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B C. SÁBADO 16 DE ENERO DE 1909. EDICIÓN i. PAG. 4. está muerta de miedo, no se atreve a ni á moverse, ni á respirar apenas. El se apiada por fin, y la dice que es una broma, que el destapador esta en la cárcel, como lo demuestra una pota al final del artículo e. n el misino periódico. El petit fiisson no ha parecido por ninguna parte, y el público, defraudado, ha desalojado el local sin querer ver la revista que hacían los cómicos para finalizar el espectáculo. Pero se ha pasado bien la noche, porque ahora, eu estos ensayos generales de los teatros aristocráticos, hay la costumbre de obsequiar al público con pastelillos y Champagne. Durante un entreacto, tres ó cuatro artistas, de las más guapas, recorren la sala ofreciendo golosinas gratis, y luego, en el bar, se sirve el Champagne, gratis también. El público, pues, va invitado al teatro, íe regalan el pico después... ¡y todavía hay quien pone reparos á la obra! Eduardo Santa Ana estaba indignado contra los que hacían mohines de disgusto, y mientras apuraba la segunda copa me decía: ¡Serán ansiosos! Pero es lo cierto que ei nuevo espectáculo que nos ha ofrecido la Comedie Royale no dará resultado y... el barón de Rotschild continuará perdiendo su dinero. El público se irá en busca del petit frisson al Grand Guignol, donde le ofrecen el asesinato de la reina Draga y del rey Alejandro, con todo lujo de dgtalles, é invadirá el pequeño gabinete que sirve de teatro al Little Paíace, otro establecimiento en el que se cultiva con éxito excelente el nuevo género. ¡Oh! ¡Este si que ha acertado con la pieza de estremecimiento Figuraos que es un acto muy cortito, titulado Lección de Anatomía. Un cirujano va á dar la lección á sus discípulos, entre los cuales hay una preciosa estudianta que tiente amores con un compañero de la clase. Comienza la obra con una escena de amor de estos novios, y al poco rato llegan los alumnos y el profesor. Kste se dispone á dar la lección de Anatomía. En el hospital ha muerto horas antes á consecuencia de una fuerte sacudida eléctrica uu joven obrero. Traen el cadáver á la escena, le colocan sobre el mármol de disección, y el cirujano, armado del bisturí, comienza á rajar por todas partes, explicando los cortes y las incisiones. En el curso de la lección los discípulos hablan con el profesor á propósito de las leyendas que existen en los hospitales... Operaciones milagrosas; otras torpes; olvidos del operador... Hasta se asegura que en una ocasión hicieron la diseeción del cuerpo de un cataléptico, que efectivamente estaba vivo... pero el bisturí le remató. En tanto la lección termina, y antes de alejarse, el cirujano arranca con las pinzas un ojo al cadáver para poder proseguir en su casa un estudio que está haciendo del nervio óptico por encargo de una revista profesional. Vanse maestro y discípulos, y allí queda, sobre el mármol, el cuerpo acribillado del cadáver... L a escena, sola... La luz, misteriosa y tenue... De pronto, la masa de carne humana que yace sobre el mármol comienza á moverse, suspira, lanza un quejido, después un grito, más tarde un rugido de dolor... Se incorpora, pide auxilio... ¡Aquel hombre no estaba muerto! Y le vemos descender de la tabla de disección con el pecho lleno de incisiones, unas pinzas colgando todavía del párpado, ensangrentado, vacilante... ¡Oh! Yo os lo juro... El espectáculo traspasa los límites de todo lo más espantoso que podáis imaginaros... Y en aquel instante, la estudianta, que ha dejado- su estuche olvidado, viene á buscarle y entra sola en escena... Muda de terror al ver á aquel hombre en pie, queda paralizada, y cuando puede hablar, las únicas palabras que salen de su garganta son una protesta: Yo no he siddi. Yo no he sidol ¿De qué la sirve? El sacrificado reüne sus últimas fuerzas, y apoderándose del bisturí que allí había quedado olvidado se precipita sobre la desventurada criatura, y loco, frenético, la acribilla á puñaladas, hundiendo el acero en su cuerpo diez, veinte, cien veces; mientras puede levantar el brazo con un poco de violencia, hiere, hiere, hiere... ¡Aquí sí que experimentamos el petitfnssonl Al más indiferente se le pone la carne de gallina y se sale del teatro con los pelos de la chistera completamente de punta. -Pero ese espectáculo- -diréis. ¿debe ser sólo para hombres fuertes? ¡Si, sí! El teatro está lleno de damas todas las noches, que van buscando eso precisamente; el pequeño estremecimiento de terror... Y la que lo ve una vez vuelve á la noche siguiente, y muchas más luego, porque después de ver sufrir un rato, la parisina se encuentra mejor dispuesta para hacer honor á una cena suculenta y bailar un par de machichas en cualquiera de los establecimientos á la moda de Montmartre. Y es que la mujer, por estas tierras de la civilizacióu y el refinamiento, es un dechado de elegancia... y un prodigio de crueldad. José JUAN CADENAS París, 1909. p l Sr. Pedrezuela vivía tranquilo en Sego via. Unos dicen que el Sr. Pedrezuela es notario; otros afirman que ha sido director de los Registros. Esto último es muy importante. El Sr. Pedrezuela era casi feliz. Su vida era sencilla. Dirigía un pequeño periódico: uno de esos simpaticosy viejosperiódicos de provincias que no dicen nunca nada y que insertan de cuando en cuando un cuento de Ramiro Blanco. Todo