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DE TODO EL MUNDO, P O R CORREO, CABLE TELÉGRAFO Y TELÉFONO g DE TODO EL MUNDO, P O R CORREO, CABLE. TELÉGRAFQ m m Y TELEFONO r a. 1 4- mii m l: í MADRID, INAUGURACIÓN DE UNA IGLESIA LA 1 GLESÍA DEL ASILO DE SAN JOSÉ, CUYA SOLEMNE INAUGURACIÓN SE VERIFICO AYER Fot. R. Cifuentes. A B C EN SAN SEBASTIAN p L REY EDUARDO El nacer rey es ya c p niVIFRTP P 01 S Í SOl U U af O r SB DIVIERTE funa gI náe. pero nacer rey de una nación espléndida es eosa dos veces afortunada. Porque en una nación pobre y raquítica, el rey necesita atemperarse á las circustancias, mientras que en un Estado rico, el rey, ¡qué magníficamente puede alegrarse... Este feliz Eduardo VII, señor de la Gran Bretaña, ha pasado por la vida como por un arco de triunfo. Siendo Príncipe de Gales se divertía sin tasa; cogió después la corona... y continúa divirtiéndose. Su estancia en Biarritz es una sucesión de momentos deliciosos. De mañana, en estos gloriosos días abrileños, baja á la playa y se sienta; con su mirada de viejo epicúreo contempla la rizada espuma de las olas ó el vuelo femenino de las aves marinas; fuma sus cigarrillos tureos lenta, suavemente, y después, cuando alguna mujer se baña- -porqué ahora, en pleno Abril, las mujeres se bañan en la playa de Biarritz, -cuando alguna bella mujer se baña, este redomado profesor de placeres, este perspicaz y sapiente Eduardo VII saca su lente y mira con ojo atento la gentil bañista. Una vez que le ha dac o gusto á los ojos, nuestro buen Rey almuerza. Por la tai de no falta nunca alguna amena excursión por los valles y montañas de este verde país vasco, y ahora es un partido de pelota en Lara, ahora es un baile popular en Urruña, ó bien se trata de una visita á poyóla, en donde los jesuítas le reciben amablemente. En tra tándose de reyes, los odios de secta no existen... Otra tarde, para empaparse bien de españolismo, el rey Eduardo agarra su automóvil y se marcha á Fuenterrabía. Es Vi ernes Santo. I, a angosta y típica calle Mayor está henchida de gente. Allá en lo alto descuella el inmenso y marcial torreón del palacio de Carlos V. Sale la procesión del Entierro. ¡Qué pintoresco, qué lacerante, que españolísimo espectáculo... Avanzan las imágenes de la Dolorosa, de la Verónica, del Nazareno, llevadas en hombros por los pescadores. ¡Qué rostros atezados, terribles, graves, el de estos pescadores vestidos con un sayal de monje! Intercalados con las imágenes, vienen otros pescadores disfrazados de gue- rreros romanos, la espada en la diestra, el casco sobre la- frente, marcando el compás como verdaderos guerreros. Al final llega el cuerpo yacente de Jesús. Y á este Jesás muerto le montan la guardia los siguientes personajes: marineros de la escampavía dei Bidasoa, con el fusil boca abajo; carabineros de la frontera; soldados romanos, los más grandes, fornidos y cejijuntos de todos los pescadores; cuatro frailes del convento de Fuenterrabía, con sus luengas barbas. Iytiego vienen los chantres y clérigos, cantando tristemente Y el rey Eduardo VII, desde su automóvil, mira todo esto con atenta, con curiosa, con atónita mirada. ¿Qué mundo es éste, qué pueblo es esta España de dolor, de ascetismo, de sangre y de toros? Pero después de una procesión, España le ha ofrecido á Eduardo VII una mascarada para que se compenetre bien de los contrastes hispánicos. Es el segundo día déla Pascua de Resurrección, y en San Sebastián todo el mundo parece haber enloquecido. Bajo un cielo brillante, la cabalgata atraviesa las calles, y el rey Eduardo la está mirando desde su balcón del hotei fija y cachazudamente. Cuando la carroza qtíe pasa no merece una sonrisa, el Rey enmudece, no sonríe; pero si la carroza tiene humor, el Rey de Inglaterra, patria del humorismo, contrae el rostro, enseña los dientes, ríe, con esa ingenua y franea media risa de