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DE TODO EL POR CORREO, CABLE, TELÉGRAFO Y TELÉFONO W Í) E TODO EL DO, POR CORREO, CABLE TELÉGRAFO Y TELEFONO MADRD. EN LA ACADEMIA DE JURISPRUDENCIA EL SR. MORET DANDO UNA CONFERENCIA SOBRE AGRICULTURA EN EL SALÓN DE ACTO DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL Fot. R. Cifxtentes. A B ciEÑ PARÍS 1 NC 1 V 1 L 1 SES Los Uteratostranceses dan j pruebas de una marcadísima predilección por las cosas yanquis. Desde hace algún tiempo, apenas transen rre una semana sin que aparezca en las librerías un nuevo volumen consagrado á los Estados Unidos, ya sea una novela, ya un estudio critica ó una crónica de impresiones de viaje. Hasta Jorge Óuliet ha publicado una novela sensibleritay cursi- ¡cómo no! titulada Un matrimonio americano. No todos los escritores franceses se ocupan con elogio de la gran República americana, y aliado de las descripciones más encomiásticas suelen colocar apreciaciones y juicios un poco severos quizá, pero que nos presentan á los yanquis bajo un aspecto que conviene que vayamos conociendo. Harry R. Tremont publica hoy un libro fie costumbres femeninas americanas que va á dar bastante qué decir y que se anunci a como un gran éxito de librería. Incivüisé (i) es un estudio atrevidísimo y proba (i) incivilices, Harry E. XrjemoAtiUfetería V. Juven, blemente imparcial, pero que de seguro hará muy poca gracia á los yanquis cuando se enteren de lo que dice de ellos el autor. Los sueltos editoriales enviados á los periódicos y á la crítica á propósito de la publicación de InciviUsés resumen la obra en muy pocas líneas. L, a sociedad de los Estados Unidos- -dicen, -á despecho de todos los subterfugios, es todavía primitiva y se halla mal, civilizada. Hace cincuenta años no contaba sino muy raros espíritus culti vados, y no hay nada que pueda reemplazar con ventaja la pátina del- tiempo para pulir una raza. De aquí que ésta sea tal vez una de las causas del odio, apenas disimulado, que los yanquis profesan á los europeos, y sobre todo á los franceses, cuya refinada civilización los desconcierta y exaspera, porque no la comprenden. Hasta el amor, en la gran República del Norte, reviste cierto carácter de salvaje ingenuidad. Y si el caso que estudia Harry R. Tremont en InciviUsés es cierto, forzosamente tendremos que convenir en que las costumbres amorosas de la sociedad norteamericana no son las más á propósito para seducirnos. El tipo ásfltrleuse que el autor describe, alternativamente audaz, tierna, cruel, espiritual felina y adorable, seasemejamiich o, en efecto, á esas deliciosasgirls americanas que encontramos con frecuencia en la rué de la Paix, en los tes de los grandes restaurants y en los hoteles suntuosos de la Riviera en invierno y de Suiza en verano, tipos encantadores que el exquisito láp iz de Dana Gibson ha popularizado en las páginas de todos los magazines ingleses y americanos. Pero si la historia de la ñirleuse de Incivihsés no es auténtica, resulta, por lo menos, muy interesante y justifica el reclamo editorial, porque, efectivamente, este libro es de los que se leen de un tirón. El autor ha estudiado con detenimiento la sociedad yanqui, como lo demuestra el prólogo que precede á la narración, en el cual, rápidamente, habla de todo: de las costumbres, de la literatura, de la política, de la Prensa, de la vida de sociedad y de) i vida íntima. Es una especie de cinematógrafo, donde vemos de un golpe los Estados Unidos cou sus maravillas de ciudad moderna y sus defectos más salientes. El juicio que del yanqui liace Harry lí. Tremont no es mejor que el que le merecen sflirteasesde Washington y Newport, el Trouville americano. Del yanqui dice el autor de Incivilizas que, aunque se burla de la vanidad europea, és el más vanidoso de los personajes Para el- yanqui es an-