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A B C MIÉRCOLES J 8 DE AGOSTO DE 1909. EDICIÓN 1. PAÜ. IMPRESIONES DE MI VIDA aria Teresa había esperado nuestra vú elta de Salamanca para salir á misa; la ceremonia tuvo lugar en la capilla de su casa y asistió toda la familia. Se hizo muy sencilla y devotamente, como á ella le gusta. Hay allí, sobre el altar, un cuadro precioso, de Ferrant, representando á San Fernando, Patrono de mi hijo, entregando las llaves de Sevilla á la Virgen. He rezado mucho todos los días, durante la misa, delante de ese cuadro. En el fondo se ve la Giralda. Tenía mucha gana de volver á ver en realidad la Giralda, y no me hice rogar mucho cuando mi hija puso en el plan de viaje la feria de Sevilla. Yo había estado allí hace la friolera de treinta y dos años, y guardaba el mejor recuerdo de aquellos días. Así que fuimos á Sevilla. Llegamos el primer día de feria, el 18 de Abril, y como era domingo, las monjas del convento de Castilleja de la Cuesta, donde nos hospedamos, me tenían preparada una misa. El señor arzobispo quiso decirla él mismo, y así tuve el gusto de hablar con él mientras se desayunaba, y poder contarle lo bien que lo habíanles pasado en Salamanca, su tierra. Tardarnos tanto en bajar á Sevilla, que ya no hubo tiempo más que para ir directamente á la tienda del Casino Sevillano, donde mi sobrino Luis Fernando, el hijo segundo de mi hermana Eulalia, nos había convidado á almorzar. Allí encontré muchos antiguos conocidos y refrescamos recuerdos de otros tiempos. En el Alcázar nos pusimos las mantillas para ir á los toros, y puntualmente aparecimos en el palco. Cómo brillaban al sol los trajes bordados de oro de la cuadrilla. Yo no entiendo gran cosa del arte de torear, admiro sólo la destreza y valor de los toreros, y confieso que, convencida de que una de las mayores diversiones para el hombre es el de matar animales, prefiero esta manera franca de hacerlo á pescar, por ejemplo, con caña ó cazar con reclamo; siquiera les deja uno á los pobres bichos la posibilidad de defenderse. Mis tres hijos, á quienes he tardado mucho en llevarlos al espectáculo llamado nacional, por miedo á que nos encontrasen crueles, comparten mi opinión, y la verdad es que se me quitó un peso de encima cuando los vi aplaudir con entusiasmo. Aquella tarde, en Sevilla, con el calor que entraba hasta el alma, y mirando la Giralda destacándose sobre el cielo azul, yo estaba muy contenta y soñaba en mil cosas ajenas á la corrida, cuando de repente me llamó la atención el silencio que reinó en la plaza. El espada había cogido la muleta y brindaba el toro; pero ¿á quién? ¡Santo Dios! ¡Por Su Alteza y toda la familia Real! Mi primer movimiento fue mirar qué le podría yo tirar de lo que llevaba puesto; pero nada podía utilizarse para un hombre, y cuando después de una estocada soberbia cayó redondo el toro, me volví á los señores que estaban en el palco, y dije: ¡Que suba! Entró en el palco radia ule con su triunfo. Magnífico- -le dije, dándole la ruado. -Pero, hombre, yo no estaba preparada á esta sorpresa. Señora, uo fue ma que un gorpe de atensión- -me contestó: Y luego sucedió que ese gorpe de atensión lo tuvieron los otros dosjespadas, y, naturalmente, los hice subir también al paleo. Por fortuna, entre las pocas alhajas que había llevado á Sevilla, tenía una pulsera de turquesas y brillantes alternados; conté las piedras aquella noche al llegar á casa, y había doce de cada clase; el problema estaba resuelto; cuatro correspondían á cada uno de los espadas. Los volví á llamar después de la corrida Jel segundo día y qui mos y veníamos de Castilleja á Sevilla coa la mayor facilidad, y por las noches dormíamos en la casa del héroe (transformada en elegíate instituto de religio. sat después de los bailes que teníamos en las tiendas del Casino Sevillano y del Círculo de LabradoDISTINTOS EFECTOS res. Todas las madres que han vivido alejadas del mundo mientras crecían sus hijas, y En casa de cierto marqués muy avaro salen de repente otra vez, cuando éstas tiese estaba haciendo una cuestación. nen edad de bailar, saben que hay ratos en Al dirigirse á él el colector de las lique lucha uno con el sueño, pero sucede mosnas, el hombre echó una moneda en que lucha uno valientemente, con tal que la bandeja y se fue de la sala. se divieitan ellas. Y la verdad es que eraa Volvió á entrar á poco rato, y el colecbonitos aquellos bailes de la feria al aire tor, distraído, volvió á pedirle. libre, en aquellas noches que escogen los na- ¡Ya he dado! -dijo el marqués con ranjos para perfumar el ambiente de azahar. enojo. En mis