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A B C DOMINGO 16 DE MAYO DE J 909. EDICIÓN 1. PAG. 7. tendencia íirme, El Crédito I4o nés vale j. 214; el Banco de Méjico, 1.051; el Metropolitano, 511; la De Beers, 341; la Goldfields, 149, y la Rad Mines, 226, l e s vendedores intentaron defenderse echando toldos y recogiendo puestos, intentos inútiles ante el aluvión que caía. Los transeúntes se dispersaron; los que tenían coche huyeron á Madrid, y los que no. se refugiaron en la ermita. Y en menos de diez minutos la enorme charca de la Pradera quedó desierta, y disur. Ita la romería como sal en el agua. que en los paseos públicos desgajo las ramas de muchos árboles. A la lluvia acompañaron espantosos truenos, que se repitieron durante largo rato, y cayó también granizo. La carga de electricidad de la atmósfera era enorme, y en al gunos puntos cayeron chispas eléctricas. Por efeeto de la tormenta se interrumpieren las comunicaciones en algunas iíneas telegráficas. Los hilos del teléfono sufrieron también averías. La tormenta amainó un poco, aunque no cesó de llover. A las siete de la tarae se reprodujo, cayen do un espantoso aguacero, acompañado de truenos y relámpagos. A las once de la noche volvió á llover, pero ya sin aparato de tormenta y con viento del Este. SECCIÓN LITERARIA TRIBUNALES -Sección cuarta de la Audiencia en la causa seguida contra Nemesio Iruela impuso á éste la pena de diez y siete años, cuatro meses y un día de reclusión temporal. En cambio, la que dictaron los magistrados de la Sección primera íué absolutoria, no sólo para Dolores Duarte, á quien los jurados declararon inculpable, sino para José María Mejías, responsable de seis delitos de expendición de moneda falsa, por las contestaciones que dieron los jueces populares á las preguntas que respecto al mismo se les hizo. La Sala, en efecto, entendió que la doctrina aplicable al caso era la sostenida por el letrado Sr. Cueca, quien afirmaba con muy buen criterio que al Jurado se le preguntó si Mejías tenía noticias de la falsedad de las monedas al expenderlas, al ponerlas en circulación, pero no si al adquirirlas le constaba su ilegitimidad. Y como éste es precisamente el requisito esencial del delito, pues para que pueda aplicarse el precepto legal es indispensable que tal punto quede esclarecido 5 demostrado- -sostenía el defensor, -no es posible condenar por un hecho acerca del cual no se ha foimulado pregunta alguna, y cuya existencia, por lo tanto, se ignora. El Tribunal, lo repetimos, estimó esta doctrina en toda su integridad y absolvió á José María Mejías, pues tampoco podía extremarse el hecho porque la cantidad de monedas expendida no llegaba al límite qme el Código tiene establecido. -La pena, pues, de doce años que el fiscal había solicitado por los tres delitos que con arreglo á la ley podían castigarse convirtióse en una sentencia absolutoria, y Mejías se vio libre cuando se creía en presidio por una temporada, ¡De buena ha eseapado! UN PASANTE D OS SENTENCIAS ha. dictada por la CONCURSO HÍPICO el premio de Despedida y la copa de Ganadores. La tarde, lluviosa desde primera hora, retrajo al público, y el escaso que acudió tuvo que aguantar á pie firme una de las tormentas más grandes del año corriente. Por su heroísmo merecen un voto de admiración los jueces volantes, y sobre todo el simpático cronometrador de la Sociedad Hípica, el conde de la Berberana, que estuvo tres horas recibiendo la lluvia. Hubo dudas y consultas entre los corredores y el Jurado sobre si debían verificar las pruebas, decidiéndose, por fin, afirmativamente, á pesar del riesgo que supone hacer recorridos de obstáculos con el piso como ayer estaba. Corrióse primero el premio de despedida (500 pesetas del ministerio de la Guerra) con ocho obstáculos. Había inscriptos 30 caballos, que fueron calificados en la siguiente forma: primero, Macaneo, de Domenge; segundo, Penacho, de Durango; tercero, Alunado, de Sandoval; cuarto, Danetie, de Núñez de Prado (montado por el conde de Gondomar) y quinto, Danubio, de Muguiro. Arreció el temporal cuando se terminó esta prueba; pero, sin embargo, se efectuó la de Ganadores en que había como premios tres copas: una del duque de Andría, otra del marqués de Martorell y otra del conde de Torrepalma. El recorrido era de los mas dificultosos, con 17 obstáculos, y á hacerlo salieron 13 caballos, cuyos jinetes fueron aplaudidísimos por su intrepidez y habilidad. Sobre todo el duque de Andría, que hizo un. recorrido notabilísimo cuando caía el agua con más fuerza y bajo el imponente espectáculo de relámpagos y truenos, recibió una entusiasta y merecida ovación por su arrojo y por la maestría con que llevó á su caballo Luctima, que obtuvo el tercer premio. 