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A B C MARTES J 3 DE ABRIL Dfe 1909. EDICIÓN i. PAG, 4 A B C EN SAN SEBASTIAN i ¡d es el centro del mes de Abril, y van á llegar las reinas de los mercados de París y Ostende. Con todos estos alicientes, la población en masa ocupa las calles de San Sebastián, esta hermosa y cortesana ciudad, que está habituada á recibir cada semana un rey ó un príncipe. Pero los reyes y los príncipes... sal diablo las realezas masculinas! Ahora se trata de mujeres, y de mujeres bellas. ¡Toda la población ha salido á las calles! ¿Será que existe una inextricable relación entre el eterno femenino y el eterno sol? El caso es que bajo el cielo glorioso de este día de Abril todas las cosas están bailando de alegría; es como una galante genuflexión que hacen á las reinas extranjeras las cosas, el aire, el sol, el cielo. En cuanto á las personas, todas están vibrando de curiosidad. Los nombres quieren cerciorarse de que son, en efecto, tan bellas como dice la fama; y las mojeres... ¡qué cosa puede atraer á una mujer tanto como la belleza de otra mujer! La ciudad está engalanada con banderas. Délos balcones cuelgan paños multicolores que ondean mansamente y que relucen á la- viva luz del mediodía, Las naciones gloriosas- -Inglaterra, Francia, Alemania, España- -están representadas en esas banderas. V, entre tanto, los cohetes atruenan el aire y las músicas vierten en la ciudad los acordes arrebatados y entusiásticos del himno de los himnos: la Marsellesa. De pronto hay un gran revuelo en la multitud. ¡Ya llegan, ya llegan... Efectivamente, las reinas de los mercados, las bonitas reinas de París y de Ostende, han llegado á San Sebastián. Cruzan por la avenida de la libertad bajo un dosel de banderas. Vienen en un coche, acompañadas de la reina de San Sebastián. Y el coche aparece lleao de flores, de ramaje y de banderas. ¿Cuál de las tres es más bella... La gente se estira cuanto puede, alarga el cuello, abre los ojos tamaños; la gente quiere juzgar por si misma y averiguar en cuál de las tres mujeres radica la realeza de la hermosura. ¿CÚál- es más bella, en fin? La reina de París no tiene necesidad de que la presente nadie: lleva anotada su nacionalidad en su figura. Es bonita, de ojos amables y vivos, de boca sonriente, de cabeza bien modelada, bajo un sombrero poblado de violetas. La reina de Ostende tampoco necesita que la presente nadie: es rubia, de cara pálida como la de un niño, de ojos azules como los de una muchacha, de pelo claro como e! trigo, y sonríe con aquella bondad inteligente é infantil de las razas del Norte, y para cubrir su cabellera de oro se ha traído una mantilla negra, en forma de cofia. En cuanto á la reina de San Sebastián, ¡que española, qué bella mujer, con su perfil aristocrático, con sus ojos negros y dulces, con su tez blanca y fina, con su mantilla clara de forma irreprochable... Como es sábado de Gloria, hasta las campanas de los templos se asocian á esta fiesta de bienvenida. ¿Y por qué no? La belleza es santa, y la mujer es dos veces santa, porqne resume la maternidad y el amor, las dos cosas más santas que existen debajo del sol. De manera que están tocando á gloria las campanas, junto con los cohetes, coa las músicas, con las flores, con Jas banderas, con el so! con el firmamento. Estas buenas reinas de París y Ostende no podrán murmurar de la galantería española: se les ha recibido regiamente. Pero en cuanto han llegado, después de la apoteosis y de la bienvenida, estas buenas LAS REINAS DE LOS- -na MERCADOS Es sábado de Glo: brilla en el cielo reinas de los climas septentrionales se han apresurado á preguntar... ¿por quién? ¡Por los toreros! Se les ha dicho que mañana domingo, en plena plaza, recibirán el saludo de los toreros. Y las reinas se han tranquilizado. ¡Ah, toreros, si no existéseis vosotros, la famosa nación de España desaparecería de la memoria de las gentes! JOSÉ J U SALAVERRW V ción pública es sólo una parte del problema. L AGUA. La otra parte la ha de eonstituir la transformación lenta y completa del iinedio Las ideas tienen mucho poder; los que á las ideas atribuyen la marcha, transformación y cambio de too pueblos tendrán en algo de ello razón. Pero no nos hagamos tampoco ea este asunto ilusiones: ¡as ideas no son una cansa primera, increada; las ideas sou una resultante de las cosas. Claro está que todo efecto eS á su vez causa (y aquí de la eficacia de las ideas) pero las ideas tienen una eficacia reí lativa, secundaria, al lado de la abrumadora, pujante y decisiva eficacia de las cosas. En la misma Sevilla, veía yo aa vasta campiña llana que rodea á la hermosa ciudad. Todo hace creer para quien llegue 4 esta ciudad y conozca su historia esplendo, rosa que esta campiña ha de estar cultivada con el afán y el cariño de un jardín, regada profusa y amorosamente, trabajada con mü artes y trazos, llena de arboleda, de plantaciones de frutales, de cuadros de hortalizas y legumbres, de cortinales de aromosas flores. Parece que todo esto es lo qua á la perfección casa y armoniza coa el noai bre Sevilla. Sin embargo, el viajero pueáfí comprobar en un instante que todo esto no existe. La