el placer del Sr. Pedrezuela coasistía en fumar un grueso puro y en sentarse en el sillón de director en la redacción. En el sillón, las más de las noches, el Sr. Pedrezuela no hacía nada. Otras noches, el Sr. Pedrezuela escribía un artículo. Este artículo era leído al día siguiente por algún viejo farmacéutico de Segovia y por algunos socios del Casino. El Sr. Pedrezuela, de madrugada se retir- aba á su casa. Iba tranquilo y satisfecho; fumaba la colilla de su puro; resonaban sus pasos en las nobles callejas. Así transcurría la vida del Sr. Pedrezuela. Pero el Destino tenía algo reservada para el Sr. Pedrezuela; desde que nuestro planeta era una nebulosa, se estaba creando algo doloroso reservado al Sr. Pedrezuela. Hace poco, unos hombres terribles- -los liberales- -iniciaron en España una campaña formidable. El Sr. Pedrezuela- -por ser sencillo en todo- -es liberal. Al percatarse de que los liberales se sentían enardecidos, creyó que él también debía sentirse un poco entusiasmado. Una noche el Sr. Pedrezuela llegó á la redacción con un aspecto extraño; uno de estos muchachos que hay en todas las redacciones de provincias y que van para cronistas brillantes miró un tanto sorprendido al Sr. Pedrezuela. El Sr. Pedrezuela estaba transformado; el Sr. Pedrezuela se sentaba en su sillón y comenzaba á escribir de un modo brusco y agresivo. El Sr. Pedrezuela escribía un artículo terrible. El artículo iba dirigido contra el alcalde de Segovia, Cuando al día siguiente salió el periódico, hubo en la vieja ciudad una conmoción. Se hablaba á gritos en las farmacias; los comerciantes salían á la puerta de sus tiendas á ver pasar al Sr. Pedrezuela; el alcalde estaba anonadado; su mujer y sus hijas lloraban á gritos. El Sr. Pedrezuela era en Segovia un hombre terrible. A este primer artículo siguieron otros. Todos. jban contra el alcalde. El alcalde estaba furioso, exasperado. Los con- UNA CONJURA EN SEGOYIA cejales presenciaban aterrorizados esta furia latente del alcalde. La furia es mala consejera. Para übrarsa de los tremendos artículos del Sr. Pedrezuela el alcalde intentó asesinar al Sr. Pedrezuela. Este alcalde desatentado se creía en el Renacimiento italiano y se juzgaba asimismo un Borgia ó un Sforza. Sin embargo, ni vivía en la Italia del Renacimiento ni era Borgia ni Sforza; era simplemente un alcalde y vivía en Segovia. Sin embargo, el alcalde persistía en su propósito, Había que asesinar al Sr. Pedrezuela. Un caba de Consumos realizaría la obra cruenta por encargo del malhadado alcalde. La conjuración estaba ya tramada; el asesino había ya afilado su puñal. A todo esto, el Sr. Pedtezuela salía todas las noches de su periódico tranquilo y confiado. No podía presumir que la muerte se cernía sobre su cabeza. El infame cabo de Consumos le había de asesinar una noche, cuando el Sr. Pedrezuela saliera del periódico. ¿Qué hada misteriosa y benéfica se interpuso entre el designio del criminal y la vida del Sr. Pedrezuela? El asesino reflexionó- -cosa que no suelen hacer los asesinos; -la reflexión trajo ei remordimiento. Una noche, el asesino, en vez de dar de puñaladas al Sr. Pedrezuela, se fue á la redacción, entró á ver al Sr. Pedrezuela y le confesó su criminal propósito. El Sr. Pedrezuela quedó estupefacto, asombrado. Al día siguiente tomó el tren y vino á Madrid. En Madrid el Sr. Pedrezuela vio á un parlamentario. Este parlamentario ayer tarde descubrió ante la Cámara, indignada, la abominable conjura de Segovia. En los pasillos, el propio Sr. Pedrezuela contaba á todos lo sucedido; muchos de los oyentes sonreían. Condeno con toda mi alma estas sonrisas AZORIN MADRID AL DÍA Jor fin hubo agua. Las nieblas de esto 3 días se resolvieron ayer en lluvia y en debate municipal. La lluvia cayó pqr ía noche; el debate cayó por la mañana. La lluvia templó la temperatura; el debate no ha templado nada. Porque éste ha sido el resultado del debate: nada entre dos platos. Y de pas e 1 ana Por la mañana hubo funerales solemnes, con asistencia del Rey, en la iglesia catedral, por las víctimas de los terremotos de Italia. Por la tarde, función á beneficio de los supervivientes en la Comedia, con lee tura de un acto de una nueva y primorosa eomedia de los Quintero; estreno de un apropósito de los mismos inspirados autores, y rifa de un. cuadro del ilustre Villegas. En San Isidro hubo bastante gente; en la Comedia, también bastante; pero no toda la que debió haber. Por los Tribunales desfilaron dos sujetos que un día entraron en una taberna y rompieron primero los cristales, y después las narices, que no eran de cristal, de un agente de Seguridad, y otro individuo que p. enetró en una casa arramblando con dinero y alhajas, y siendo después detenido merced, á las voces, no de su conciencia, sino de la portera de la casa robada. En la plaza de la Villa se exhibieron ayer los automóvilesdevapordestinados al transporte de basuras á los vertederos. Hasta las basuras van á tener automóvil, ¡qué muerte! Las carnes los han tenido y dieen... dicen que volverán á tenerlos en cuanto se hagan las reparaciones, que se llevan á cabo coa toda precipitación desde hace no sé cuántos meses. Los vecinos de Madrid, á pesar de lo ofrecido, ¡nada! Eso sí, los coches de punto son cada día más asquerosos... En los Cuerpos Colegisladores, tedio general. No hav quien anime eso.