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A B C JUEVES 4 DE FEBRERO DE 1909. EDICIÓN i. PAG. 14. LA INVERNADA EN CHAMON 1 X Fot, Royer. LOS CORREDORES QUE TOMARON PARTE EN EL GRAN CONCURSO DE SKYS, MOMENTOS ANTES DE EMPEZAR LA CARRERA falta poner? ¿Qué otras maravillas inventarán, de plutnas, de cintas, de velos y de pieles? Esos fantásticos sombreros, ¿podrán ser superados? Y la finura de esos cuerpos divinos, la esbeltez de esos talles, la ondulación graciosa de esos pescuezos, ¿qué nuevas y atrevidas transformaciones podrán tener mañana? ¿Es posible que el adorno de la mujer se perfeccione cada día más... Imposible; yo creo que es imposible. i, a coquetería de esas gorras de piel, que parecen una amplificación de la cabellera, no puede ser superada. Bajo la pesadumbre del peinado hueco y de la peluda gorra, las caras femeninas se achican, se hacen pueriles, aniñadas, encantadoras, y si encima de la gorra hay clavadas dos plumas agudas y sutiles, entonces hacen el efecto de cabezas demoníacas... Diablillos perversamente encantadores parecen las mujeres con esas gorras. Y la finura de esos talles largos, ¿cómo podrá tampoco superarse? En el arte del corsé han llegado los modistos al límite. Existe en la mujer moderna una rara obsesión, que consiste en querer borrar toda señal de grosería. No quiere que su cuerpo sea demasiado primitivo; hay en ella un pudor de virgen, le avergüenza aquella opulencia de cintura y de caderas que poseen las estatuas helénicas; quiere mejor tina cintura que se confunde con la cadera, y lina cadera que se confunde con la pierna... Quiere, en fin, que su cuerpo sea una cgsa extraña, indefinida, algo que borre la idea del sexo y que sea, sin embargo, perversamente encantador, que sugiera perversos deseos y que bajo unajapariencia de indeciso femenismo, se transparente todo un mundo de tentación, ¡Oh, terrible alma de la mujer... Hubo un tiempo en que ia mujer vivía apartada del trajín de la vida. Cuando los romanos, la mujer tenía bien someras prerrogativas; cuidábanlas vestales del fuego sagrado en los templos, y las matronas vivían en el hogar, hilando y amamantando á los hijos. En la Edad Media la mujer tuvo que soportar la barbarie de una vida guerrera y áspera. Y durante el Renacimiento, eran los hombres demasiado ambiciosos para que cediesen sus puestos á las mujeres. Entonces los hombres eran quienes se adornaban, más coquetonamente que las mismas damas, con gorras de plumas, con gorgueras de encajes, con mangas acuchilladas, con calzas de colores vivos, con hebillas de oro con adornos brillantes. Entonces los hombres ocupaban el primer puesto en la vida y se acicalaban espléndidamente. Pero ahora los hombres vestimos horriblemente: una chaqueta cuadrada, un pantalón planchado, unas telas de paño gris... j nos mirase un príncipe italiano del Renacimiento, soltaría la carcajada. Todo lo hemos cedido á la mujer. Y ¡á mujer invade el primer puesto en la vida, y toda nuestra vida social de hoy está á los pies de la mujer. Y cada día es más elegante la mujer. Coge una moda, la suelta en seguida; busca otra más sutil, la cambia inmediatamente... No hay aventura de forma ó de color que no emprenda la mujer. Nunca se sacia, jamás se tranquiliza; padece de una como fiebre de intranquilidad. L, o inestable de las modas sirve para aumentar más esta fiebre. Y si hoy desea que se señalen las adorables curvas del seno, mañana rectifica y borra esas curvas. Sí mañana busca un corsé que alargue su talle, pasado mañana pedirá algo más, algo distinto... Por fin encuentra algo verdaderamente torturador: suprimidas las faldas interiores, el vestido exterior caerá en forma de túnica, de túnica larga, y entonces el cuerpo flexible medio se dibu jará ó adivinará entre los pliegues... ¿Hasta cuándo, mujeres, iréis recorriendo el curso ascendente de lo encantador, sugeridor y tentador? ¿Hasta cuándo espolearéis vuestra fantasía en busca de nuevas formas y nuevas bellezas? ¡Oh, mujeres! Lo sensible y tremendo sería que, de tanto bullir y de tanto imaginar, os olvidaseis de la primitiva forma que corresponde á vuestro cuerpo y de la única misión que corresponde á vuestra alma. ¿Que cuál ha de ser la primitiva y la eterna forma de vuestro cuerpo? Una, sencillamente: la que os dio la Naturaleza: forma de madre. ¿Que cuál es ia misión de vuestra alma? Una también: misiói de madre. Habéis nacido para ser madres ¡y todo lo demás son plumas y devaneos! JOSÉ M. SALAVERR 1 A