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A B C MIÉRCOLES 3 DE FEBRERO DE 1909. EDICIÓN PAG. 4: crisis, y muy cuerdamente se finge loca peligrosa, basta que consigue que ia vuelvan á recluir en el manicomio... ¡Ah! Y esta vez, glla se lo promete, será para siempre. La vida en el hogar de sus hijos volverá I ser tranquila y pacífica. Ella sacrifica con gusto su libertad. Mad. Cantu ingresa de nuevo en el manicomio se está celebrando la fiesta anual de los locos, el concierto organizado por los directores para distraer un poco i los pobres enfermos. Bn la sala del buffet hacemos conocimiento con una porción de tipos curiosísimos, lóeos rematados todos ellos. Un mailre d hotel provoca una divertidísima batalla coa varios pensionistas del manicomio; una bailarina que fue de la Opera encuentra á un periodista célebre, que fue su amigo. Ambos creen hallarse en un salón del gran mundo y conversan acerca del estado de su saltjd, para concluir dudando, respectivamente, de la integridad de sus facultades mentales. Pero todos los locos están contentos, disfrutando de las alegrías de la fiesta, aplaudiendo los números del concierto, cumplimentándose los unos á los otros, muy finos, aray políticos, muy corteses. Sólo el pobre Lamartine, el dulce y oueno Lamartine, sufre... ¿Sabéis por qué? Porque so ve á su compañera, á su amiga inseparable, á Mad. Cantu. Y poco á poco va aumentando su excitación nerviosa, hasta que, loco de furor, cree descubrir que madame Cantu se ha escapado de la casa y de sn lado por huir de él. Y el final trágico surge imprevisto, de repente. Cuando Mad. Cantu penetra en el manicomio, dispuesta á hacer para siempre el sacrificio de su libertad, muy contenta de Ter transcurrir sus días al lado de la gentil María, su enfermera, y del pobre Lamartiae, su dulce amigo, éste, acometido de un ataque súbito de locura furiosa, se lanza sobre la infortunada y la estrangula en medio de la fiesta, entre el rumor de la música y las carcajadas de los locos que se divierten. Y a Habréis supuesto que la nueva obra ele gida por el Grand Cruignol pertenece al género hoy en boga... Es una pieza de estremecimiento que nos da Apetií nsson, de qne os hablé dias pasados. Pero es una obra de rara originalidad, bien pensada, bien escrita y que ha alcanzado éxito enorme. Las damas parisinas, ipie se perecen por estos espectáculos, van S llenar la sala del Grand uignol por espacio de muchas noches para reir y llorar á ara tiempo mismo con Un concert chez iesfous. José JUAN CADENAS Enero, 1909- NACIONALIZACIÓN DEL TRABAJO A cada pdio oímos en España lamentacio nes por el gran número de industrias, aegocios y, en general, empresas de muy áiversa índole explotados por extranjeros; mas, con ser esto cierto, pocas personas se áaa cuenta de á qué extremos llega la invasión del capital extranjero y, lo que aun es yeor, la suplantación del trabajo de los nacionales por el de los extranjeros; pocas advierten que por ese camino llegaremos á reéacirnos, ya que no de derecho si de hecho, á la condición de colonia de otros países, aes aun conservando aparente indepeneneda politica, vamos perdiendo la económica, sin la cual no es la otra sino utópica apariencia. f Conviene en primer lugar darse cuenta de la extensión del mal. Escribo estas cuartillas á la luz de una lámpara, cuyo consumo pago á una Compañía inglesa ó alemana; los cables que, enterrados, distribuyen por la población ese fluido eléctrico son extranjeros, extranjeras las máquinas que en la fábrica ¡o producen, extranjeros gran parte de los altos funcionarios é ingenieros de dichas Empresas, y extranjeros también no pocos maquinistas y demás empleados técnicos de ellas. Está la lámpara montada en un pie de bronce, fundido y labrado en fábricas y por operarios ingleses, con cobre probablemente, español y extraído en Riotioto, de minas que aun estando eo España son propiedad extranjera, con accionistas, consejeros y alto personal en su mayoría inglés. A través de las vidrieras de mi balcón veo brillar un mechero del alumbrado público, y recuerdo que el gas en él quemado lo produce y lo cobra una Compañía fundada con dinero y trabajo extranjero; que de fuera vinieron los gasómetros que utiliza; que á esa misma Empresa le pago el cok quemado en mis estufas, el que empleo en condimentar mi alimentación; y al igual que en Madrid, lo mismo ocurre en la m iyoría de las ciudades y pueblos de España, donde las Empresas de alumbrado eléctrico ó por gas pertenecen á gentes no nacidas en nuestro país. Oigo resoplar un automóvil que por la calle pasa, y pienso que también se ha comprado al extranjero, que extranjero es acaso el chauffeurque lo guía, cobrando un sueldo que podría percibir algún mecánico español que tal vez á estas horas busca trabajo inútilmente. Pasa un tranvía, y recuerdo que pertenece á belgas; cruza un tren por campos españoles, y sus rieles, ruedas, locomotoras, son de hierro, acaso vizcaíno, pero casi seguramente fundido y moldeado fuera de España, y sus vagones serán en su mayoría extranjeros, y la Empresa también. No es necesario puntualizar, por ser Harto notoria, la importancia del