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DE TODO ELMUNDO, POR CABLE, POR TELÉGRAFO Y TELÉFONO DE TODO EL MUNPOR CABLE, POR TELÉGRAFO Y MADRID. EN EL CIRCULO DE LA UNION MERCANTIL EL PUBLICO DURANTE LA FIESTA DEL REPARTO DE JUGUETES CELEBRADA AYER DF NUESTRO ENVIADO ESPECIAL Fot R. Cifuentes. A B C EN PARÍS I OS TIEMPOS CAMBIAN Junto al pasa je de la Opera habíase colocado la noche del 31 un vendedor dé tarjetas postales. A cuerpo, calzado con alpargatas, un gran fieltro á la cabeza y tiritando de frío, aquel vendedor llamó mi atención precisamente porque se diferenciaba de todos los demás. Las tarjetas postales que vendía eran marinas y paisajes pintados á la mano con cuatro trazos y dos golpes de color. Las vendía á 30 céntimos. De vez en cuando una joven acercábase á él y hablaban. El vendedor pataleaba sobre el fango para entrar en calor frotábase las manos y se acariciaba el bigote, bien rizado, y la perilla, á la imperial. Yo los observé breves momentos y hasta me compuse una historia á mi capricho. Indudablemente aquella joven pareja llevaba á cuestas una tragedia dolorosa de amor y de hambre. El había preparado la mercancía de tarjetas para procurarse media docena de francos y poder entrar en el año nuevo alegremente, comiendo, aunque fuera. tarde. Y la pobre muchacha, á su lado, esperaba los resultados de la. venta. Eran las once de la noche. Probablemente estarían en ayunas. Hoy, al ver los retratos que publican los periódicos, sé quienes eran aquellos infelices que llamaron mi atención la última noche del año. El era Marcel Gaillard. Ella, su amiga Stella. él, complicado en el crimen del pintor Steinhei. Mucho me temo que se trate de una nueva plancha de la Policía. Pero si yo os hablo hoy del vendedor de postales no es porque resulta más ó menos interesante á causa de su problemática participación en el- delito que se le imputa. No. Os hablo de Marcel Gaillard porque quisiera deshacer, en la medida de mis fuerzas, esa dorada leyenda de la bohemia parisina que envenena nuestros primeros años estudiantiles y nos hace luego soñar, cuando leemos las fantásticas aventuras de Murger. ¿Veis á Marcel Gaillard? Pues no es el bohemio que existe en París en la actualidad. Marcel Gaillard vino en pos de la gloria desde el fondo de su provincia, y entró en á Márcel Gaillard L a Policía buscaba con fundamento ó por creerle, no sé si sin conquistador en el barrio Latino. Hízosa una cabeza que es lo primero que se hace todo artista que se respeta un poco, y, coa sus bigotes y su perilla á la imperial su gran fieltro de anchas alas y su abotinado pantalón de terciopelo, dedicóse á estudiat los Museos, creyendo que en la vida de bohemia todo son rosas. Sus amigos y él reuníanse en su círculo los jardines del Luxemburgo. Allí dis cutían de arte y de literatura. En invierno, como el círculo en cuestión está bastante desabrigado, acalorábanse las discusiones. Comían cuando podían, y jamás dos días seguidos... Enamoraban á cuantas mujeres encontraban en su camino. Marcel Gaillard, sobre todo, joven, flexible, insinuante, hacía destrozos con su bigote y su perilla. ¿Qué es lo primero que hace un hombre joven, sin dinero, hambriento y que persigue la gloria? ¡Oh! Esto lo sabemos todos... Busca una musa, su musa Y parte coa ella su amor, sus ilusiones, sus esperanzas, sus alegrías... y su miseria. No almuerzan, pero se juran fidelidad eterna; no cenan, pero se devoran con los ojos, y todas las noches se acuestan pensando que al día siguiente. va á iluminar la fortuna inespera-