande que el que se les atribuye. Nosotros concedemos á nuestros aliados una perfecta organización en todo; es mas, les admiramos, porque el éxito de sus armas en Beni- Snasen, mas que en las arles de la guerra (por cierto de una gran experiencia en Marruecos adquirida por sus campañas argelinas) se debe a una decisiva Superioridad moral sobre estas bárbaras cabiias, que á nosotros nos faifa conseguir, Ello será objeto de otro artículo. TEB 1 B EL- HAY ARA en tos momentos supremos. ¡Pobrecillos míos! unos vi que me pedían agua: Padre, un poco de agua, no quiero más que agua! Y yo busqué por todas partes, sin encontrar ni una gota. ¡Dios mío! mi vida misma hubiese áado por encontrar un sorbo de agua. Crucé de un lado para otro, sin hallar el agua deseada. -Sí, era un silbido continuo. La Ptovidencia me salvó y me permitió ir en socorro de los muchachos. Yo no lo pensaba entonces, y les aseguro que no quiero dármelas de valiente. No lo soy; pero preocupado con el auxilio de los muchachos, ¿quién se acuerda de otra cosa? Crecía y más crecía aquel fuego horroroso. Yo veía caer j unto á mi á los hombres, y no encontraba manos bastantes- para ayudar á llevarlos adonde les prestasen ayuJa médica. A veces allí mismo les curaba yo como podía y les daba el Sacramento... ¡Con qué fe lo recibían! De pronto, nos vimos cercados, perdidos, en medio de la garganta montañosa. Nos cazaban sin piedad desde lo alto. Oí gritos de desaliento. No vi jefes. Una avalancha de moros caía sobre nosotros, y á mi alrededor muchos rostros de muchachos que hacia mí volvían sus ojos angustiados. Com prendí que yo era la única voz de salvación que podían escuchar, y sobreponiéndome á todo tomé iniciativa de soldado. Dispuse me siguieran. Nos retiramos sin la menor precipitación posible... Y logré salvar algunas vidas. -Ño, lo repito. Sólo más tarde he llegado á comprender que la Providencia me dio tranquilidad para no azorarme y saivar- la situación... No recuerdo tencitaciones que nan querido darme bondadosos los jefes y amigos. Sólo recuerdo aquellos momentos de confusión horrible en que me pedían los pobres hvjos: ¡Agua, Padre! y yo no podía volverme fuente para haberles aliviado. El sentimiento de no favorecerles es lo único que recuerdo, y que me obsesiona... Así, con esta naturalidad de héroes, nos contaba el buen sacerdote un actoá su, parecer sencillo y sin mérito. Y lo contaba con una modestia evidente, que aun hacia xnás y mas simpática la figura del respetable cara militar. Uso es todo. LO QUE ES LA HARCA u e s t r o querido amigo é ilustrado compa ñero en la Prensa doctor Rmz Aibéniz, que por cierto ha marchado á Melilla con la representación de Diario Universal, ha descripto en las columnas de este diario lo que es la harca de la siguiente manera: Nada más original, mas estrambótico, LA MODESTIA que la forma con que los rífenos constituejércitos. DE UN HÉROE yen susRif, el servicio ae las armas no es En el a en u n a obligatorio; es algo más, es voluntario, de Y crónica de nuestro querido compañero Sr. Sánchez Ocaña se dio propia conveniencia, y todos acuden á las cuenta del heroico comportamiento de! ca- armas, pobres y neos, á la menor ocasión, pellán de Arapites, D. Miguel Lafuente, cuyo porque entre ese pueblo, esencialmente guerrero, el que da pruebas de valentía manda retrato publicamos al siguiente día. Otro cronista, el Sr. Chavam, relata en siempre como señor, y el que no demuestra Zas Provincias, de Valencia, la sencillez con un animo fuerte para la lucha pasa á la categoría de esclavo, y sus compatriotas ie qne ei capellán expresa su acción: ¿Pero qué quieren ustedes que les diga? desprecian, considerándote como mwjera y Si ello es una co a que no puedo yo decir haciéndole objeto de toda vejación. Cv o pasó. ¿Qué decir? Yo estaba en mi Dicen las crónicas que los rífenos son brapuesto; pero no nubo