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DE TODO EL MUNDO, POR CORREO, CABLE, TELÉGRAFO Y TELÉFONO o DE TODO EL MUNDO, POR CORREO, CABLE, TELÉGRAFO I g t f Y TELEFONO V 7i í- í LÁ ENTREVISTA REGIA DE V 1 LLAVIC 1O SA Fot. Benolfel. SS. MM. LOS REYES D. MANUEL II Y D. ALFONSO XIII SALIENDO DE PALACIO DESPUÉS DE ALMORZAR DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL A B C EN PARÍS ATULLE MENDES a gente se arranca ba de las manos los extraordinarios publicados por los, periódicos dando cuenta de la muerte de Catulle Mendes. La sorpresa, el dolor, la consternación, aparecían retratados en todos los semblantes, ¡ph, qué muerte tan espantosa la sufrida por el exquisito poeta, el inimitable cuentista, el autor genial, el príncipe de la crítica! Después de Sarcey no se conocía otro ejemplo de parecida fecundidad. Catulle Mendes escribía dos artículos diarios y todavía le quedaba tiempo para componer sus tomos de versos, para hacer sus obras de teatros, para asistir á todos los espectáculos de París y figurar en las recepciones del gran mundo. A los sesenta y ocho años, Catutfe Mendes estaba fuerte, vigoroso, en toda la plenitud de su talento, y como un muchacho frecuentaba las tertulias literarias y se le veía salir del aristocrático Café Inglés para ir á echar su párrafo en las reuniones de la turbulenta juventud literaria; congregada eter- namente en los rincones del Café Cardinal y del Café Napolitano. Era lo que aquí llaman un hombre bien parisién y el más parisién de los escritores. i ni n n T i i mi G A yer todavía me hablaba Gómez Carrillo de Catulle Mendes, del que era uno de los más íntimos amigos. -Es el hombre más descuidado del mundo- -me decía. -I, a otra noche fue á una reunión, y al ir á entrar en lá casa se fijó de repente en que se había puesto el frac y llevaba un chaleco de caza abotonado hasta el cuello. Cuando se lo hicimos notar desabrochóse el chaleco, le dobló por los lados, y mirándose después en un espejo murmuró muy satisfecho: ¡Bah! ¡Así no se conoce! Catulle Mendes, este invierno, se había quedado á vivir en el campo. Separado de su mujer, la escritora Jane Catulle Mendes, levantó su casa de París y se instaló definitivamente en un hotelito en Saint Germain. Venía casi todos los días á París y se retiraba en el último tren, á las doce y cuarto de la noche. Cuando algún estreno importante le obligaba á permanecer en el teatro hasta más tarde y perder el tren se iba á pasar la noche en un hotel del bulevar. En el tren de las doce y cuarto se retiró anoche; pero sin duda intentó apearse del vagón cuando el tren estaba aún en marcha, cien metros antes del andén, y, aprisionada una pierna en el estribo del coche, no se pudo desprender, y fue arrastrado largo rato. I, a muerte debió ser rápida y espantosa, porque los despojos del infeliz poeta, recogidos esta mañana, son un montón informe, donde nada es posible ver. Partido el cráneo, aplastada la espalda, deshechas laspiernas, cubierto de sangre el rostro, nadie hubiera podido reconocer al insigne escritor si los documentos encontrados en su bolsillo no le identificaran. Y reparad qué excelentemente montado está el servicio del ferrocarril. La desgracia ocurrió setenta metros antes del lugar de parada del tren, á las doce y media de la noche. I OS señores empleados no esperaban, sin duda, más que la llegada del último tren para ir á acostarse. Nadie advirtió lo ocu- rrido; no hay, por lo visto, costumbre de re visar la vía, y todo el mundo se retiró, mientras quedaba agonizante ea un rincón de la estación el infortunado poeta. Y su criada, que le esperaba con el soupet preparado, al ver que no llegaba en el último tren, se intranquilizó un poco; p eró eá seguida pensó: