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A B C SÁBADO 14 D E AGOSTO D E 1909. EDICIÓN i. PAG. 7 SErciON LITERARIA ¿No era esa gran sombra del pasado, en la cual se agitan nuestras primeras desiluciones, flotan nuestras sensaciones de adolescentes, rompen en clarinerias nuestros cantos juveniles y reposan piadosamente nuestros primeros sueños? Si, ciertamente. Era esa sombra la que, ignorándolo todo, se había colocado delante de sus miradas, se había cernido entre sus labios é impedido la comunión intima de su pensamiento... Caía la noch I a señora Souriéres dejó el camino, siguió por un sendero abierto á través de los campos y penetró en su aposento por una puerta furtiva, sobre la parte trasera de la villa. Un instante después, su marido se reunía eon ella: -Mi querida amiga- -la dijo, -un asunto urgente me llama esta noche á las cercanías de Orleáns... Ella dijo simplemente, con un tono maternal y misericordioso, en que se notaba, á pesar de todo, su infinita melancolía: Anda! on la tirada de los periódicos ocurre lo contrario que con la edad de las señoras. Cuando una Empresa dice que tira tantos ó cuantos millares, piensa la gente: ya serán muchos menos Y he aquí por qué no queremos nosotros decir nada de nuestras tiradas, pues, ó no seríamos creídos al decir la verdad, ó tendríamos que faltar á ésta, cosa que tampoco queremos. Pero como á los anunciantes les interesa saber 1 á qué atenerse sobre la circulación de los periódicos en que se propongan anunciar, vamos á darlas una sencilla receta para que por sí mismos puedan hacerse cargo de cuál es el periódico que, por más leído, ofrece mayor ventaja al anunciante. Cuando en el tranvía suba, cuando por la calle pase, fíjese y observe qué periódico es el que se ve en más manos; tómese la molestia de preguntar en los quioscos y puestos de venta, y á los vendedores ambulantes, cuál es el que más se vende, cuál es el que más pide el público. Y cuando unos cuantos días haya hecho esto, ningún anunciante necesitará preguntar á nadie dónde le conviene anunciar con preferencia. Esta sujeción- -añadió- -la creo base da todas mis desgracias, pues de haber tenido mas libertad, seguramente que no hubiera cometido el disparate que hoy me tiene en la cárcel Yo, excepto en ía ocasión que antes he citado, nunca sostuve relaciones con ana mujer, pues todo el cariño se lo consagraba á mi madre. istona ae H 1- ¿Cómosus amores. á Cecilia? conoció usted LA SOMBRA DEL PASADO C u t r e la doble fila de viejos tilos de vari lias nudosas que bordeaban el camino, lleno de sol, la señora Sonrieres proseguía su paseo. Iya revelación forzosa que el azar acababa de hacerle había vuelto á lanzar su espíritu hacia un nuevo horizonte, en un mundo de ideas que se entrechocaban, se acosaban, se confundían en un inaudito desorden mental. Ella se quejaba siempre, secretamente, de ser y de quedar incomprendida. Desde el principio de su matrimonio, la glacial cortesía del señor Souriéres, su aire taciturno, sus prolongadas y frecuentes ausencias, habían refrenado el ardor entusiástico de su joven esposa, ahogado, por decirlo asi, la eclosión de sus ensueños; en una palabra, resfriado su intimidad. Y los años no habían hecho otra cosa que perpetuar su alejamiento, y parecían haber traído al seno de aquel hogar más despego recíproco y tnáa melancolía. Ahora, la señora Souriéres conocía ya el obstáculo que impidiera la fusión espontánea, franca, tanto como eran ardientes sus corazones; su marido había guardado imperecederamente el culto de su primera novia, ¡aquella que se hubo dormido en sus brazos para despertarse treinta y dos años después! La revelación, hiriéndola como un rayo, ta animaba con un agrio deseo de venganza, que crispaba sus facciones y ponía en su mirada titilaciones fugitivas. Experimentaba como una sed instintiva é insaciable de represalias. Ella, estaba segura, provocaría el divorcio, lo xigiría, costara lo que costara. De pronto, una nube de polvo se alzó en el confín del camino. Un automóvil, lanzade á toda velocidad, lo cruzó; pero no obstante lo rápido de su carrera, la señora Souliéres había podido reconocer al conde de Vignal en el grupo de personas que lo ocupaban. Un rubor coloreó sus mejillas, al mismo tiempo que una turbación violenta se apoderó de ella. Oh! L, a lejana reminiscencia desencadenada por este encuentro... Era en plena alborada de su vida, en un aristocrático salón de Orleáns, donde una amiga la había presentado. El conde de Vignal se encontraba en el número de los invitados. Tenía entonces veinticinco años, y ella tan sólo veinte. Juntos los dos, habíanse lanzado en el torbellino de los valses, y, hacia el fin del baile, su caballero le había murmurado al oído tan lindas, tan tiernas cosas, que habíase quedado como aturdida, con an hondo estremecimiento en el corazón. Sin duda el idilio esbozado esa noche no había continuado al día siguiente, pues ella no volvió á ver jamás al conde; pero ¿este delicioso