Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A B C MARTES 20 DE ABRIL DE 1909. EDICIÓN i. -PAG. A B C EN SAN SEBASTIAN I OS INGLESES Y LOS TOROS Lasreínas délos mercados, las bonitas reinas de París y Ostende, lian visto cumplido su deseo. Ayer tarde vieron á los brillantes toreros, á los íeroces toros y á los hercúleos picadores. Las naciones son como las personas: cuando llega un huésped, le ofrecen la cosa más original de la casa ó el manjar más exquisito. Así, en Alemania, cuando llega un extranjero, le preseutan una gran parada militar ó nn competente concurso de sabiduría. En España no podemos ofrecer otra cosa que un torero, un toro y un caballo sin tripas. Llegaron, pues, las bonitas reinas extranjeras, y San Sebastián les brindó una soberbia corrida de toros. Pero junto con las hermosas reinas vino un cortejo de sesudos ingleses, y estos ingleses, ejsíos respetables ingleses fueron los que dieron nota y color á la corrida de ayer tarde. Porque los franceses, nuestros seado hermanos, se saben de memoria las corridas de toros; casi son tan jaleadores y amigos s huk como nosotros. En cambio, los ingleses, éstos viven demasiado distan es y no conocen nuestra fiesta si no es por los cromos de las cajas de higos- pasas. Y como en Biarritz está su rey Eduardo, una multitud de rubios britanos abandonó ayer tarde la playa francesa y se metió silenciosa! ente en la plaza de toros de San SebiStián. Estaba la plaza de tal forma, que parecía na torre de Babel. Se hablaba íillí en vaszuence, eñ castellano, en francés, en inglés y hasta en alemán. Los vendedores de dulces y naranjas voceaban su mercancía en enguaje bilingüe. Las másicas entonaban ahora un paso oble chulesco, luego la Marcha Real y después la Marsellesa. Y las reinas extranjeras, radiantes de hermosura y de alegría, aguardaban desde su palco la salida de los toreros. Entre tanto, los sesudos ingleses, dispersos por el tendido y los palcos, miraban todo aquello de modo grave é impasible. Flameaban las bdnderab, brillaba el sol abrileño, se confundían os sonidos de las dos bandas de música, la muchedumbre voceaba; todo esto lo miraban aquellos ingleses con un aire de sesuda, de hermética y correcta atención. Y salió la cuadrilla. Las reinas extranjeras nerón y paimotearon; los ingleses abrieron un poco más ios ojos y continuaron correctamente silenciosos. Y salió el primer toro... Después vinieron los picadores, hubo una sarracina de sangre, y hasta un pobre caballo cayó víctima de la fiereza del toro. Entonces las bonitas reinas palidecieron; la rubia reina de Ostende se cabrio el páhdo rostro; es posible que algunos de aquellos bellos ojos se humedecieran con lágrimas. Pero los ingleses, entre tanto, ¡los ingleses se mantenían inconmovib es 1 De esta manera se lidiaron tres toros, e m ningún percance de valor. Viendo que la lidia era un juego tan sencilLo y natural, ¿qué pensarían los ingleses? Acaso pensaran que los feroces toros no eran tan feroces como decían y que un buen mocetón de Escocia dominaría fácilmente aquellas bestias p- aco temibles. Pero de pronto... He am que de pronto llegó la tragedia. Ocurrió que Machaquito, encontrando un toro inquieto y resabiado, pinchó más de veinte veces, sin atinar con una buena estocada. Pinchó por aquí, pinchó por allá, y el toro no se moría. Acudió el alguacilillo con el aviso de la presidencia, el matador se puso todavía más nervioso, y el toro no quería morirse. Hasta que se murió, en fin. Y allí era de ver el aspecto trágico de aquel torero, que atravesó todo lo ancho de la plaza lento, avergonzado, con la cabeza gacha, recomiéndose de dofor, entre los silbidos de la muchedumbre. Llegó al estribo de la barrera, se dejó caer, arrojó la muleta... Aquello era trágico de veras Y salió un nuevo toro, y le llegó la hora final. Quien había de matarlo era Vázquez, cetrino como un endemoniado. Pero al momento de hincar el estoque, el toro agarró al torero y lo lanzó por el aire... Las reinas extranjeras palidecieron, dieron un grito, quisieron huir espantadas. Mientras tanto, los ingleses habían salido de su inmovilidad. ¡Aquello empezaba á ser muy serio, demasiado serio! Se levantó Vázquez, corrió hacia el toro, metió una estocada formidable, y el toro cayó muerto. Cuando la muchedumbre le aclamaba en una explosión de entusiasmo, el matador, al saludar, mostraba la mano roja de sangre... Y entonces, ¿qué dolor, qué inmenso dolor no carcomería el alma de Machaquito? Aquellos aplausos entusiastas debían herirle el corazón lo mismo que espinas agudas. jPero antes morir que renunciar k la gloria! En efecto, Machaquito se fue hacia el toro, lo muleteó bizarramente, apuntó un largo instante; con todo el cuerpo tenso, se lanzó de bruces, metió el estoque hasta el puño... y después de hartarse de herir, el valiente Machaquitc voló en el aire oao una pluma. ¡Pero el toro estaba muerto! Y porque la muchedumbre comprendió lo íntimo y lo inmensamente pundonoroso de aquel gesto épico, un estruendoso aplauso llenó la plaza. ¡Dravo, bravo! Nadie