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en cierta casa caía enfermo un niño Con escarlatina. Revistió la dolencia forma gtíave y, á pesar de las exquisitas precauEJones adoptadas respecto á desinfección y aislamiento, no tardó en contagiarse otro iermanito; más tarde, una joven soltara, de la familia; después, una sirvienta, y, finalJHente, la madre, que estaba lactando, enfermé también. Solamente quedaron en pie dos criados y el padre, hombre muy sensato y equilibrado, que secundó con toda escru pulosidad y energía los esfuerzos del médico, sia mostrar la menor impaciencia, otorgándole absoluta confianza y siguiendo sus indicaciones al pie de la letra. Sracias á esta tranquila serenidad, exenta de toda exaltada desesperación, tan frecuente en ia mayoría de los hogares meridionales, el conIkte, que fue tremendo, tuvo solución favorable, aun cuando sobrevinieron complicadones en el pequeño que necesitaron inter Tención quirúrgica grave, la cual, por sí, hufeient sido suficiente para hacer desmayar ánimos menos templados. Espanta pensar las alharacas, protestas y exaltaciones dramáticas que en otros no gareB habría provocado un caso análogo. El caballero en cuestión tiene una fortuna desahogada, su vida es cómoaa y tranquila, ha sido un luchador en tierras lejanas y, cerne todo el que conoce el valor de la energía, no la desperdicia inútilmente. Habita una casa moderna, costosa, provista de todos los elementos de higiene. Esta epidemia familiar se localizó perfectamente; hoy día todo va entrando en perfecta normalidad, siquiera las convalecencias sean largas y penosas. Las condiciones sociales de esta familia, unidas á su disciplina y resignación, han resuelto el problema favorablemente. Lo propio ocurre en las Sociedades y en los pueblos cultos. Perpetuamente habrá dolores, catástrofes, accidentes y males previstos ó imprevistos que, poniendo de relieve la fragilidad de la vida íramana, indicarán la necesidad de meditar á diario sobre la muerte, que, ya que es inevitable, no debemos amargarla con agonías trágicas. lis muy frecuente creer que la resignación es símbolo de poquedad de ánimo y ruindad de corazón. -Nada más opuesto á la verdad. La protesta irritada, el crujir de dientes y el llamado, por el vulgo, derecho del pataleo, que consiste las más de las veces en cocear contra el aguijón, demuestran inconstancia mental, raquitismo de alma, egoísmo desenfrenado y suicida. La pobreza y el dolor se exacerban y agravan siempre, cuando no se logra dominar la bestia que tenemos dentro, la que nos laace vanos, hipócritas, orgullosos, avarientos, sanguinarios y crueles; la que enloque e atrepellándolo todo, huyendo del peligro unas veces, corriendo hacia el placer otras. Pensar tan sólo en- el bienestar persoaal desdeñando el ajeno, mantener guerra perpetua contra todos para conseguir un aislamiento cómodo é independiente, es ana utopía, digan lo que quieran los moderaos regionaiistas. 1 A CIUDAD DE LA MUERTE Existe una -desventutwada oudad, de la cual se han apoderado gentes extrañas á ella, que la admininistran y explotan. En elia radican los elementos EL ETERNO DOLOR lí N PROBLEMA PERPETUO No chace mu hos de vida gubernamental de la Nación, y allí acuden por centenares las gentes pidiéndola comodidades, goces y toda clase de ventajas de que no disfrutan sus propios hijos, descartarlas en absoluto como valor soda) á los cuales se les niega hasta la estima- al intentar cualquiera empresa útil y geneción, considerándoles poco menos que inep- rosa. En cambio, es indispensable que se agrutos, holgazanes ó viciosos. Le ocurre á la infeliz lo que á una de esas pen y asocien los espíritus perpetuamente hermanas mayores en familia numerosa; juveniles, los que saben llorar ante la muerperpetuas solteronas, que aun sirviendo con te, los que saben sonreír ante la vida. Cuando nos descubrimos al paso de un afecto á las demás hijas, contribuyendo á su buena colocación y sacrificándose á toda cadáver, rendimos un tributo al ser que hora por ellas, no merecen el cariño de na- desaparece; nos despedimos para siempre ec die. Vinculan los errores colectivos y son la tierra de un espíritu que fue, saludando el misterio de su tránsito, que al más escépunas verdaderas mártires sin parecerlo. Al hacer lo mismo ante A la citada capital, un escritor poeta, cier- tico hace meditar. los templos, acatamos el la bandera to día la llamó la ciudad de ¿a muerte, y el ca- símbolo de ó ante lificativo hizo fortuna. Nada tan injusto. La za moral, deuna vida inmortal, de una fuervalor iaestim able. mortalidad es mayor en dicha población, no Un escritor, no hace muchos días, pedís sólo por ser el verdadero sumidero de la miseria del reino, sino porque habiendo au- en un artículo que nos inclinásemos todos mentado en proporción considerable eí nú- ante el