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ABC. MARTES 17 DE AGOSTO DE 1909. EDICIÓN i. P Ci. 17 f Antonieta experimento emoción extraordinaria. Sin embargo, trató de mostrarse absolutamente tranquila y tuvo el valor de soportar sin el menor desfallecimiento la mirada de Víctor. Pero palidecía, y el vértigo de los primeros, momentos ascendía hasta sus sienes. ¡Cuánto sufre usted! -exclamó Víctor. ¡Cómo sufrimos los dos -No Sé- -contestó Antonieta- -qué locura le induce á usted á hablarme de ese modo. ¿Tiene usted empeño en perder la estima en que le tenía? -No se pueae ser discreto cuando, se ama. Voy á hablar á usted con toda since ridad, toda vez que mi secreto me ahoga Pero usted lo ha adivinado, ¿no es verdad Sabe usted que la adoro locamente. Antonieta guardaba- silencio, con las ma ¡nos heladas y los labios temblorosos. -No tema usted nada- -prosiguió Víc tor. -La conozco á usted demasiado bien para no saber de antemano la suerte qu me espera y que nada debo esperar de us ted. Partiré mañana mismo si usted me o manda, y destruiré mi carrera, mi porvenir, á la menor indicación de usted. Pero antes deseo saber si participa usted de este sentimiento que me tortura y me mata. ¡Por Dios, Antonieta, dígame usted si me ama! ¿Qué iba á contestarle aquella mujer? ¿Podía acaso contestarle el tormento infinita de su corazón? Si al partir se llevaba Victo su secreto, en lo sucesivo reinaría entr ellos tín acuerdo tácito. Sus culpables pala bras mancharían los labios de la esposa, y á pesar del alejamiento y del silencio, serían cómplices los dos de un amor criminal- ¡No le amo á usted! -exclamó lentameá te Antonieta. -Mi corazón no me pertenece y no puede ser más que de mi esposo. que Antonieta H abía comprendido Víctor por un refinamentía por heroísmo y ÁFRICA 1859- 1909 1- 1 ace cincuenta años, una mañana de oto l ño, húmeda y fría, los habitantes de La Corana se dirigían en tropel al paseo de la Marina, lindante con la bahía, y una inmensa muchedumbre ocupaba la larga avenida que comienza en el antiguo derribo y termina en la batería de salvas. No había cumplido nueve años, mi padre me asía fuertemente la mano para que la avalancha no me separara de su lado, y ocupábamos uno de los lugares más cercanos al muelle. Al pie de la rampa, las aguas, movidas por un fuerte Noroeste, hacían cabecear inmensas barcazas, tripuladas por fuertes marineros, y todos tenían la vista fija en la ciudad vieja. Al poco llegaron confusos los ecos de un a marcha militar; la muchedumbre movíase toda, y luego se divisaron los gastadores del regimiento de Infantería del Príncipe, destacando al frente de los soldados la gallarda figura de su coronel, que montaba caballo de gran alzada. Los soldados iban á la guerra, á la de África, á verter su sangre en lucha eon los marroquíes, cuya insolencia era preciso castigar. Los recuerdos de la infan cia viven permanentes en la memoria, y aquel día no se ha borrado de la mía y su recuerdo perdura vigoroso en mí. No comprendía el alcance del suceso, no era mi edad bastante para apreciar el concepto de patria, ni comprendía la guerra en su verdadera significación; oía á aquella multitud lanzar delirantes vivas á España, á la patria; escuchaba las contestaciones de los oficiales, de los soldados; veía jue mi padre gritaba también ¡viva! ¡viva! y yo unía los sonidos de mi débil voz á aquel ensordecedor clamoreo. Las barcas se alejaban del muelle, acercándose al barco que había de conducir al regimiento; en una ondeaba la bandera, que, agitada por el fuerte viento, flameaba y enardecía á los coruñeses, y. siempre que he asistido en mi vida á un acto patriótico, siempre se. ha dibujado en mi memoria el, recuerdo de. aquej glorioso día. No lloraban las madres, ni caían presas de síncopes las novias de los militares, no; los que como hormiguero humano cubrían la inmensa faja de la Marina no iban á enternecer al patriota, á debilitar al que sólo se consideraba obligado por el deber: iban á infundir valor á todos, á ensalzar á la pa tria, á demostrar lajjconfianza en la victoria. Y los soldados no vacilaban; aquellos Dravos, sonrientes, rojos algunos de vitorear á España, á la bandera, entonaban cánticos, himnos patrióticos, y cuando el barco doblaba el castillo de San Antón, perdiéndose á la vista de los coruñeses, en el aire se encontraban los vítores de los que se marchaban y los hurras