campiña de tierra liana y fértilísima que rodea á Sevilla es de tierras paniegas; el cultivo extensivo lieva aparejada la siembra de año y ve los cuadros de trigales alternan con ios bancales de barbeche ó de eriazo. Lo que se suponía campos riquísimos de frutales, hortalizas y ñores- -al igual que en Valencia- -son inmensos sembrados. Ahora bien; supongamos que, como los sevillanos proyectan, los llanos de Sevilla son regados por abundantes canales y el cultivo, de extensivo, pasa á ser intensivo. ¿Qué fenómeno se produciría ea la ciudad al cabo de veinte años del nuevo régiaien? riqueza? Hemos de suponer que las condiciones en que se desenvuelve la vida mejorarían notablemente. Sería más cómodo é higiénico el tipo medio de casa; crecería el número de construcciones; se urbanizaría é higienizaría más la dudad; aumentaría la población; serían menos de temer las crisis obreras; tomarían más impulso las pequeñas industrias. Y todas estas condiciones físicas, materiales, habrían de trascender, andando el tiempo, al dominio deí espirita. Si estos efectos podríamos notados ea un pueblo ya rico, próspero y culto, ¿qué ao no taríainos en otro empobrecido, ignorante y supersticioso? ¿Qué ideas de alegría y de amor á la vida podrán germinar en un ho gar sobre el cual pese á todas horas el problema del pan, en un hogar! le e de angas. tias, de lágrimas y de suspiros, esquilmado por la usura y por el Fisco, cuyos pobres medios de vida están á cada momento ex puestos á perderse por un pedrisco ó ana sequía? El conjunto de millares y millares te familias así angustiadas y empobrecidas, ¿que tonicidad, qué fuerza y qué alegría ha de dar á la nación, que estas familias constituyen? Almacenad el agua y distribuidla ea taü canales, azarbes y landronas; haced que los campos antes yermos estén ahora verdes y florecientes. Al mismo tiempo, paralelamente á esta acción, multiplicad tas escuelas? formad buenos y sabios maestros; fiaced que los niños- -los ciudadanos de mañaeia- -conozcan las cosas que les rodean y amea y comprendan la Naturaleza. En veinte, ea treinta años, el país en que tal labor se realice habrá cambiado. Serán otras las cassa, Seráa otras las ideas. AZORJN LOS FACTORES DEL PROGRESO 1 A ESCUELA En un reciente viaje á Se -villa he asistido á la inauguración de una magnífica escuela. Ha sido construido este edificio en el barrio de Triana; se ha debido, en gran parte, su construcción á un sevillano muy populary muy querido: D. Cayetano Luca de Tena. Nada faltaba en la escuela; todo estaba preparado para comenzar las clases al día siguiente. Las aulas eran anchas, claras y ventiladas; ios bancos y pupitres eran cómodos é higiénicos. En el centro del edificio se abría un patio espacioso, con el suelo enarenado, con aparatos sene Hos para hacer ejercicios gimnásticos. Recorriendo esto escueia modelo, verdaderamente espléndida, ocurrían al observador diversas reflexiones relacionadas con el estado de nuestra patria. Ante todo, ¿cuál será el resultado de este centro pedagógico dentro de diez, de quince, de veinte años? ¿Hasta qué punto la instrucción pública, la pedagogía, puede modificar el carácter de un pueblo? ¿Qué condiciones habrá de tener la enseñanza para que llegue á ser eficaz, fecunda, provechosa? En principio se puede decir que el problema pedagógico, si no el problema entero de España, es una gran parte de éL No existen escuelas en España; no existen tampoco maestros. No existe- -y esto es lo más grave- -preocupación, ni en el pueblo ni en las clases directoras, por el problema de la enseñanza. ¿No hemos visto recientemente á los que se llaman directores de 5 a opinións pedir la creación de un organismo superfino, de lujo, como el Teatro Nacional, en tanto en la misma capital de España existen barrios enteros sin escuelas? Hace falta crear ea nuestro país escuelas, maestros para estas escuetas y espíritu público que se sienta interesado en estos problemas vitales. Las escuelas y los maestros, es decir, una pedagogía racional, sencilla, realista, concretista y amorosa, podría ir poco á poco transformando el cerebro, ía mentalidad de los españoles. Las impresiones que se reciben en la escuela y en el colegio son las que imprimen un sello más duradero en nuestro ser y las que dan el tono á nuestra vida. Unos años de la infancia pasados en locales infectos, angostos, bajo la férula de maestros duros é incultos, torturado el cerebro por una carga abrumadora de nociones que no se comprenden y que hay que aprender de memoria, penosamente, ¿cómo no han de trazar en nuestra vida un hondo y doloroso surco que ya no se borrará jamás? ¿Cómo no han de dar entrada en nuestro eapíntu á la melancolía, á la irresolución, á la superstición, al recelo, á la insidia, al apocamiento, al miedo de vivir, al temor á la acción fuerte y decidida? El problema consiste aquí en determinar hasta qué punto la escuela puede transformar el alma y la marcha de un pueblo. Sobre esto pueden caber muchas ilusiones engañosas; los entusiastas y optimistas acaso vayan un poco lejos. Lo prudente parece el afirmar- -como queda dicho- -que la instruc- su ¡l i P U I I r i H i f m n m m 1 niranniíiinmiinmiiir n