tributo que en telas y sombreros de hombre pagamos á Inglaterra; en vestidos y adornos de señora, á Francia; en relojería, á Suiza; ea instrumentos científicos, á Alemania é Inglaterra; en maquinaria, á estas mismas naciones, áSuiza y Bélgica. Todos sabemos que las clases altas de nuestra sociedad se perecen por ir á equiparse á París ó Londres; que otras no tan pudientes se contentan con hacerlo en Bayona, y que en las mismas clases medias basta que á Madrid llegue un monsieur ó una madame cualquiera con una pacotilla formada coa artículos de modas que en los almacenes de París no tienen salida para que las señoras madrileñas se apresuren á arrebatarles de las manos su mercancía, prefiriendo ostentar una desconocida marca parisién en sus vestidos, abrigos ó sombreros á encargarlos á la más reputada modista española. Pero ¿qué masr, si nasca ei agua en muchas poblaciones españolas consumida hay que pagarla á extrañas gentes, que desde sus tierras trajeron á la nuestra capital, proyectos, maquinaria é ingenieros para realizar las conducciones y distribuciones, que surten á esas ciudades. La feroz competencia que en nuestra casa nos hacen los de fuera no para en esto; con ser muy grave que Empresas en legión nos exploten en forma que la mayor parte de ellas beneficien capitales extranjeros; con ser muy triste que las utilidades obtenidas del consumo español salgan todos los años por centenares de millones de España, yendo á parar á los bolsillos de rentistas franceses, alemanes, belgas ó ingleses, elevando los cambios y deprimiendo el valor de nuestra peseta, todavía más grave que la inferior actividad de los capitales nacionales es la victoriosa concurrencia que en nu astra propia casa hace el trabajo extranjero al trabajo español. Es natural que Empresas extranjeras prefieran emplear compatriotas á pagar españoles en latnayor parte de los casos en que puedan elegir entre unos y otros, y de ahí esa invasión de directores, ingenieros, mecánicos, capataces, tenedores de libros, cajeros, etc. etc. de fuera venidos á ocupar plazas que pudieran ser desempeñadas por los de casa. Parecería natural que las ütnpresas y particulares españoles, inspirándose en los sen- timientos de patriotismo que á dichos extranjeros mueve á emplear preferentemente á sus paisanos, dieran preferencia para colocación á empleados y obreros nacionales, lo cual, aun no bastando á acabar de raíz con la crónica crisis de trabajo que aquí se padece, disminuirían los males de ella. Pero es ei caso que nosotros mismos hacemos la situación más angustiosa de día en día. ¿Pruebas? A la vista están. No faltará algún caso en que entre dos obreros, españd y extranjero, candidatos á una misma plaza, tenga el segundo superior competencia; mas lo común y cierto es que el hecho solo de hablar extraño idioma, la aureola con que aquí circundamos, sólo por ser exótico, todo lo extranjero, es á menudo causa de que fabricantes, industriales y comerciantes españoles refieraa, á igualdad de precio; el trabajo de quien nació fuera de España, y que á igualdad de competencia se remunere menos al obrero ó al empleado español. En tal industria hace falta un maquinista, y si entre los solicitantes á la plaza hay un extranjero, tiene grandes probabilidades de llevársela; en un escritorio se necesita un cajero ó un tenedor de libros que posea uno ó dos idiomas, y es lo probable que no la logre ninguno de los muchos jóvenes españoles que, poseyéndolos, la soliciten, porque algún francés ó alemán, que chapurree y no escriba el español, será preferido; por centenares andan por esas calles institutrices y acompañantes extranjeras, mises yfmuiein, de cuyos antecedentes y costumbres nadie puede asegurar nada, cobrando sueldos y sirviendo plazas á que nuestras maestras superiores no pueden aspirar, aun poseyendo idiomas; cada día es mayor el número de doncellas francesas, inglesas y alemanas, y niñeras que, con el nombre mucho más elegante de aunes, van restando empleos y medios de vida á las muchachas que aquí viven del servicio doméstico; van aumentando en alarmante progresión los camareros de fondas, ayudas de cámara, mozos de comedor, chauffeurs, cocheros y lacayos de otros países, venidos á cobrar soldadas que podrían disputar gentes españolas. Nadie llegara cuan cierto es este mal, nt cuan graves sus daños; nadie podrá tachar de exagerada la pintura del hecho; ninguno á quien no ciegue ese prurito de elegante y funesto extranjerismo que nos invade podrá desconocer la urgencia de combatir tal estado de cosas, de buscarle remedios. ¿Remedios? ¿Cuáles? Algunos se me ocurren y algo diré otro día de ellos; pero ¿no les parece á mis lectores que el propósito de objetivos verdaderamente dignos de ser elevados á programa de algún partido político? ¿No les parece motivo mucho más digno de librar batallas que esos del bloque? ¿No les parece que campañas inspiradas en esos ó en otros propósitos igualmente tangibles y útiles lograrían apasionar la opinión, que hoy aparece muerta por ser indiferente á propagandas en que no se la habla de cosas que le importen? DON ÑUÑO nacionalizar el trabajo español sería uno de los