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A B C DOMINGO 21 DE FEBRERO DE 1909. EDICIÓN i. PAG ara los intereses de España, porque la organización y el armamento de todos estos oldados marroquíes no serviría para otra osa que para aumentar el número de los enemigos en armas. Debe decirse la verdad y es necesario que! a sepan los españoles. La soberanía del Sultán no existe, el Acta de Algeciras no es más que un pretexto, una ficción, para cubrir un acuerdo entre las potencias, para que éstas pudieran ir al reparto sin grandes peligros. El marroquí nos odia cordialmente, y hoy, y esto es lo temible para nosotros, no nos teme; la Policía que ha organizado España en los puertos y ciudades sujetos á nuestra influencia, según los acuerdos de Algeciras, lejos de constituir un elemento aprovechable, es, con su actual organización, un peligro más que nos hemos creado nosotros mismos. Y dicho y afirmado esto por ser la verdad, cabe preguntar: ¿es así como España va á sostener sus derechos y la garantía de su propia independencia? J. AGUILERA medicina que, por defieiendas imputables á todos y á ninguno, no se le pudo dar cuando estaba enfermo? ¿No será contraproducente y dañoso ese tratamiento tardío? Cuando el ex ladrón vaya á rodar por nuestros establecimientos penales, ¿están ciertos los poderes públicos de que allí, aunque se lo proponga, le será hacedero el proseguir la benéfica tarea de regeneración en que, motu proprio, se ocupaba allende el mar... Asi argumentan los corazones, mientras los entendimientos, menos buenos aunque más sabios, tienen sus peros que oponerles, aun sin acudir á aquellas antiguallas de la vindicta pública; y pues para algo se han escrito las leyes, necesario es aplicarlas sia blandura ni vacilación; que una cosa es la piedad y otra la justicia, y sólo de vista se conocen. A este movimiento de general conmiseración á que acabo de referirme contribuye mucho el mismo recién repatriado delincuente que es objeto de ella. Según telegramas de Cádiz, el Viviilo, así hablando como en carta que ha dirigido á cierto periodista, manifiesta que nunca atentó contra la vida de nadie, porque la vida del prójimo fue siempre para él tan sagrada como la de sus hijos Y añade: Mi existencia aventurera podrá tener alguna mancha, pero no tiene ni una sola gota de sangre. ¿Será esto verdad... Por lo que pueda contribuir á la respuesta de tal pregunta, yo quiero contar hoy á los lectores de A B C una anécdota relacionada estrechamente con el Viviilo, y de cuya verdad salgo por fiador, pues su certeza me eonsta de tan buena tinta, que no sería mejor si yo mismo hubiese presenciado lo que voy á referir. El nombre del VivMo empezó á ser tristemente famoso en Septiembre de 1893: habíase celebrado la feria de Villamartín (Cádiz) y los feriantes tornaban á sus pueblos llevando el precio de los animales vendidos en aquel mercado, cuando, á estilo de los antiguos bandoleros andaluces, cinco hombres apostados junto á uno de aquellos eaminos dieron el alto sucesivamente á los viajeros de que iban atestadas dos diligencias, y con gran audacia los desvalijaron y dejaron amarrados con recios cordeles. I OS que ocupaban el segundo coche hicieron resistencia al principio, disparando dos ó tres armas de fuego sobre los ladrones, á uno de los cuales mataron la yegua qtte montaba, además de herirle en un hombro; pero en seguida se les entregaron. Sonóse desde luego que quien capitaneaba á los ejecutores de tal fazaña era Joaquín Camargo, el Viviilo, mozo estepeño de hasta veinticuatro ó veintiséis años, cuya agilidad y listeza de alma y de cuerpo le había ganado tal apodo; y este rumor y el haber hallado la benemérita Guardia civil, guarecido en una choza, á otro estepeño que ocultamente se curaba la herida de bala que tenía en un hombro, robustecieron la sospecha y, pasados unos meses, fue alojado el Vivüh en la cárcel de Jerez, en donde ya estaba á buen recaudo el médico de sí mismo. I, a vista de este ruidoso proceso se celebró en la Audiencia de Cádiz por el mes de Junio de 1895, y era de escuchar, privadamente, á los perjudicados, llamados á declarar como testigos, el sombrío relato, con cien pormenores, de aquel encuentro nocturno. Contra el bandolero herido había muchas pruebas concluyentes: su herida misma, y el secreto con que se la estaba curando cuando fue preso; la yegua muerta, junto á la cual se había hallado la chaqueta del jinete, y en uno de sus bolsillos una cartera que contenía, juntitas, como para que no hubiese escape, la guía del animal y la cédula personal del hombre... En cambio, contra el Viviilo no había cargo serio ninguno; antes por el contrario, él probaba su coartada á las mil maravillas: en las primeras horas de la mañana siguiente á la noche del suceso, muchas personas deCi versas clases sociales le habían visto e n t tepa, cosa imposible sí él fuese uno de ios autores del robo ejecutado pocas horas an tes á la distancia de diez y seis ó más leguas. Además, ninguno de los perjudicados había reconocido, durante el sumario, á ni. iguno de los ladrones: la noche, el sustOj la rapidez con que pasó toda aquella pavorosa escena, eran buena