de los que quedaban rogando al Dios de las victorias por el triunfo. Mandaba la fuerza el coronel D. Cándido Pieltain, figura militar, alto, fornido, proporcionado, espeso bigote, larga perilla, gallardo sin afectación, severo en el mando, modesto en la intimidad, cual cumple al superior para ser qúerido- y respetado. Sentía adoración por el ilustre Pritn; f tté gran auxiliar suyo en la preparación de la revolución del 68; general eu Cuba el 73, dejó memoria, respetada por su energía, Santa y honrada; cuando ea sus últimos años departía conmigo en una hermosa finca de su propiedad, cercana á La Coruña, recordaba con frecueneia el día del embarque, y alzando la mirada, rememorando antiguas historias, hablaba después recordando episodios de la gloriosa campaña de África. O Donell, Echagüe, García, Zabala, Ros de Olano, Gasset, Prim, que fueron más tarde recompensados con los títulos de duque PASATIEMPOS BIEN ENTENDIDO- ¿En qué se ocupa su amigo Luis? -Vive de sus rentas. ¿Y usted? -Yo también. ¿Usted, que nada posee ni trabaja? -Pues por eso digo que vivo de sus rentas. CELEBRIDAD, POR NOVEJARQUE. ESPAÑA 1 PRONOMBRE NEUTRO La solución, mañana. Solución al refrán: OBRA EMPEZADA, MEDIO ACABADA ras. Cuando una Empresa dice que tira tantos ó cuantos millares, piensa la gente: ya serán muchos menos Y he aquí por qué no queremos nosotros decir nada de nuestras tiradas, pues, ó no seríamos creídos al decir la verdad, ó tendríamos qu f ltar á Agesto, 15- 909. ésta, cosa que tampoco queremos. Pero como á los anunciantes les interesa saber á qué atenerse sobre la circulación de SECCIÓN LITERARIA los periódicos en que se propongan anunciar, vamos á darles una sencilla receta para que por sí mismos puedan hacerse cargo de cuál es el periódico que, por más leído, POR JUAN BERTHEROV ofrece mayor ventaja al anunciante. I I Y ÚLTIMO Cuando la abía transcurrido un año y nada se ha- calle pase, en el tranvía suba, cuando por es fíjese y observe qué periódico bía alterado en la vida de aquella mu- el que se ve en más manos; tómese í a mojer. Sin embargo, había adquirido el dolo- lestia de preguntar en los quioscos y pues roso convencimiento de que Víctor Coar- tos de venta, y á los vendedores ambulantois la amaba. La amaba, no á la manera de tes, cuál es el que más se vende cuál es el sus otros adoradores, que sin temor de comel público. prometerla le hacían indiscretamente la cor- que más pideunos cuantos días haya hecho Y te, pero en silencio, religiosamente, como esto, cuando ningún. anunciante necesitará pregununa llama arde ante un altar. tar á nadie Una tarde quiso la casualidad que se en- preferencia. dónde le conviene anunciar con contraran solos, en circunstancias tales que les era imposible separarse. de Tetuán, condes de Serrallo, óe MonteNegro, de Sierra Bullones, marqueses de Guad- el- Gelú, Benza y Castillejos; muchos años después pisé los lugares de sus trietorias, visité el campamento del Hambre, la caseta de la Sangre, el llano de Castillejos, el Serrallo, la hondonada donde murió Piniés con los bravos Cazadores de Madrid. Como ellos han vencido entonces, ahora vencerán nuestras tropas; descendientes de aquellos caudillos, de aquellos soldados, son los que acampan en los alrededores de Melilla; tienen sangre heredada- el mismo grito ha de conducirlos á la victoria; la desconfianza no es propia en los que saben luchar, y sólo lástima merecen los descreídos. Los recuerdos evocados por mí se confunden con gratas esperanzas; la nieve de la vejez no entibia en mí el sentimiento de la patria; hace cincuenta años, cuando etn pezaba á vivir, gritaba al lado de mi padre: ¡Viva España! ¡Viva la patria! hoy, al terminar mi vida, al lado de mi hijo, que para defender la patria lo he criado, grito con conveneimiento y con ardor: ¡Viva mi patria! ¡Viva España! J. AULLAN ASTRAY miento de virtud? s Desde aquel día cesaron sus miradas y sus silenciosas manifestaciones de afecto. Pero comenzó para Antonieta un verdadero suplicio. Antonieta había encanecido y aun sufría á consecuencia de su mentira, y se apretaba el pecho con las dos manos cuando veía pasar á Víctor con la frente baja, el cuerpc inclinado y la tristeza refleiada en el sera blante. Y nadie supo jamás la sencilla y sublinu grandeza de su sacrificio. la tirada de los ocurre lo Concontrario que con periódicos las señola edad de A LOS ANUNCIANTES EL SACRIFICIO H