recuerdo no le había dejado una indeleble huella? ¿No lo había frecuentemente evocado en las horas de nostalgia y de tristeza? ¿No había experimentado varias veces á este respecto el pesar desolador de lo que habría podido ser y de lo que no era ya? Entonces, ¿para que recriminar á su mando de haber quedado fiel al culto de sus veinte años? ¿Por qué hacerle el agravio de no haber quitado de sus ojos el velo que le había ocultado hasta aquí el misterio y doloroso secreto de su juventud? Las ideas de la señora Souriéres se sucedían unas á otras. Ella admitía ahora el implacable encadenamiento de las causas y los efectos, que imponen el acercamiento ó el alejamiento de los seres y deciden de la armonía ó de la desunión de las parejas. En suma, ¿qué era lo que la había separado de su mando? POR LUC 1 EN VERNAT I I Y ÚI TIMO A LOS ANUNCIANTES -Respecto á ese asunto, según me han dicho, se ha fantaseado mucho; pero la verdad de esta historia la va usted á saber atora. El marido de Cecilia (pues, como usted no ignorará, ésta es casada) tenía establecida ec la calle del Príncipe una fonda, en la que vivían algunos amigos míos. Por ese motivo yo frecuentaba bastante aquella casa, y entonces conocí á Cecilia, que, aun cuando ño es mujer de extraordinaria belleza, sí era, lo bastante atractiva para hacer que me fijara en, ella. Me enteré de que su marido la maltrataba con frecuencia, y ello fue motiyo suficiente para que yo, apreciando sus buenos sentimientos, me interesase más por ella. Aunque mi amistad con Cecilia era Dastante íntima, nunca le hablé de cariño, hasta enterarme de sus propósitos de separarse de su marido. ¿Y qué ocurrió entoncesr- -Pues ocurrió que Cecilia me dio el encargo de que le buscara un buen piso, porque tenía el propósito de establecer una casa de huéspedes. Con este motivo nos entrevistam os varias veces, y un día, que si mal no recuerdo fue el 18 de Mayo, nos sorprendió su marido en la calle, y con el paraguas golpeó á Cecilia por la espalda y le produjo una ligera herida Esta actitud del marido contribuyó á aumentar nuestro cariño, y entonces yo, deseando tenerla en buenas condiciones, le hice desistir de poner casa de huéspedes. Cecilia, que á todo esto ya se había separado de su esposo, estaba depositada en casa de mi amigo Espoy, de quien más adelante le hablaré, el cual denunció al Juzgado que Cecilia estaba haciendo vida marital conmigo. I a estafa. Rogamos luego á Villegas nos refiriera de qué manera cometió el desfalco, á lo cual La Voz dé Guipúzcoa, de San Sebastián, se muestra propicio, pero indicónos que anpublica las siguientes manifestaciones de tes nos referirá su estancia en el Banco HisVillegas, el autor de la estafa al Banco His- pano. pano- Americano, á quien un redactor de- -Yo entré en este Banco en calidad de aquel colega visitó en la cárcel. meritorio, desprovisto de recomendaciones y fiado en mi propio esfuerzo. Por constanQuién es Villegas? Antes de ocuparnos del principal ob- cia en el trabajo, obediencia á mis jefes y jeto que tuvo nuestra entrevista, creemos honradez probada en varias ocasiones, fui oportuno decir algo respecto á la persona- ascendiendo hasta llegar á jefe del Negolidad de Villegas, el cual, como ayer indi- ci ado de cupones, que es uno de los cargos camos, es un hombre de aspecto simpático más importantes. En tal posición logré granjearme, no sólo y elegante figura. Es rubio, delgado, usa bigote á lo Kaiser, las simpatías, sino una confianza absoluta traje gris y algunas sortijas. Su mirada es de los consejeros. Además de ese cargo fui nombrado apointeligente, cosa que se aprecia á poco que derado de la sucursal que en breve comense hable con él. zará á funcionar en Valencia. ¿Quiere usted decirnos aigo de su pa Quiero darle á usted todos estos atttece sado? -Con mueho gusto- -nos respondió Ville- dentes para que no le extrañe la facilidad gas. -Procedo de una honrada familia que con que yo cometí el desfalco. ¿Pero cuándo se realizó? por espacio de algunos años tuyo comercio- -Ya lo he indicado, que el día 18 de Mayo en Madrid, en donde, como es fácir comproel esposo de Cecilia agredió á ésta con ua bar, goza de reputación excelente. Yo soy el mayor de mis hermanos, y, como paraguas en la calle y yendo acompañada suele decirse, era el niño mimado de la casa, por mí. Tal impresión me produjo- el hecho, hasta el punto de que mi madre, á quien he que decidí cesara aquella situación delicadado tan terrible disgusto, no se apartaba da, y pensé en irme á vivir con Cecilia. Durante la noche estuve pensando la de mí un momento. Hace tres años que, habiéndome creado forma de realizar mis propósitos, y cuando una posición bastante desahogada merced á la mañana siguiente fui al Banco ya teá mi laboriosidad y honradez, prometí ca- nía decidido lo que iba á hacer. ¿De qué medios e- valió para conseguii sarme, lo cual no pude efectuar por la oposus propósitos? sición de mi madre. I A ESTAFA AL BANCO H 1 SPANO- AMER 1 CANO