recuerdos queda una nota preciosa- -Ya lo creo- -repuso ei otro; -pero no de color local: unas diez y seis parejas de lo hab a visto. muchachas andaluzas, déla mejor sociedad, -Pues yo lo he visto y no creo- -murbailando las sevillanas, con sus pañolones muró uno de los concurrentes. de Manila, y las peinetas de teja y los claveles reventones en el pelo. Cada país debiera guardar su tipo. Que dejen ellas los ANAGRAMA, POR NOVEJAROU sombrerazos de París á las americanas, que abundan en la feria, y enseñen, en cambio, á los extranjeros esa gracia inimitable que Dios las dio. Por las noches nos acompañaba D. Tomás Ibarra hasta la puerta del convento, y luego se volvía otra vez á su casa de Sevilla. La manera tan natural como los españoles lo hacen todo es cosa que encanta. Venga usted, Emilia- -le dije á la señora de Ibarra una mañana que mi chica, con su primo, los señores de Barón y el hijo del duque de T Serclaes, había ido á. caballo á la feria; mientras la chica se cambia de traje, quería que me llevara usted al Pozo Santo. Al llegar á la puerta del hospital solamente dije: La infanta Paz La portera se levantó como movida por un resorte; me cogió las manos, y un venga, venga que me rejuveneció de treinta años, me llevó por aquellos pasillos, tan llenos de sol, y que yo recordaba tan bien. En una espacioLa solución, mañana. sa sala, alrededor de un gran cesto, con las cabezas inclinadas, había monjas ocupadas en pelar judias. La infanta Paz les gritó la Solución á la celebridad: portera desde lejos; las viejas se levantaron como quien despierta de un sueño; las jóvePA 1 SIELLO (JUAN) nes me miraron con estrañeza; en esto acu (CÉLEBRE COMPOSITOR ITALIANO) día ya la superiora, gozosa con la noti ñ que había llegado á su celda. Déme un abrazo exclamó, y yo se lo di con toda mi alma. Sevilla entera se encetándome la pulsera, que llevaba puesta, se rraba en aquel abrazo; pero Sevilla verdala enseñé á los tres diciéndoles: Para que deramente española, impregnada de los retengan un recuerdo mío, la voy á cortar en cuerdos de mis quince años, de aquellos días tres pedazos y mandaré hacer un par de ge- inolvidables, en que yo iba de cuando en cuando con mis hermanas á servir la comimelos para cada uno. A la tercera corrida no asistimos; en la- da á las incurables del hospital; aun consergar de eso fuimos á Víllamanrique para vi- van nuestros delantales, según me dijo la sitar á la condesa de París, que, desgracia- superiora cuando, rodeadas de toda la Codamente, no estaba en casa; la escribimos munidad, recordábamos otros tiempos. Ya una carta en su cuarto y dimos un vistazo nadie se acuerda de nosotras decía con al jardín, con magnificas calles de palmeras. acento de melancolía. ¿Nadie, madre? Comprendo su gusto de vivir allí; tiene mu Si, si, su hita la infanta María Teresa escho encanto das Sand trodie Citrouea tuvo aquí. blühen el país donde florecen los limoneCuando yo veía crecer á María Teresa me ros, como dice Goethe por boca de Mignon. iba sintiendo renacer, y más de una vez he El camino era muy largo; pero como gracias respondido á los que se lamentaban de que á la amabilidad de los señores de Ibarra te- yo estuviese tan lejos: Tienen ustedes aquí níamos un magnífico automóvil constante- otra edición mía, corregida y aumentada. mente á. nuestra disposición, estábamos rela- No soñaba entonces que un día oiría esas tivamente resguardados del calor y el polvo palabras benditas: Su hija María Teresa de la carretera, y durante el trayecto pa- Por eso sentía yo verdadera necesidad de samos un buen rato hablando con mi sobri- entrar, aunque no fuese más que un instanno de los proyectos que con tan buena vo- te, en el soberbio templo de Sevilla donluntad piensa poner en práctica para culti- de las oraciones suben solas al levantar la var sus tierras de Castilleja. Yo entonces le vista hacia aquellas bóvedas. En la sacrisdije: La tierra española es agradecida, y colección de sólo espera para dar que sus amos la cul- tía me sorprendió la an las alturas, cuadros que antes se perdían donde tiven. estaban colgados, y que ahora, siguiendo Cuando de soltera andaba 70 por Sevilla, los consejos del Sr. Gestoso, tan entendido Castilleja de la Cuesta pertenecía al duque en arte y tan amante de su patria, forman de Montpensier, y sólo de largo en largo un verdadero museo. Desgraciadamente no puae empaparme á tiempo nos decidíamos á hacer allí una jira de campo para visitar la casa en que murió. mi gusto en aquella atmósfera de espíritu Hernán Cortés; ahora, coa el automóvil, íba- religioso y artístico; había todavía mucho PASAT 1 EMPOS