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DE TODO EL MUNDO; POR CORREO, CA. BLE, TELBGRAFO Y TELEFONO W DE TODO EL MUNDO, POR CORREO, CABLE TELÉGRAFO m Y TELEFONO LAS FIESTAS D E ALCOY Fot. Matarredona Hermanos. SOLEMNE ENTRADA DE LOS CRISTIANOS PARA LA TRADICIONAL BATALLA CON LOS MOROS EL DÍA DE SAN JORGE DE NUESTRO CORRESPONSAL ABC L EÑTlJSBOA OS TERREMOTOS En el momento que escribo aun no se ha borrado de los ánimos la tremenda impresión causada por los pasados terremotos. Fue verdadero pánico el de la ciudad. Como acontece siempre en estos casos, toda la gente tiene una historia que contar, ttn detalle que referir; pero lo incontestable es que todos los pormenores coinciden en on punto: en el pavor enorme que se apoderó de todo los espíritus. A poco de haberse producido el fenómeno, la ciudad presentaba aspecto inusitado, anormal. Un gentío inmenso llenaba las calles, y aprovechando la hermosura del tiempo, se dedicaba á hacer qompras antes de la hora de comer. ¿Quién podría prever semejante conmoción bajo tierra en el instante más sereno y agradable de la primavera? Y, sin embargo, nada más natural é insignifi- cante para la vida íntima del planeta que habitamos. Mientras, pasados los primeros momentos de intraducibie, de inenarrable angustia, cada uno de nosotros, con la preocupación pintada en el semblante y la sombra siniestra del terror en la mirada, se esforzaba por definir la sensación experimentada ante el peligro de lo desconocido, el más espantoso de todos los peligros. Y así, en tanto no sufrían quebranto los edificios de la ciudad y en las calles no se advertían estragos, nadie podía escapar á los efectos del miedo. Fue el del terremoto un momento de horrible confusión. Todos corrían sin rumbo, buseando á los seres queridos; en todas partes se recelaban desgracias. I as mujeres, aterradas, asomábanse á las ventanas pidiendo socorro y gritando. Muchas señoras á quienes el temblor de tierra sorprendió en las calles se desmayaron. En los extremos del pánico, hubo quienes tomaron por asalto los coches de plaza, y no acertaban á dar al cochero la dirección que deseaban llevar. Una hora después caía la noche sobre la ciudad inquieta y conturbada. Presto circularon las noticias. Los destrozos notados en la capital no eran de importancia: tapias derruidas, tal cual edificio agrietado, algún pequeño incendio; pero entre los habitantes, ninguna víctima. A medida que transcurrían las horas ahondaba más en los ánimos el temor á que el terremoto se repitiese. Fueron los menos los que se cobijaron bajo techado. L. os teatros estuvieron vacíos. La mayor parte de la población pasó la madrugada á la intemperie, en mitad de las calles. Tomaba cuerpo- -y no había quien la espantase- -la especie siniestra puesta en circulación de que el temblor se reproduciría dentro de las doce horas subsiguientes. Tocóme, como á los más, contar las campanadas de la alta noche al aire libre. La perspectiva que ofrecía la ciudad tenía algo de dantesco. Apiñábase la multitud en las plazas y jardines: dijérase que sombras fatídicas corrían errabundas huyendo de la