misterio de la maternidad, de igual mero de habitantes, han disminuido nota- modo que nos mueve á tierno amor la preblemente los elementos defensivos en favor sencia de un débil niño. Las almas sanas y de su salubridad. Por esta causa, con gran buenas han aplaudido de todo corazón esta frecuencia, al exacerbarse las dolencias pro- idea, porque participan de tan bellos sentipias de la estación, los hospitales rebosan y mientos. Si el dolor no desaparecerá del mundo jalas gentes egoístas que oyen á diario sin conmoverse ni apiadarse nuestras peticio- más, ¿por qué no nos esforzamos en hacerlo nes, rugen y protestan á la manera de esas soportable, combatiendo denodadamente las desdichadas enfermas del hospital de San enfermedades que lo producen y propagan, Juan de Dios, que, afectas de dolencias mas mil veces más temibles que la muerte? De esta necesidad imperiosa nació la Begraves y peligrosas para la humanidad que otras infecciones, apedrean crueles las ca- neficencia. El enfermo es un niño inerme y dolorido. Los pueblos que no aman ni promillas de los pobres enfermos. no saben cuidar ni Si esas declamaciones populares tuviesen tegen áálos niños todos, Es más, una de las los por finalidad contribuir á una inmediata y salvar dondeenfermos. más las epidemia Tse ceban caritativa reforma en la Beneficencia, se- edades rían santas y benditas; pero tal como se han es en la infancia, constituyendo el desampacausa poplanteado y plantean revelan miedo, egoís- ro de las infelices criaturas una de las doderosa de difusión de la mayoría mo y ruindad. Afortunadamente, no hay tal epidemia. lencias contagiosas. El desdén y menospre provoca En las grandes capitales europeas son fre- ció hacia los animales vida y la idéntica; consecuencias. Ante la cuentes las exacerbaciones de las dolencias los seres más insignificantes son muerte, los contagiosas seguidas de crecida mortalidad; ejercen mayor influencia en el mundo. qut pero se procura evitar los males sin aspavientos, ni accesos de histerismo, y sobre todo, sin exhibir inoportunamente las la- i NCUBADORAS DE La gran figura dt cras y miserias con ensañamiento. EPIUEMIAS Pasteur descubrió ei ¿Habría mejorado á sus enfermos el cael siglo pasado lo ballero citado al comenzar, si en vez de cui- misterios de la vida y de la muerte de lo. darlos con viril entereza los hubiera aban- infinitamente pequeños. Su espíritu genial donado y fuera al casino á proclamar sus do- y creyente logró destruir para siempre laí odiosas preocupaciones populares, los erro lores privados? Reunirse comisiones de vecinos durante res del fanatismo ignorante, que apedrea y un siniestro, no para cooperar á la extinción mata á los inocentes, acusándoles de prode un fuego, sino para pedir á las autoridades pagar las epidemias. Cuando una gran epidemia invade un que los bomberos respeten su ajuar, resultaría grotesco. En épocas de epidemias, como pueblo dotado de hombres de corazón, es en tiempo de guerra, los sanos ó los ricos fácil, relativamente, dominarla. Recuérdendeben dar sus sobrantes de energía, y si no se los nobles impulsos de los aragoneses, lo hacen, ocultarse y callar como lo míe son: durante algunas epidemias de cólera y to memos de ellos ejemplo. Los que huyen, los como almas muertas. que se ocultan, los que temen la muerte, no A VIDA Y LA MUERTE No todos los sólo son los primeros en sucumbir, sino que que aman la contribuyen á difundir el mal. vida y temen la muene poseen en su interior Pero interesa no olvidar que la vida dt la savia fecunda nutridora de la salud. los niños, con ser tan preciosa, es absolutaAbundan las almas muertas, cuya existen- mente necesario conservarla; pues, como st cia es bien lamentable, aun cuando revistan ha dicho, las epidemias en ellos se ceban y exteriores apariencias de fresca belleza cor- ellos las difunden cuando no son debidaporal. Esos hombres y mujeres cuya exis- mente cuidados. tencia no tiene finalidad alguna, que actúan La lista de los adultos contagiados serfc en el mundo por impresión, que aparentan- numerosa, caso de hacerla, y aun sin condo una gran voluntad carecen de entusias- signar más nombres que los de personas co mo, no siendo sus transitorias exaltaciones nocidas é ilustres. La inolvidable doña Er exteriores otra cosa sino ímpetus concupis- nestina Manuel de Viljena sucumbió de un; centes; esas gentes para las cuales no hay angina diftérica adquirida en el Asilo qac virtud, ni honradez, ni mérito, constituyen ella fundara. Por aquel entonces la difteri. una verdadera impedimenta del progreso. produjo verdaderos estragos, muriendo mu Odian y temen la muerte, desprecian y malgastan la vida. Con ellas no hay que contar chas madres y personas adultas que no to para nada grande y duradero; es preciso marón las debidas precauciones. En la época actual ha aumentado la mor L