explicación para ello. Iba á constituirse el tribunal, que presidía D. Mariano Cano, hoy dignísimo presidente de la Audiencia provincial de Sevilla; los defensores esperaba en la sala de abogados, y acercóse á saludar á uno de ellos, á quien de antiguo conocía, uno de los despojados, rico propietario, vecino de cierto pueblo de la provincia de Málaga. Y, trabada conversación, refirió el suceso, muy especialmente por lo que á él tocaba. Iba en el primero de los coches. Al voir el alto y percatarse de quede ladrones se trataba, escondió su cartera, coa unos miles de pesetas, debajo del largo almohadón que cubría uno de los asientos. Echaron pie á tierra los feriantes, y comenzó el desvalijo: unos registraban y otros amarraban. Llegó el turno al narrador, y el que parecía jefe de los malhechores le dijo, nombrándole por su nombre: ¡Hola, D. Fulano! ¡Por bía e los demonches, y á quién le ha benío á tocar la china! Aber, muchachos, paque este señor se acueste en blando cuando lo amarréis, traer una arinohá der coche. Y subiendo á tomarla uno de los bando leros, halló debajo la cartera de marras y la entregó á su caporal, el cual preguntó: ¿De quién es esto? Y el pobre feriante respondió temblando: -Mío era. Aquí llegaoa en su relato el malagueño, cuando el abogado su amigo le preguntó 2 n voz baja: -La verdad, ¿era el ViviUo quien capitaneaba aquella gente? Porque él lo niega á pie juntillas, aun á su mismo defensor. Y repuso el interrogado: -Yo no estoy cierto de que lo fuera, por que estaba obscura la noche, y yo no tenía si espíritu para andar reparando en fisonomías. Pero, valgan verdades: aunque lo hubiera conocido y fuera ése, yo no lo diría, no por miedo ni cosa semejante, sino porque al que mandaba en los otros le debo la vida, después de debérsela á Dios y á tnis padres. ¿Cómo es esor- -pregunto con extrañeza el abogado. -De esta manera- -repuso su interlocutor. -Cuando llegaron los del segundo coche y respondieron con tiros al alto de los bandoleros, uno de éstos fue herido y empezó ágritar: ¡A matarlos á todos! Otro añadió: ¡Eso! ¡A matarlos! ¡Creo que nos han conocido ¡Hombre muerto no habla! Y de seguro nos hubieran matado; pero entonces, su caporal se impuso, diciéndoles: ¿Qaé va aquí jugado? ¿Quién habla de matar? ¿Venimos por sangre, ó venimos por dinero? Estos hombres están entregaos. ¡Dios les ayue y nos ayue á nosotros, que güeña farta nos hace! Y á esta actitud debimos todos la vida. Esto oí cantar, y relata refero La justicia humana, á la veces más inÜexible que la divina, no se ha de blandear, ni yo pretendo que se blandee. Ha hallado al Vivitto después de muchas pesquisas infructuosas. Menos mal, que las humanitarias leyes internacionales, regulando la extradición, dicen á España, al entregarle su presa, lo mismo que ésta había dicho antaño á sus secuaces: ¿Quién habla de matar... Ese hombre está entregado. ¡Dios le ayude y nos ayude á todos, que bien lo hemos menester! FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN NUESTROS GRABADOS C l Rey enJPasages. I a extensa información telefónica que publicamos en nuestro número de ayer ha dado á nuestros lectores minuciosas noticias de la breve estancia de S. M. el Rey en Pasages y del balandro que allí se (construye para él. A este asunto se refieren dos de Tas fotografías que hoy reproducimos. p 1 baile del Círculo de Bellas Artes. En el baile que mañana, lunes, celebrará en el teatro Real el Círculo de Bellas Artes se rifará un magnífico cuadro, generosamente cedido por el individuo de la Junta directiva de dicha Sociedad y notable pintor D. Maximino Peña. Ifis productos de la rifa se destinan, íntegros, á socorrer á los supervivientes de la catástrofe de Italia. UNA ANÉCDOTA DEL V 1 V 1 LLO o í en el tiempo, todavía no remoto, en que ejecutaba sus tristemente famosas fechorías, unas afortunadas parejas de la Guardia civil hubiesen cogido al Vwfflo y llevádolo del campo á la cárcel, para que de la cárcel fuese adonde por sus culpas mereciera, todos habrían visto en ello la consecuencia natural de un mal vivir, y nadie, fuera de lo estrictamente cristiano, habría sentido, ni pizca, que se le aplicase el más severo castigo; pero, preso en la República Argentina cuando, al lado de su familia, libraba sa pan en el trabajo y no en el crimen, saeado de aquella tierra, en donde su ignorancia de las leyes internacionales le persuadió de que no corría riesgo su libertad, y entregado en frío á los tribunales de España, el temible bandido de otras calendas nácese objeto de lástima y una grande oleada de piedad invade los corazones. Porque los corazones, á no dudar, profesan la doctrina correccionalista. ¿A qué castigar- -pregÚEtanse- -á quien si lo necesitó, ya no lo ha menester? Ese hombre, á lo que parece, es un arrepentido; ha dejado su mal vivir de antaño; por todas sus acciones demuestra que quiere volver al gremio de los hombres de bien; se ha corregido sin pasar por cárceles ni presidios, sobre cuyas puertas la vieja copla tradicional supone escrito esté letrero: Aquí el trnenc se hace malo y el malo se hace peor. ¿No llega, pues, tarde con su remedio la acción social? ¿Para qué dar al curado la