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TEATRO DE PRJCE. ESTRENO DE LA VIUDA ALEGRE ESCENA FJNAL DE LA OBRA. EL BAILE EN EL RESTAURANT MAXIM DE PARÍS A. lií está el hueso de la cuestión: averiguar para qué ó contra quién esgrimimos las armas. Después de todo, en los demás asuntos de la vida se presenta el mismo problema; cuando desarrollamos una actividad, si esta actividad ha de ser fuerte, necesitamos saber contra quién hemos de condu cir nuestra actividad. Trabajamos y luchamor para el amor, para la gloria, para el bien, para la riqueza, para el dominio, para algo. Nuestra actividad y los actos que de ella se derivan van siempre dirigidos contra algo En el tiempo que España estaba pujante, su actividad guerrera tenía bien definido su territorio; nuestros soldados y nuestras naves iban contra los franceses en Italia, contra los luteranos en Alemania, contra los turcos en el Mediterráneo, contra Inglaterra en el Atlántico y contra el oro y la ambición en América. Nuestros soldados tenían entonces positiva eficacia. Pero ahora, ¡ahora ya no sabemos contra quién llevar nuestras armas! Tendremos buques, ¿y de qué nos servirán? ¿Con qué espíritu de odio, de ambición ó de represalias llenaremos esos barcos? ¿De dónde sacaremos el alma que agite y estremezca á toda hora esos hermosos barcos? Teníamos barcos cuando nos atacaron los yanquis, y se quemaron como briznas de paja. Se dirá que los barcos eran malos... Pero con algunos barcos malos hicieron los japoneses bastantes heroicidades y no pocos estragos. Los barcos, ¿para qué? ¿Contra quién? ¿Con qué soplo moral empujaremos los bar eos? Las naves no navegan sólo por conducto del vapor; aunque se les llene los hornos de carbón, navegan... pero no van á ninguna parte, y al fin se duermen en un puerto y mueren comidos de la roña. ¡Ah! ¡Lo triste del desastre no consistió en 7 as islas perdidas y en los hombres muer ¡Lo realmente triste consistió en que naufragó nuestro espíritu, nuestra ilusión, nuestra fe! Al fondo del mar se fueron nuestros barcos, y con ellos se hundió nuestra fe. Ahora tratamos de recuperar los barcos. ¡Pero de qué sirven los barcos si nos íalta el soplo moral que pueda empujarlos! Debiéramos haber construido primero nnapasión, algo que fuese fe, odio, deseo de represalias, sed de venganza, ideal de reconquista; una vez poseída la pasión, los barcos vendrían por sí mismos, y con ellos volveríamos á triunfar. Pero en vez de crear pasiones grandes y colectivas estamos tratando y discutiendo el mejor modo de separarlos diferentes átomos de la nación, descoyuntando la osamenta hispánica. Parece obra de un taimado humorista esto que pasa actualmente. ¡Mientras los diarios cuentan en una página que la escuadra española empezará luego á construirse, en otra página cuentan las memorables disputas del Congreso! Se está discutiendo la patria, la necesidad y la legitimidad de la patria, ¡y queremos construir barcos de guerra... ¿Para qué? Son barcos muertos antes de naeer. JOSÉ M. a SALAVERRJA Fot. Alba. N APOSTOLADO Se trata de una norteamericana rnístress Carrie Nation, que emprendió hace tiempo en América y emprende ahora en Inglaterra una campaña contra los bebedores de alcohol. En el local donde un comisario de Policía de Londres hace justicia, penetra una mujer de edad madura, escoltada por un policeman. Sus cabellos, cuidadosamente alisados, son grises; su mirada es clara, bondadosa la ex- A TRAVÉS DE LA FRONTERA presión de sus ojos; viste de negro. Nadie diría que ha cometido el delito de que la acusan. Hace algunos días, cuando el tren de Liverpool entraba en la estación de Londres, una señora anciana, que leía en una Biblia de bolsillo, al interrumpir su lectura vio impreso en un cristal un anuncio relativo á ax whisky sin igual. La señora anciana se volvió entonces hacia otra viajera, pidiéndole que le prestara un instante su paraguas. Y con gran tranquilidad, y al propio tiempo con vigor, dio un tremendo golpe con la punta del paraguas al cristal, que se hizo añicos. La dueña dei paraguas no quiso ver más; cuando penetró el tren en la estación saltó del coche y dejó plantada á la pobre loca Custodiada por xxnpolicemati llegó la viejecita á la Comisaría. Cuando se disponía el comisario á interrogarla, ruístress Carrie Nation tomó la delantera. ¿Qué es eso, amigo mío? -exclamó, ¿usted fuma? ¡Deplorable costumbre! Creedtne y coníjase. Vengo de muy lejos con el objeto de decíroslo. Y al pronunciar esas palabras colocó autoritariamente su mano abierta sobre el pecho del comisario. ¡Pobre mujer! -murmuró éste. ¡Pobre mujer! Y haciendo una señal convenida al policeman, añadió: -Esta señora tiene razón, mucha razón. ¡Llevárosla! Cuál fue la extrañeza del comisario cuando, después de la salida de la viejeeita, vio en el sitio donde ésta había colocado su mano un brochecito de metal plateado que representaba un hacha. Sobre la plaquita de nácar en la que se 1 apoyaba el hacha estaban grabadas las si guientes palabras: T Acordaos de lo que os ha dicho Ca- v