1 primero fue para Ckorglen, del marqués de Salinas, y el segundo para Símilase de miss Hutton, montado por Mr. Darron. Hoy, á las once de la mañana, se correrá la copa de miss Aunie Hutton, si el tiempo no lo impide. LUCKY un centenar de aficionados y algunas Condamas aristocráticas se corrieron ayer LA POR EDGARDO POE bN LA PRADERA A yer, como todos los años, se celebró en O la Pradera la tradicional romería de San Isidro. ¡Pobre romería la de ayer! Nunca con más propiedad puede decirse que se aguó la fiesta. El aspecto inseguro y desapacible del tiempo retrajo desde primera hora á romeros y á industriales, llamemos os así. Pocas veces sa ha visto mayor desanimación en la Pradeia clásica. Unos cuantos columpios y tiovivos las indispensables churrerías, los inevitables tenderetes de pitos, rosquillas, botijos y figuras de barro y alguno que otro merendero con su correspondiente piano de manubrio. Ni un Guignol, ni una barraca de fenómenos ni una exposición de figuras de cera, ni un mal cinematógrafo. Por toda diversión, un tobogán, y gracias. La nota clásica la dio, como todos los años, la infanta Isabel. Llegó en coche á las once de la mañana. Subió á pie la cuesta que conduce á la ermita, entre los vivas y aclamaciones de los vendedores; oró largo rato ante el Santo y volvió á bajar por entre la doble fila de puestos, entablando pintorescos diálogos con los vendedores, que la llenaron el coche de baratijas y juguetes. A la una, los escasos romeros se disemi- 4 naron sobre el césped para comer. Sabido es cuál fue el postre: un chaparrón enorme, un diluvio que convirtió en breves momentos la pradera en ana inmensa charca- El día amaneció muy nublado. Desde primera hora cerraban por completo ei horizonte densos nubarrones. Con gran frecuencia cayeron copiosos chubascos. En algunos intervalos se despejó algún trozo de cielo y asomó el sol. A las tres y media de la tarde comenzó á descargar la tormenta, qve adquirió á poco violentísimos caracteres. Las nubes se deshicieron en lluvia torrencial. Durante largo rato llovió sin cesar, y las calles se convirtieron en torrentes. Con tan insólita violencia caía el agua, LAS TORMENTAS DE AYER l día de ayer fue pródigo en agua en MaE drid. IV A las altas horas de la noche en que murió llamóme imperiosamente para que jne sentara á su lado, é hízome repetir algunos versos compuestos por ella pocos días antes; obedecíla y satisfice al punto su deseo; era una composición en que se pintaba al Hombre como una tragedia y al gusano como un héroe conquistador, predominando en ella un espíritu lúgubre y sombrío. ¡Oh, Dios mío! -exclamó Ligeia, po niéndose en pie y tendiendo los brazos hacia el cielo, con un movimiento espasmódico, apenas acabé de recitar ios versos. ¡Oh, Padre celestial! ¿Se habrán de realizar esas cosas irremisiblemente? ¿No será jamás vencido ese Gusano conquistador? ¿No somos una parte y una partícula de Ti? ¿Quién cqnoce, pues, los misterios de la voluntad y de su vigor? El hombre no cede á los ángeles ni se rinde enteramente á la muerte sino por el achaque de su pobre voluntad. Y desfallecida por la emoción, Ligeia dejó caer sus blancos brazos y volvió con aire solemne á su lecho de muerte. Y cuando exhalaba los últimos suspiros, deslizóse en sus labios como un confuso murmullo; presté atento oído, y reconocí de nuevo la conclusión del pasaje de Glauvill: El hombre no cede á los ángeles ni se rinde enteramente á la muerte sino por el achaque de su pobre voluntad. Ligeia murió, y yo, aniquilado, pulverizado por el dolor, no pude resistir más largo tiempo la desolación espantosa de mi morada en aquella sombría y vetusta ciudad de las orillas del Rhin. No carecía de lo que el mundo llama fortuna; de Ligeia había recibido más, mucho más de lo que el destino suele conceder de ordinario á los mortales, y así es que al cabo de algunos meses, durante los cuales anduve errante, sin objeto ni fin determinado, refugíeme en una especie de retiro cuya propiedad pude adquirir: una abadía, de la que no diré el nombre, situada en una de las partes más incultas y menos frecuentadas de la hermasa Inglaterra. La sombría y triste grandeza del edificio, el aspecto casi salvaje de la región, los melancólicos y venerables recuerdos que evocaba, todo se avenía son el sentimiento de completo abandono que me indujera á desterrarme en aquel solitario retiro. No obstante, respetando en el exterioi de la abadía su carácter primitivo, casi intacto, y el verdoso tapiz que cubría sus muros, agrietados por la acción del tiempo, empéñeme con infantil perversidad, y tal vez con una ligera esperanza de distraer mis penas, en llenar el interior de magnificencias casi regias. Desde la infancia había sido aficionado á estas locuras, que ahora se despertaban en mí como una herencia de dolor.