se paraba á preguntar; la cogida del diestro era lo que menos importaba; lo esencial era el pundonor salvado y la estocada recta, precisa, sublime. Al ponerse en pie, el matador pega uu bnnco, planta la pierna firmemente en el suelo, con un gesto triunfal de infinita energía, y se vuelve al público todo él en actitud medio de triunfo y medio de reto... Tiene rasgado el calzón. Sus compañeros le examinan la pierna y, al fin, descubren una mancha de sangre. Lo empajan á la enfermería. El público aplaude. El áiestro sonríe, pálido, los labios contraídos, cojeando. Y he ahí que los ingleses se han levantado de sus asientos y lo miran todo con ojos de estupefacción. No saben qué pensar ni qné hacer ante aquello. Están desoencertados. Es como aquel que se asomara á un horno candente... La España tensa, sangrienta, apasionada, trágica, mezcla de crueldad y de honor, les tiene á tes pobres ingleses completamente estupefactos, desconcertados dei toda! JOSÉ M. a SALAVERRIA ACUSACIÓN CONTRA EL GOBIERNO 11 N RUMOR Desde primera hora de la U- tafdg deayer comenzó á circular por el Congreso un grave rumor, que bien pronto se extendió por todo Madrid, causando general asombro Decíase que un jefe del Cuerpo Jurídico de la Armada se había dirigido á las Cortes presentando una acusación contra él ministro de Marina y contra todo el Gobierno, por la adjudicación de las construcciones navales proyectadas á la casa Vickers. El rumor ha tenido plena confirmación. I A DENUNCIA. El teniente coronel del Cuerpo Jurídico de la Armada D. Juan Macías es el autor ds la denuncia. Dicho señor estuvo el sábado en el Congreso y pidió á su amigo el diputado Sr. Arias Miranda que le presentara á los secretarios del Congreso. El Sr. Arias Miranda complació á stt amigo, y cuando éste fue presentado á los secretarios de la Cámara popular, les hizo entrega de un escrito dirigido al Congreso, en el que, según se dice, se acusaba de prevaricación y malversación de fondos públicos al ministro de Marina y al Consejo de ministros, apoyándose en lo que preceptúa el art. 369 del Código penal. La acusación contra el general i? errándiz se funda, según parece, en haber dictado la Real orden de 4 de Febrero último, modificando las condiciones de la proposición presentada al concurso para la construcción de la escuadra por la casa Vickers, y en la Real orden reciente participan, do á dieha casa la adjudicación definitiva, y la acusación contra el Consejo de ministros fúndala el Sr. Macías, según se asegura, en los dos acuerdos tomados por el mismo que motivaron las dos citadas Reales órdenes del ministerio de Marina. El Sr. Macías, al presentar su escrito, exigió recibo de los secretarios del Congreso, y éstos, al enterarse del contenido del documento y apreciar su gravedad, se negaron á la pretensión del teniente coronel del Cuerpo Jurídico de la Armada, quien, en vista de ello, reoogió su escrito. I A PRESIDENCIA La. denuncia fue enviada ayer á la Presidencia del Congreso. El Sr. Dato, en cuanto la tuvo en su poder, dio cuenta de ella al presidente del Consejo, predominando el criterio de que no se debe dar lectura del escrito á la Cámara. El criterio de no dar lectura de la denuncia se fundaba en que si el reglamento del Congreso requiere que para una proposición de ley autoricen su lectura las secciones, con más motivo debe exigirse requisitc igual, cuando menos, á una acusación de la importancia de la formulada por el Sr. Macías. Aeúiticaa hora de la tar s a ió del Senado el presidente del Consejo para ir á la Academia de Jurisprudencia á ia Jurisprd oír la conferencia del ilustrejunsperito Fiore. Se le preguntó sobre el asunto, y contentó: Sí, acabo de enterarme de que nos acusan de no sé qué... -de una atrocidad. Ya se discutirá todo. Está impreso y á toda luz. Lo discutiremos, pues, á menos que nos muramos, y entonces se verá que no es tan fácil poner unas cuantas cosas de esas en un papel como sostenerlas luego. Y el Sr. Maura dirigióse á la Academia de Jurisprudencia. pl MINISTRO DE MARINA El minis tro. riña fue informado en la Alta Cámara, de la presentación de la denuncia d ¿l Sr. Macías, é inmediatamente acudió al Congreso con proposito de visitar al Sr. Dato y conoce los términos en que el escrito está redactado. Cuando el ministro llegó fue rodeado por los periodistas, que le preguntaron si se había enterado de la denuncia presentada por el Sr. Macías. -Ahora, al pasar por la Puerta del Sol- -dijo tranquilamente el general Eerrándiz, -he visto un rotulito con la noticia. Me llaman prevaricador. Y sin decir más, penetró el general en el despacho de ministros. El presidente del Congreso había abandonado la Cámara por tener que asistir á la Academia de Jurisprudencia Entonces el ministro de Marina habló con ios secretarios, quienes le manifestaron que desconocían los términos exactos de la de nuncia, no pudiendo tampoco facilitársela al ministro por tenerla guardada bajo llave el Sr. Dato. E L PRESIPENTE DEL CONafcJ I D Mili lililí WNHIitlH IFI lllimiUlllITÜFIUmri liBEID