mas remedio que acu- voa, y no mienten en este aserto; pero les dir á todas partes, á animar a los mucha- falta decir que son el valiente por fuerza cl O- J, á uar tranquilidad, y ¡ay! á auxiliarles porque de no echárselas de matones pasan á la categona ¡de vítítiaias. -Pneftie es ést en que toda justicia y toáa. moral social parte del poder que- da ki fuerza, y la ley de la fuerza bruta es la jue- siempre seiin pone. En tiempo de paz lachan ñas rabilas contra otras, pueblos contra pueblos, y ana dentro de éstos, las familias, sólo porqwe uno de los dos bandos hizo algún alarde ée poder, de fuerza, que, con sólo ser alarde, ya es un peligro para todos los demás. De aquí que los rífenos consideren como una de las mayores riquezas las familias en que hay muchos yarones, pues coa los brazos de ellos viene el bienestar, no por el teaDajo, sino por la fuerza del mismo, que razzia y tala á las familias poco numerosas v débiles. Los caiaes y cautas aicajaeayjSit baIcaí des) son siempre nombrados entre los cabezas de familias numerosas, y todos sus parientes y deudos gozan de unos privikgias á cuyo lado resultarían pálidos aquel os de que nos habla la Historia en los tiempos del feudalismo. Cuando algún peitgro amenaza a una re gión, un jefe de cabila poderoso con voz i á los de otras regiones que le deben favoro ó ayuda y les pide su colaboración en hombres y armas para guerrear. Estos, á su vez, piden ayuda á sns amigo y así sucesivamente. Estas ayudas no se prestan sólo por amistad ó gratitud; el primer jefe convocante hace un pacto con los que llama á colaboración, dándoles an tanto por ciento en el futuro reparto del botín; porque 110 J ay que olvidar el papel importantísimo que juega la codicia en cuanto con la vida ufeña se relaciona. Ei rifeño, que, como ya en otros artículos dije, no se preocupa sino rara vez de ios trabajos del campo, y antes que empuñar na azada prefiere fantasear sobre su cab üo y jugar a l a guerra, acude siempre lleno de alborozo al llamamiento de los jefes. Mientras está en la guerra no se preocupa de nada; roba cuanto puede ásas- eom atrioias y vive á costa de Jos pueol- o ttaade la ¿tarca se instala. SaJede su h ¿ar provisto sólo de un fusil, cartuchos y cabJlo, si lo tiene; p ira el cami ¡o lleva una torta de eebada y varias cebol as. L e do al e impaciento, su único cuid do- es ¿iu car p ovi- dones de boca; no le preocupa el piaa de campaña; sólo cuando ve á sus compañeros dirigirse al combate lo hace él, retirándose cuando ve huir alguno, y avanzando por prooia voluntad. El primer avance- aei guerrero mfeño es el más temible; entra sieiaure en batalla brioso, poseur estupendo; cuídase sólo de aparecer gallardo y bravo entre los suyos y en avanzaT con más coraje que nadie contra el enemigo; sí éste retrocede á su primer ímpetu, a su orgullo de luckador añádese ¡a esperanza del saqueo y redobla sus esfuerzos; si el enemigo resiste, se enfurece durante largo rato; pero apenas un combatiente vuelve la espalda, imitan todos 3 U conducta, y atropellada nente se retiran, arreglando sólo su aturdida íuga cuando llegan á la vista de los suyos, entrando en el campamento, vencidos ea realidad, pero caracoleando en los caballos con gritos de alegría y contando estupendas acciones hijas de su valor. Los jefes de caotia retínense en Ja tienda del mas prestigioso de tuüos el os y discuten largamente, entre taza y taza de te, el plan de ataque. E s t a s discusiones son onginaissrmas: como el principio de autoridad es nulo, cada cual emite su opinión cuando en gana le viene; habían todos á á par, y ¡as más de las veces, después de cuatro ó cinco horas de chau chau (así llaman los rífenos a sus discusiones acaloradas) cada caal qneda con su criterio y libre de poner en practica su plan La misión ae ios jetes, mas tjue dirigir loa arm illlinnimu nammiitmnn- -iniwinaiini imn mu